La autopsia habló y despejó todas las dudas: el hombre hallado muerto en su casa del barrio Arévalo no falleció por monóxido de carbono, como se sospechó en un primer momento, sino por un infarto agudo.
El resultado forense terminó de cerrar una historia que, en las primeras horas, generó incertidumbre y preocupación. Es que el hallazgo del cuerpo dentro de una vivienda cerrada, sin signos de violencia, encendió rápidamente las alarmas por una posible intoxicación con monóxido, una causa silenciosa pero frecuente en este tipo de escenarios. Sin embargo, con el correr de las horas, esa hipótesis empezó a perder fuerza.
Según se pudo reconstruir, el hombre, identificado como Jorge Jesús Farías, de 60 años, fue encontrado sin vida en su domicilio de calle López y Planes al 600. La escena no presentaba indicios de criminalidad: no había puertas forzadas, ni desorden, ni señales de intervención de terceros. Todo indicaba que se trataba de una muerte natural, aunque restaba la confirmación clave.
En este contexto, la autopsia fue determinante. El informe médico descartó de plano la presencia de monóxido de carbono en el organismo y confirmó que Farías sufrió un infarto agudo. Además, trascendió que el hombre tenía antecedentes de problemas cardiovasculares, lo que refuerza la conclusión de los especialistas.
Pero más allá del dato médico, la historia tiene un costado humano que golpea. “Tecla”, como lo conocían muchos, fue durante años uno de los mozos históricos de La Noninna, un clásico de la ciudad que marcó una época hasta su cierre en plena pandemia. Quienes lo trataron lo recuerdan como un trabajador incansable, siempre vinculado al rubro gastronómico.
Con el paso del tiempo, Farías siguió ligado a ese mundo. Realizaba trabajos en eventos y también se lo podía ver en un café céntrico, frente a los juzgados, donde mantenía viva esa tradición de atención cercana y oficio aprendido en los años dorados de la gastronomía local.