La tarde del 10 de junio de 2024 solo tenía un objetivo para un joven de Catriel: había salido a comprar una torta para celebrar el cumpleaños de su padre. En el camino se cruzó con Vladimir, un viejo conocido que le pidió una gauchada: llevarlo unas cuadras en su Fiat Uno blanco. Aceptó, sin imaginar que ese gesto lo pondría en el centro de una persecución policial y de una causa penal que duró dos años.
Porque minutos antes, Vladimir había desvalijado una casa. Entró por una ventana y cargó en una mochila negra una PlayStation 4, un joystick Sony, un celular Samsung Galaxy S9 Plus, un cargador inalámbrico y hasta una tabla de madera para asados. Con el botín a cuestas, caminó unas cuadras y se subió al auto de su amigo.
La Policía, alertada por un vecino que lo vio escapar por la ventana, interceptó el vehículo. El conductor ignoró la orden de detenerse y se inició una persecución que terminó en la esquina de Guatemala y Roma, al sur del centro catrielense. En la requisa, los uniformados encontraron la mochila con todos los objetos robados.
De inmediato, ambos fueron detenidos. Para la Fiscalía, las pruebas parecían indiscutibles: el conductor del Fiat Uno estaba junto al ladrón y en su auto se hallaba el botín. La acusación fue dura: “hurto simple y violación de domicilio”.
Sin embargo, la investigación dio un giro inesperado. el joven sostuvo desde el inicio que solo había salido a comprar la torta y que desconocía por completo la acción delictiva de su pasajero. Las cámaras de seguridad confirmaron que Vladimir actuó solo, y el propio ladrón confesó ser el único responsable.
En octubre de 2025, Vladimir fue condenado a ocho meses de prisión efectiva por “robo simple en concurso ideal con violación de domicilio”, además de reincidencia y costas. Reconoció otros dos robos y un encubrimiento.
Hace unos días, la jueza María Agustina Bagniole aceptó el pedido de sobreseimiento presentado por la Fiscalía.
En su resolución, destacó que “no hay evidencias suficientes para considerar que conocía la acción furtiva de Inostroza y quería colaborar en la misma”. También aclaró que el proceso “no afecta el buen nombre y honor que pudiera gozar el imputado”.
Así, lo que comenzó como una salida para comprar una torta terminó en una pesadilla judicial. Un gesto de confianza hacia un conocido lo llevó a pasar por la experiencia de ser acusado de cómplice de un robo. La Justicia, finalmente, le devolvió la tranquilidad y la posibilidad de celebrar en paz el cumpleaños de su padre.