Este viernes 11 de septiembre se conmemora el Día del Maestro en Argentina, una fecha para honrar a quienes se dedican a la educación, a la formación de personas y, muchas veces, se convierten en el único refugio que un niño o niña puede tener.
En el caso del interior neuquino, las escuelas rurales funcionan como un multiespacio, el más importante del pueblo, que convoca a todos a distintas actividades. Puede convertirse en un comedor, un hospital, un hogar.
En los parajes las escuelas son el faro de esperanza, de encuentro, a veces lo único que tienen. Para llegar hasta ella los alumnos suelen recorrer largas distancias a pie o a caballo, atravesando ríos, campos, e incluso sometiéndose a las bajas temperaturas y temporales de nieve que caracterizan a la cordillera neuquina.
La llegada a un "verdadero páramo abandonado a su suerte"
En 1963, en el interior de Neuquén, en el paraje Cajón del Manzano, a unos 30 kilómetros de Loncopué, el maestro Alberto Miguel Allaria con su esposa Marta Giles llegaban desde Capital Federal a un lugar perdido en el interior neuquino.
Allí el director de la Escuela Nª39 vivió una etapa de su vida que lo marcaría para siempre. El maestro Allaria, con su esposa también docente, se dedicó a ofrecerle una mejor vida a los 300 pobladores y alumnos.
Allaria comenzó a trabajar en el norte neuquino en 1954 y fue director de la única escuela del paraje, transferido por el Ministerio de Educación, hasta 1969. Luego ascendido hacia Buta Ranquil donde continuó con su labor.
La joven pareja fue enviada a esta “reserva indígena”, totalmente desolada, aislada, a donde no llegaban los autos y donde los caminos no permitían que haya conexión con otros pueblos como Loncopué, el más cercano.
Los 300 pobladores, la mayoría indígenas, pertenecían a la Tribu Mellao Morales y con ellos se formó tanto el paraje como la escuela, fundada en 1925. El primer edificio para estudiar fue cedido por el cacique, quien falleció en 1939.
“Un lugar inaccesible para autos, un verdadero páramo abandonado a su suerte”, relata en sus textos Allaria cuando hace un repaso esta experiencia que caló hondo en su vida. Era un campo sin policía, ni comercios, ni correo, ni sala de primeros auxilios y una ambulancia que no llegaba casi nunca.
El esfuerzo del director para cambiar esas realidades
Durante sus años en Cajón, Allaria y su esposa intentaron auxiliar a la comunidad de todas las formas posibles: con comida, ropa, medicamentos, educación, libros.
Los diarios de esa época plasmaban y evidenciaban el lugar en el cual los 49 varones y 38 nenas estudiaban. Aulas sin tizas, ni cuadernos, ni tinta, lápices o libros; un espacio sin estufas con temperaturas de ocho grados bajo cero. Sin embargo los alumnos asistían a clase tras una legua y media de recorrido o 12 kilómetros, sin importar temperaturas.
Durante los 6 años en el paraje, Alberto y Marta vivieron en la casa del director, una vivienda precaria sin agua corriente, ni luz ni baño, por lo que debían usar el de los alumnos. En la escuela había no más de 7 docentes en total, algunos de San Luis, otros de Córdoba. Las tres maestras vivían en una habitación de cuatro por cuatro en el edificio escolar antiguo.
Una comunidad prohibida que salía a la luz
"Solo un pedazo de madera sosteniendo la celeste y blanca asegurando que estabamos en la Argentina”, plasmó Allaria en sus recuerdos escritos.
A los indígenas se los había trasladado allí y se les había prohibido hablar su idioma, practicar su religión, sus costumbres y cultura. Aunque los alumnos le contaban a Marta y Alberto que ellos no recordaban su idioma o que no lo sabían, notaron que cuando los nenes jugaban, en el furor del momento comenzaban a hablar mapudungún.
La desolación que relata Allaria en sus textos y recuerdos se debe a que se encontró con un lugar totalmente abandonado donde la mitad de sus habitantes eran niños.
“Cajón del Manzano existe: doy fe de que no es cuento ni literatura”, manifiestó Alberto en sus memorias, como una frase que quedó en los registros y que incluso algunos periodistas de la época citaban para contarle al mundo lo que pasaba allí.
El brote de sarampión, las vidas perdidas y una ayuda que nunca llegó
La falta de infraestructura y el mal estado del camino provocó que la epidemia de sarampión que se disparó en esos años acabe con la vida tanto de niños como de adultos.
El director buscaba auxiliar a la comunidad distribuyendo los medicamentos que conseguía por ser titular, sin embargo, la ayuda no alcanzaba y la falta de recursos se cobró vidas.
Cuando había una emergencia los pobladores debían ir hasta el Hospital Rural de Loncopué, viajando kilómetros, siempre y cuando tuvieran los medios. La ambulancia del nosocomio no iba a Cajón del Manzano y el centro poblado estaba a 40 kilómetros, con un río en medio y sin puente.
El brote de sarampión que apareció en el paraje provocó también complicaciones broncopulmonares, lo cual fue dificultando la situación y el estado de salud de los habitantes.
Cuando Allaria y su esposa notaron la gravedad de la situación, en su desesperación enviaron a un paisano en caballo a alertar y pedir ayuda a las autoridades de Educación y Sanitarias de Neuquén.
Transcurrieron uno, dos, tres, cinco días sin novedades de la ayuda y un paisano de 6 años murió. Al sexto día fallecieron tres niños y dos adultos. Al séptimo y octavo día murieron dos nenes y más adultos.
Allaria tomó la decisión de suspender las clases, por el temor de las familias y la psicosis que se vivía. Relata en sus textos que algunos seguían asistiendo a la escuela solo por el plato de comida.
Al noveno y décimo día la epidemia fue cediendo y fue el día 11 cuando llegó un médico con vacunas y vitaminas al paraje, cuando era tarde para salvar y remediar lo sucedido.
Con indignación, Allaria plasmó que fue ahí cuando se enteraron que el S.O.S no se había emitido de inmediato desde el Consejo, ya que creían que era una “farsa para no dar clases”, por ello no autorizaron ni gestionaron ningún operativo de salud.
"No hay enseñanza que penetre": el pedido de auxilio y la última esperanza
En un momento a las clases iban poco menos de 40 niños, descalzos, desnutridos, enfermos. Pero lo que más destaca el director es que nadie reprochaba nada, vivían su pobreza y no se quejaban.
La población adulta era casi toda analfabeta y ninguno de los jóvenes había superado 4to grado. Una de las hazañas de Allaria fue conseguir que algunos niños terminen la primaria en esos años.
Viendo la pobreza y la desidia, la joven pareja docente logró lo impensado: conseguir ayuda para los paisanos. “Dios se hizo presente de forma inesperada y conseguimos una revista para público femenino editada en Buenos Aires. La usamos para pedir ayuda para los paisanos”, relatan.
Era un momento crucial, si Allaria y Giles no lograban alimentar a los paisanos o conseguirles medicamentos, sentían que “no tenía sentido ejercer la docencia en una panza flaca, en un cuerpo sin ropa para fríos de 15 grados bajo cero, no hay enseñanza que penetre. Estábamos analizando la posibilidad de irnos porque estábamos consumando una estafa”.
Tras el grito de auxilio publicado en la revista, fueron escuchados y casi sin pensarlo Allaria apareció en el paraje con cajas de ropa, calzado, útiles, libros y golosinas. “Desde ahí la ayuda se fue multiplicando, recibimos cientos de miles de ropa de todo tipo mientras estuvimos. Se produjo así una súbita transformación en ese inhóspito paraje”.
La escuela llegó a un momento cúlmine de más de 120 alumnos bien vestidos y alimentados que comenzaron a demostrar una “inteligencia asombrosa”, sobre todo en ciencias exactas.
En la escuela quedó una historia que se niega a desaparecer
Un año antes de que Allaria sea ascendido a Buta Ranquil, lograron que cinco varones y una chica logren finalizar su séptimo año, un hito en todos los años de la Escuela Nª39. Por último consiguieron becas para que las mujeres continúen sus estudios en Chos Malal y los varones en la E.N.E.T de Neuquén.
Como uno de los recuerdos más importantes para Alberto y Marta, destacan su invitación a participar del ritual Guillatún, una ceremonia mapuche muy privada. En aquel momento no se hacía hace años, debido a las prohibiciones. Cuando volvieron a celebrarla, los docentes fueron sus invitados especiales y esa ceremonia quedó para siempre en sus memorias como un relato que fueron transmitiendo.