La manzana que parece salida de otro planeta ya está creciendo en Río Negro y promete convertirse en una de las grandes apuestas de la fruticultura argentina. Se trata de la variedad Kissabel, una fruta de pulpa roja intensa que llegó al país en 2024 de la mano de Moño Azul, superó con éxito sus primeras pruebas comerciales y ahora atraviesa una etapa decisiva de evaluación en el Alto Valle para determinar si puede transformarse en una nueva estrella de exportación.
Detrás de esta apuesta trabajan en conjunto especialistas del INTA Alto Valle y la empresa Moño Azul, la única autorizada para producir estas variedades en Argentina. El objetivo es analizar cómo responden los materiales genéticos desarrollados en Europa hace más de 20 años frente a las condiciones climáticas del norte de Río Negro, una región reconocida como el corazón productivo de la manzana en el país.
Lo que más llama la atención de esta fruta es su interior rojo intenso, una característica poco habitual que la diferencia de cualquier otra variedad presente en las góndolas. Esa pigmentación está asociada a una elevada concentración de antocianinas, compuestos con propiedades antioxidantes. Además, la Kissabel se destaca por su sabor equilibrado entre dulce y ácido, una textura extremadamente jugosa y crujiente y un importante aporte de vitaminas y minerales.
Mientras tanto, la producción continúa a pequeña escala en fincas experimentales de Moño Azul, donde los árboles son sometidos a las mismas condiciones de manejo que se utilizan habitualmente en la región. Allí se aplican sistemas de riego por microaspersión y mecanismos de protección contra heladas, mientras técnicos y especialistas siguen de cerca cada etapa del desarrollo de la planta.
Además, el seguimiento científico es permanente. Los investigadores realizan monitoreos dos veces por semana para registrar fenómenos como la brotación, la floración y el cuaje de los frutos. Estos datos son fundamentales para determinar cuáles son las variedades con mejor adaptación local y cuáles presentan mayores posibilidades de crecimiento comercial en el futuro.
Uno de los aspectos que más preocupa a los especialistas es el impacto de las heladas primaverales, un factor que históricamente condiciona la producción frutícola del Alto Valle. También se estudia cómo influyen la temperatura y la radiación solar sobre el desarrollo del color rojo de la fruta y sobre posibles defectos fisiológicos que podrían afectar su calidad y su valor en los mercados internacionales.
La expectativa es enorme. Si los resultados son positivos, la Kissabel podría abrir una nueva etapa para la fruticultura regional y posicionar al Alto Valle en segmentos premium de consumo tanto en Argentina como en el exterior. Por ahora, la llamativa manzana roja por dentro sigue siendo observada bajo la lupa de técnicos e investigadores, pero ya genera una enorme expectativa por el potencial económico y productivo que podría aportar a la Patagonia.