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“Niño, deja ya de joder con la pelota”: el insólito reclamo que llegó a la Justicia rionegrina

Una mujer de El Bolsón fue a la Justicia para impedir que los hijos de sus vecinos jugaran a la pelota entre las 14 y 17. El juez rechazó el pedido.

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Martes, 06 de octubre de 2026 a las 12:00
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La historia bien podría haber salido de una canción de Joan Manuel Serrat. “Niño, deja ya de joder con la pelota”, canta el catalán en Esos locos bajitos, aquella canción que retrata con ironía las órdenes de los adultos frente a los chicos que corren, juegan, gritan y hacen ruido.  En El Bolsón, sin embargo, la frase dejó de ser una cuestión musical y terminó convertida en un planteo judicial.

La protagonista quería algo muy concreto: que durante tres horas todos los días los chicos de la vivienda lindera no pudieran salir al patio a jugar. El horario elegido no era menor. La mujer pretendía que entre las 14 y las 17 reinara la tranquilidad, mientras que durante el resto del día también buscaba que se evitaran los gritos que consideraba excesivos.

Según explicó en el expediente que tramitó ante el Juzgado de Paz, los sonidos que llegaban desde la casa vecina afectaban las clases deportivas que dicta y también su propia práctica de esa disciplina.

Por eso buscó que la Justicia estableciera una especie de zona de silencio en plena siesta, con una prohibición concreta sobre una actividad que, hasta ese momento, no tenía ninguna restricción.

Pero el reclamo no apareció de la nada. Antes de llegar al Juzgado de Paz hubo una instancia de mediación en la que tampoco pudieron ponerse de acuerdo. La familia cuestionada había ofrecido avisar previamente cuándo sus hijos tendrían actividades fuera de la vivienda y también planteó que podía evitar determinados ruidos cuando existiera una necesidad puntual de la vecina.

La propuesta, lejos de cerrar la pelea, terminó profundizando las diferencias. La mujer entendió que aquello constituía otro intento de imponerle condiciones. Los vecinos, en cambio, aseguraron sentirse hostigados por las sucesivas presentaciones que había realizado ante distintos organismos para intentar resolver el problema de los ruidos.

Además, la familia puso sobre la mesa una cuestión bastante particular: sostuvo que las características constructivas de la vivienda de la mujer no ayudaban a amortiguar los sonidos que llegaban desde afuera y que incluso podían contribuir a amplificarlos. El argumento tampoco alcanzó para acercar posiciones.

Así, lo que había comenzado como una pelea por ruidos entre vecinos terminó sentado frente a un juez. Y allí apareció la pregunta que terminó definiendo el expediente: ¿puede la Justicia prohibir que unos chicos jueguen a la pelota en el patio de su propia casa simplemente porque ese juego genera molestias?

El magistrado no desconoció que los ruidos pudieran existir. Incluso admitió que los juegos infantiles podían generar sonidos capaces de afectar las actividades que la mujer desarrollaba. Es decir, no descartó de plano la molestia denunciada.

Sin embargo, marcó una diferencia fundamental. Que exista un ruido molesto no significa automáticamente que exista una razón jurídica para prohibir la actividad que lo produce. Y en este caso había un detalle imposible de pasar por alto: se trataba de niños jugando en el patio de su propia vivienda.

Con ese argumento, el juez fue contundente y calificó como "desproporcionado y ajeno a toda razonabilidad" que el sistema judicial se dedicara a perseguir a una familia cuyos niños juegan en el patio. Para el magistrado, no podía utilizarse una resolución judicial para imponer una prohibición sobre una actividad recreativa que no estaba prohibida por la ley.

Además, recordó un principio constitucional básico: nadie puede ser obligado a hacer aquello que la ley no manda ni privado de aquello que la ley no prohíbe. Una frase que, trasladada a esta particular guerra de vecinos, terminó dejando la pelota del lado de los chicos.

Por eso, el pedido para que entre las 14 y las 17 el patio quedara convertido en territorio prohibido para los pequeños fue rechazado. Tampoco se ordenó que la mujer insonorizara su vivienda, porque una eventual modificación edilicia dependía exclusivamente de su voluntad.

Finalmente, la Justicia cerró la discusión sin imponerles a los chicos un horario para jugar. Podrán seguir usando el patio, aunque seguramente ahora cada pelotazo que golpee una pared tenga detrás una historia bastante más larga que un simple partido de fútbol.

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