En el norte de Neuquén, donde el viento y la montaña moldean el carácter de quienes habitan la región, hay historias que parecen estar hechas de paciencia, esfuerzo y amor por la tierra. La de Ramona Albornoz es una de ellas.
A sus 82 años, Ramona mantiene intacta una rutina que para muchos sería impensada: seguir trabajando la chacra, cuidar animales y sostener una forma de vida que aprendió desde la infancia y que nunca abandonó.
Ramona nació en el paraje Buraleo, en el norte neuquino. Desde muy pequeña su vida estuvo ligada al campo y a las tareas rurales. Con el tiempo se radicó en Chos Malal, donde siguió construyendo su historia.
Allí aprendió los saberes que marcan la identidad de las familias rurales: cultivar la tierra, criar animales, preparar el pan casero y sostener la vida cotidiana con trabajo y constancia. Ese vínculo con la tierra nunca se rompió.
Madre, cantora y guardiana de tradiciones
Además de su vida en el campo, Ramona también fue protagonista de la vida cultural de la región. Es madre de siete hijos y durante años se destacó como cantora en encuentros y celebraciones populares.
Su compromiso con las tradiciones la llevó incluso a ser abanderada de una agrupación gaucha, encabezando desfiles y participando en fiestas criollas que mantienen viva la identidad del norte neuquino.
Para quienes la conocen, Ramona representa esa mezcla tan propia de la región: trabajo, cultura y comunidad.
Una filosofía simple para vivir
Quienes comparten tiempo con ella destacan su energía y su mirada positiva sobre la vida. Ramona lo resume con una frase sencilla que repite cada mañana: “Cada día lo inicio alegre y sonriendo, agradecida de estar de pie”.
Esa forma de ver la vida parece ser también el secreto de su vitalidad.
En sus momentos libres, Ramona tiene un pasatiempo particular que refleja su paciencia: junta pequeños hilos de nylon que encuentra en el campo y, con dedicación, los trenza para hacer lazos. Es un trabajo minucioso, casi artesanal, que exige tiempo y concentración.
Pero para ella no es solo una tarea manual. Es una forma de seguir creando, de seguir activa y, quizás, de entrelazar recuerdos de una vida que transcurrió siempre cerca de la tierra.
Las manos que cuentan una historia
Las manos de Ramona hablan por sí solas. En ellas está la memoria de los panes cocinados en horno de barro, de las huertas cuidadas con esmero y de los asados compartidos en familia. Son manos que resumen una vida de esfuerzo, pero también de alegría.
A sus 82 años, Ramona Albornoz sigue levantándose cada día con la misma convicción que aprendió desde niña: que el trabajo, la tradición y el amor por la tierra son parte de la identidad del norte neuquino. Y que, mientras haya ganas y una sonrisa, siempre habrá un nuevo día para empezar.