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Martes 24 de Febrero, Neuquén, Argentina
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Vitalina Sura, la cantora que cumplió 90 años y guarda la memoria del norte neuquino en su voz

Cantó en fiestas, casamientos y velorios durante más de seis décadas. Sigue siendo símbolo vivo de la tradición oral del norte neuquino: una mujer que nunca aprendió con partituras, pero que conserva intactas cientos de canciones en la memoria y el corazón.

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Hay mujeres que no solo cantan: llegan, afinan la guitarra y algo en el aire cambia. Vitalina es una de esas.

El 20 de febrero, Vitalina Rosa Sura, cantora del norte neuquino, cumplió 90 años. Noventa años de vida y más de sesenta con la voz encendida.

Vitalina comenzó a cantar a los 20 y nunca más dejó de hacerlo. Nació en Los Menucos, al pie del Cerro Bayo, y desde allí su canto empezó a entrelazarse con la memoria colectiva de su pueblo. Hay mujeres que no solo cantan: llegan, afinan la guitarra y algo en el aire cambia. Ella es una de esas.

Durante décadas fue convocada a fiestas populares, casamientos, celebraciones religiosas y velorios de angelitos. Muchas veces amanecía cantando. Su voz acompañó la alegría y también el duelo. Nunca se cansaba. Nunca decía que no. Para Vitalina, cantar era un servicio: una forma de estar presente y sostener a su comunidad.

Aprendió de su madre, una cantora de las de antes, de aquellas que dejaban los dedos en la guitarra. Las cuerdas de alambre cortaban la piel hasta hacerla sangrar, pero la canción jamás se detenía. Mientras su madre enseñaba a su hermana, Vitalina escuchaba en silencio. Aprendió de oído y de corazón, sin cuadernos ni partituras, guardando versos que hoy —a sus 90 años— siguen intactos.

“Mis versos, a mis 90 años, no se me olvida ninguno”, cuenta a Mejor Informado con orgullo sereno.

La guitarra no fue solo un instrumento: fue su motor de vida. En sus cuerdas encontró compañía, sentido y fortaleza. Una enfermedad en las manos la obligó a alejarse físicamente del arte cantor, pero la canción —la que vive en la garganta— no se apaga con el silencio de los dedos.

Sus canciones narran historias del campo, nombres propios y recuerdos compartidos. Cada verso es una escena; cada melodía, una memoria que vuelve. Vitalina no canta para lucirse: canta para contar. Y en ese gesto reside su grandeza.

Reconocida por su carisma, su humildad y su generosidad, nunca necesitó grandes escenarios para ser inmensa. Le bastaba una rueda de vecinos, una cocina encendida o un patio bajo las estrellas. Allí su voz hacía lo suyo: reunir.

Hay artistas que interpretan canciones. Y hay cantoras que guardan la historia en la garganta.

Vitalina Rosa Sura pertenece a estas últimas.

A los 90 años, su legado no es solo un repertorio aprendido de memoria. Es una manera de vivir: con entrega, gratitud y la certeza de que, mientras exista alguien dispuesto a escuchar, la canción nunca termina.

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