Un informe reciente indica con claridad impresionante que, en los últimos años, la tasa de vacunación en Argentina está “por debajo de los niveles necesarios para garantizar una protección colectiva adecuada”. Por primera vez en este siglo, la evidencia marca lo que, si no se atiende la cuestión con más firmeza, puede constituir una catástrofe sanitaria.
El informe es del Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento (CIPPEC), y se basa en el dato fáctico de que las coberturas de vacunación del calendario nacional, un programa que es gratuito y obligatorio, muestran valores por debajo del umbral que se asocia a la inmunidad colectiva.
En el país, entre 2022 y 2024, se estima en 1,7 millón de niños la cantidad que no recibió alguna de las vacunas correspondientes a la edad; y se advierte en el informe que la situación se agrava con los denominados “refuerzos”, que se aplican en la segunda infancia y la adolescencia. En Neuquén, gracias a su plan de salud, el panorama es un poco más alentador: en el último verano, la vacunación aumentó más de 30 por ciento.
Algunos ejemplos: el refuerzo de la vacuna tripe viral, que protege contra el sarampión, la rubéola y las paperas, alcanzó a 46,7% de niños de 5 años, menos de la mitad del total de la población. Hace una década, superaba el 90% esa cobertura. Más o menos lo mismo pasa con la vacuna contra la poliomielitis, que, en el mismo grupo etario, descendió la aplicación efectiva a 47,6 por ciento del total.
La baja en la cobertura, no se encuentra solo en la infancia y adolescencia; los adultos, en especial los mayores de 65 años, no siempre reciben las vacunas recomendadas para esa edad.
Del informe se desprende una certeza: Argentina registra niveles de confianza hacia las vacunas cercanos a 86 por ciento; pero, al mismo tiempo, ha crecido una “reticencia difusa y multicausal”, que se alimenta en buena parte de la desinformación que abunda en las redes digitales. Parte de esa desinformación, tristemente, es reproducida “por algunos profesionales de la salud”.
Además, están los factores más previsibles: barreras de acceso, por ejemplo, provocados por horarios restringidos en los centros de salud, o distancia a los vacunatorios, o dificultades para para ausentarse del trabajo, y disponer del tiempo necesario para aplicarse una vacuna.
Además, la reducción en la circulación de ciertas enfermedades (causada, precisamente, por la aplicación de vacunas) ha llevado a cierta parte de la población a subestimar su amenaza: una paradoja de estos tiempos, que conspira contra la inmunidad general de la sociedad argentina.