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De una huerta cubierta por ceniza a un emprendimiento premiado: el camino de Sebastián Portanova con Istmo Hueni

Sebastián Portanova llegó a Villa La Angostura en busca de una vida más tranquila. Empezó cultivando una huerta orgánica, sobrevivió a la erupción del volcán Puyehue, atravesó la pandemia y hoy lidera Istmo Hueni, un emprendimiento que lleva sabores patagónicos a distintos puntos del país.

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Domingo, 08 de noviembre de 2026 a las 09:34
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En 2010, Sebastián Portanova tomó una decisión que cambiaría por completo su vida. Dejó atrás Buenos Aires para instalarse en Villa La Angostura con una idea que compartían muchos de los que llegaban a la Patagonia: encontrar un futuro más conectado con la naturaleza y una vida cotidiana menos acelerada.

La región no le era desconocida. Había recorrido estos paisajes durante años como turista, atraído por los lagos, los bosques y la tranquilidad que parecía imposible encontrar en una gran ciudad. Sin embargo, una vez instalado, entendió que aquel cambio no sólo implicaba mudarse de lugar, sino también reinventarse.

Pocos meses después de llegar, visitó una feria local donde el municipio presentaba un proyecto de huertas orgánicas. La propuesta invitaba a vecinos a desarrollar iniciativas productivas a cinco años dentro de un espacio especialmente destinado para ello.

Sin pensarlo demasiado, se anotó. Se capacitó, presentó su proyecto y obtuvo un lugar para comenzar a trabajar. Por entonces tenía una certeza, aunque todavía no supiera cómo materializarla: quería dedicarse a los alimentos.

Una huerta como punto de partida

Los primeros años estuvieron dedicados al aprendizaje. Cultivó papas, cebollas, arvejas, verduras y algunas frutas finas. El trabajo era intenso, pero también apasionante. Con el tiempo comenzó a imaginar un proyecto más amplio y fue incorporando cada vez más frambuesas y otras frutas características de la región.

Sin embargo, cuando parecía que todo empezaba a encaminarse, llegó uno de los golpes más duros: en 2011 la erupción del volcán Puyehue-Cordón Caulle cubrió Villa La Angostura de ceniza y la huerta de Sebastián no fue la excepción.

El terreno quedó tapado por arena volcánica y durante meses el objetivo dejó de ser producir para pasar a reconstruir. Hubo que retirar toneladas de ceniza, recuperar plantas dañadas, volver a sembrar y empezar nuevamente.

La recuperación le demandó cerca de un año y, lejos de abandonar, aprovechó ese proceso para replantear el proyecto y apostar con más fuerza a la producción de fruta fina, tal vez sin dimensionar que aquella decisión marcaría el rumbo de todo lo que vino después.

El descubrimiento que cambió el negocio

Cuando comenzaron a llegar las primeras cosechas importantes, apareció una pregunta que terminaría siendo clave: ¿cómo agregarle valor a esa fruta? Hasta ese momento la vendía fresca, pero entendía que existían otras posibilidades.

Así fue como empezó a capacitarse en elaboración de dulces y mermeladas: realizó cursos, aprendió técnicas que desconocía y comenzó a experimentar con sus propias frutas, haciendo de esas primeras producciones casi un laboratorio.

Familiares, amigos y vecinos se transformaron en catadores improvisados, probaban los sabores, opinaban y ayudaban a corregir detalles y ese intercambio fue fundamental para encontrar el rumbo.

Con la ayuda de un amigo que diseñó las etiquetas, comenzaron los primeros pasos comerciales; en aquel entonces las mermeladas se elaboraban en su propia casa, algo que entonces estaba permitido por la normativa de ese momento.

Del emprendimiento casero a una empresa

La inauguración de la Sala Comunitaria de Elaboración de Villa La Angostura significó un salto importante. Durante dos años Sebastián trabajó allí desarrollando nuevos sabores, perfeccionando procesos y aumentando la producción.

Al mismo tiempo, comenzó a detectar una necesidad que se repetía en muchos comercios de la localidad: faltaban productos regionales con abastecimiento regular durante todo el año. Fue ahí cuando el productor angosturense decidió ocupar ese espacio.

Dejó de vender exclusivamente a conocidos y empezó a recorrer negocios, hoteles, hosterías, cabañas y cafeterías. Su objetivo era claro: construir una red comercial sólida que permitiera llevar productos locales a más lugares.

Mientras todo eso ocurría, seguía sosteniendo otros trabajos para generar ingresos. El emprendimiento crecía, pero todavía estaba lejos de convertirse en su actividad principal.

El crédito que abrió una nueva etapa

El punto de inflexión llegó tras una charla del Consejo Federal de Inversiones (CFI) destinada a elaboradores de alimentos. Allí conoció herramientas de financiamiento que podían ayudarlo a dar el siguiente paso. Asumiendo el desafío, obtuvo un crédito, alquiló un espacio propio, adquirió equipamiento, acondicionó las instalaciones y logró habilitar su planta a nivel nacional.

Además, certificó la producción como libre de gluten. La diferencia fue enorme. A partir de entonces pudo llegar a nuevos mercados, ampliar la distribución y comenzar a comercializar en otras provincias.

Junto a ese crecimiento se sumó la necesidad de incorporar más manos: primero se sumó Alejandra y luego Daniel, colaboradores que acompañaron el crecimiento de un proyecto que cada vez demandaba más trabajo y producción.

Un cambio obligado y un nuevo comienzo

No todas las dificultades estuvieron vinculadas a la producción. En un momento descubrió que no podía registrar legalmente la marca con la que había comenzado a vender sus productos.

Después de varios años de trabajo e inversión, tuvo que replantear completamente la identidad comercial del emprendimiento. Lejos de desanimarse, decidió empezar otra vez.

Así nació Istmo Hueni, la marca con la que hoy comercializa sus productos y que logró consolidarse en distintos mercados de la Patagonia y del país.

La pandemia y otra prueba inesperada

Cuando llegó la pandemia, Villa La Angostura, como tantos destinos turísticos, enfrentó meses de enorme incertidumbre. Para muchos emprendedores fue un golpe difícil de superar, sin embargo, años de trabajo construyendo canales de venta fuera de la localidad terminaron siendo una ventaja decisiva.

Sebastián ya contaba con una red de distribución regional y pudo reaccionar rápidamente para sostener la actividad. Aquella estrategia, que había desarrollado lentamente durante años, terminó siendo clave para atravesar uno de los momentos más complejos de la economía reciente.

La difícil despedida de la huerta

Con el crecimiento de Istmo Hueni llegó también una decisión dolorosa: después de trece años al frente del proyecto de huertas orgánicas, entendió que ya no podía sostener ambas actividades al mismo tiempo.

La fábrica requería dedicación plena y dejar la huerta no fue sencillo ya que había allí una enorme inversión de tiempo, aprendizaje y afecto: era el lugar donde todo había comenzado.

Finalmente decidió cerrar esa etapa y concentrarse en la elaboración de alimentos, abasteciéndose con productores locales, chacareros y proveedores de fruta agroecológica y orgánica de la región.

Así logró mantener intacta una de las ideas que lo habían acompañado desde el principio: trabajar con materias primas de cercanía y con identidad patagónica.

Un presente que mira hacia adelante

Con los años, Istmo Hueni amplió su oferta incorporando nuevas líneas de productos, opciones sin azúcar agregada y desarrollos que integran frutas finas y chocolate. La búsqueda siempre fue la misma: innovar sin perder el vínculo con el territorio.

Ese camino recibió recientemente un reconocimiento especial con la obtención del sello de Gastronomía Neuquina, una distinción que destaca a productores que representan la identidad alimentaria de la provincia.

A dieciséis años de aquella mudanza desde Buenos Aires, Sebastián Portanova encuentra en su historia una prueba de que los grandes proyectos suelen construirse paso a paso. Hubo cenizas volcánicas, cambios de marca, crisis económicas y una pandemia. También hubo decisiones difíciles, aprendizajes constantes y mucho trabajo.

Lo que comenzó como una pequeña huerta orgánica en Villa La Angostura terminó convirtiéndose en una empresa que lleva sabores patagónicos a distintos rincones del país, y detrás de cada frasco de Istmo Hueni sigue estando la misma idea que lo trajo hasta aquí en 2010: construir una vida en contacto con la tierra y crear algo propio desde el corazón de la Patagonia.

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