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Murió Carlos Alonso, el artista que pintó las heridas de la Argentina y dejó su huella en Neuquén

El reconocido pintor, dibujante y grabador mendocino murió a los 97 años. Desde el Museo Nacional de Bellas Artes de Neuquén lo despidieron destacando una obra atravesada por la memoria, la violencia y la condición humana. En este espacio se encuentra actualmente en exhibición Niños colgados, una de sus obras.

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Carlos Alonso murió a los 97 años.

El arte argentino despide a Carlos Alonso, uno de sus artistas fundamentales, cuya obra atravesó más de siete décadas y convirtió la pintura, el dibujo y el grabado en territorios para hablar de la memoria, la violencia, el poder, el dolor y la condición humana.

El artista mendocino murió este lunes 21 de septiembre a los 97 años en su casa de Unquillo, Córdoba, donde residía desde hacía décadas. Su partida generó muestras de reconocimiento en distintos ámbitos de la cultura y también una especial despedida desde el Museo Nacional de Bellas Artes de Neuquén, que actualmente tiene en exhibición una de sus obras, Niños colgados.

Desde la dirección del museo destacaron la dimensión de una trayectoria que convirtió al arte en una forma de interpelar la historia y de mantener viva la memoria. “El arte argentino despide hoy a Carlos Alonso, pintor, dibujante y grabador de talento excepcional, cuya obra transformó nuestra manera de mirar la historia, la violencia, la memoria y la condición humana”, señalaron desde la institución neuquina.

En el mensaje de despedida, el museo comparó la dimensión de su obra con el viaje de Dante, una referencia especialmente significativa en la trayectoria de Alonso, quien en 1968 se instaló temporalmente en Florencia para trabajar sobre La Divina Comedia. “Sus imágenes trazaron biografías interiores y alumbraron territorios donde los pensamientos, los sueños, las creencias y los temores buscaron una forma de redención”, expresaron desde el MNBA Neuquén.

El artista mendocino murió este lunes 21 de septiembre a los 97 años en su casa de Unquillo, Córdoba, donde residía desde hacía décadas.

Una obra atravesada por la historia argentina

Nacido el 4 de febrero de 1929 en Tunuyán, Mendoza, Carlos Alonso comenzó su formación artística en 1944 en la Academia de Bellas Artes de la Universidad Nacional de Cuyo. Allí tuvo como maestros a Sergio Sergi, Lorenzo Domínguez y Francisco Bernareggi.

En 1950 se trasladó a Tucumán, donde se incorporó al grupo encabezado por Lino Enea Spilimbergo, una experiencia decisiva para su desarrollo artístico.

Tres años después viajó a Europa y entró en contacto con la obra de grandes maestros como Diego Velázquez y Vincent van Gogh. En 1957 obtuvo el primer premio de un concurso para ilustrar la segunda parte de Don Quijote de la Mancha.

Su producción estuvo marcada por una permanente conversación entre la tradición pictórica y los acontecimientos de su tiempo. A fines de la década de 1960 comenzó a trabajar en la serie Lección de anatomía, inspirada en Rembrandt, donde profundizó una de las preocupaciones que atravesarían buena parte de su obra: la violencia sobre los cuerpos y su relación con el poder.

También trabajó sobre El matadero, de Esteban Echeverría, estableciendo asociaciones entre el cuerpo humano, la carne y el sacrificio.

La dictadura militar argentina marcó de manera dramática su vida. Alonso debió exiliarse y vivió primero en Italia y posteriormente en España. En 1977, su hija Paloma Alonso, de 21 años, fue secuestrada y permanece desaparecida.

Esa tragedia atravesó profundamente su producción posterior y convirtió a la memoria en uno de los grandes ejes de su obra.

Su producción estuvo marcada por una permanente conversación entre la tradición pictórica y los acontecimientos de su tiempo. A fines de la década de 1960 comenzó a trabajar en la serie Lección de anatomía, inspirada en Rembrandt, donde profundizó una de las preocupaciones que atravesarían buena parte de su obra: la violencia sobre los cuerpos y su relación con el poder.

Niños colgados, una obra de Alonso que interpela desde Neuquén

La despedida del artista adquiere una particular dimensión en Neuquén porque una de sus obras puede ser contemplada actualmente en el Museo Nacional de Bellas Artes de la ciudad.

Se trata de Niños colgados, una obra que forma parte de la exhibición del museo y que, a partir de la muerte de su autor, adquiere una nueva dimensión para quienes la visiten.

La presencia de Alonso en la sala permite acercarse a una producción artística que nunca fue ajena a las preguntas incómodas de su tiempo. Su obra puso en escena aquello que muchas veces permanecía oculto y convirtió al cuerpo, el sufrimiento y la violencia en elementos centrales de una mirada crítica.

Desde el museo neuquino remarcaron precisamente esa dimensión de su legado. “Su concepción del arte amplió las fronteras de la estética y de la responsabilidad social del artista. Cada línea, cada figura y cada tensión de su pintura hicieron visible aquello que el poder pretendía ocultar, sin renunciar nunca a la belleza, a la imaginación ni a la dignidad de quienes padecen las injusticias”, señalaron.

“Su concepción del arte amplió las fronteras de la estética y de la responsabilidad social del artista. Cada línea, cada figura y cada tensión de su pintura hicieron visible aquello que el poder pretendía ocultar, sin renunciar nunca a la belleza, a la imaginación ni a la dignidad de quienes padecen las injusticias”, señalaron desde el Museo Nacional de Bellas Artes de Neuquén.

Un legado que permanece

Alonso regresó a la Argentina en 1980 y se instaló en Unquillo, Córdoba. Allí desarrolló una parte importante de su producción y participó años después en la creación del Museo de Arte Contemporáneo de esa localidad. En 2025 realizó allí su última exposición, dedicada a una faceta menos conocida de su obra: su vínculo con el paisaje cordobés.

Entre sus trabajos más reconocidos se encuentra Manos anónimas, una serie vinculada con el terrorismo de Estado y la violencia política. Su trayectoria fue reconocida, entre otras distinciones, con los Premios Konex de Platino de 1982 y 1992.

En 2019, el Museo Nacional de Bellas Artes le dedicó una gran exposición retrospectiva que revisó su producción y su diálogo permanente con la tradición pictórica.

Sus obras integran las colecciones de importantes instituciones argentinas, entre ellas el Museo Nacional de Bellas Artes, el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires y el Museo Carlos Alonso-Mansión Stoppel de Mendoza.

Desde Neuquén, el museo cerró su despedida con una definición que resume buena parte de lo que significó su trayectoria:

“Su muerte deja un vacío profundo, pero también una herencia perdurable. Carlos Alonso seguirá viviendo en la memoria de su pueblo y en una obra universal que nos interpela, nos conmueve y nos obliga a no olvidar”.

Y mientras el mundo del arte despide a Carlos Alonso, su obra permanece en las salas del MNBA Neuquén, donde Niños colgados permite volver a encontrarse con la mirada de un artista que hizo de la pintura una forma de memoria.

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