“Ojalá pueda volver pronto. Gracias Neuquén”. Con esas palabras, Reynaldo Sietecase cerró su primera visita a la capital neuquina, donde participó el sábado 12 de septiembre de la XIII Feria Internacional del Libro y presentó Cabrón, su novela más personal, inspirada en la memoria de su padre.
Después de su paso por la feria, el escritor y periodista compartió un mensaje en sus redes sociales en el que destacó la experiencia de encontrarse con lectores y, al mismo tiempo, la posibilidad de conocer de cerca una provincia que, según su mirada, atraviesa una transformación profunda.
“Gracias por permitirme participar de esta maravillosa Feria del Libro. Por el cariño y el respeto”, expresó Sietecase, quien definió la visita como “una gran experiencia para el escritor” por el encuentro con los lectores.
Pero su recorrido por Neuquén no se limitó a la actividad literaria. Durante su estadía también visitó Vaca Muerta, una experiencia que le permitió observar de cerca el impacto del desarrollo energético y los desafíos que plantea para la provincia. “Estuve en Vaca Muerta y comprobé los grandes desafíos que se vienen en esta provincia que es la única que crece en un país en crisis”, señaló.
La frase resume uno de los aspectos que había anticipado durante una entrevista con Entretiempo por AM550, antes de su llegada a Neuquén. Además de presentar su novela, Sietecase había manifestado su interés por conocer personalmente la realidad de Vaca Muerta y conversar con habitantes y colegas para construir una mirada propia sobre el proceso que atraviesa la región.
Sietecase y una novela nacida de la memoria
Durante su presentación en la Feria del Libro en la que colmó el auditorio del Museo Nacional de Bellas Artes, el autor dialogó con Eugenia Zicavo sobre Cabrón, una novela que nació a partir de un ejercicio de escritura y terminó convirtiéndose en una reconstrucción de la figura de su padre.
El punto de partida fue una guitarra que había pertenecido a él. A partir de ese objeto, Sietecase comenzó a recuperar otros elementos que habían quedado después de su muerte: un reloj, una lapicera, una brocha, una radio. Cada uno funcionó como una pieza para reconstruir una historia familiar.
La novela también parte de una ausencia. Sietecase contó que, con el paso del tiempo, descubrió que había olvidado la voz de su padre. Ese descubrimiento lo llevó a buscar viejas filmaciones y a iniciar una suerte de “arqueología” de sus objetos para volver a construir su figura.
La relación entre padres e hijos, las expectativas familiares y la defensa del propio deseo atraviesan el libro, que también incorpora poesía y se aparta de las novelas criminales que marcaron buena parte de su trayectoria literaria.