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Ruidosos y coloridos: ¿cómo es la vida de los loros barranqueros en nuestro país?

Aunque existe un refugio a lo largo de la costa argentina, su futuro sigue siendo incierto.

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Jueves, 29 de octubre de 2026 a las 18:39
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En los acantilados de El Cóndor, en Río Negro, habita la mayor colonia reproductiva de loros barranqueros del mundo.

La Patagonia argentina es conocida por sus ballenas francas, pingüinos, guanacos y elefantes marinos. Pero una especie menos conocida, el loro barranquero, también llega allí cada año para anidar y tener sus pichones.

La mayor colonia de cría del planeta de estos bulliciosos loros verdes, se asienta en un acantilado de arenisca de 21 kilómetros de longitud frente al Océano Atlántico.

La colonia estudiada se encuentra en la localidad de El Cóndor, cerca del estuario del Río Negro, en el Noreste de la Patagonia argentina y concentra el 71% de la población reproductora de la especie.

Hubo una época en que el Cianoliseus patagonus fue abundante y de gran distribución entre Argentina y Chile, pero sus números comenzaron a descender a mediados del siglo XIX por la pérdida y degradación de su hábitat, su captura para el comercio como mascotas y la persecución por ser considerados plagas de cultivos.

Pertenecen a la familia de los psitaciformes, uno de los grupos de aves más amenazados, incluyendo papagayos y cacatúas.

Fácilmente reconocibles por su plumaje verde oliva en la cabeza, matices azules en sus alas y tonos amarillos y rojizos en el vientre, esta especie es conocida popularmente como loros barranqueros porque excavan sus nidos en las barrancas de ríos y arroyos, o directamente en acantilados frente al mar.

Pueden cavar cuevas de hasta tres metros de profundidad y las mantienen siempre limpias, incluso los pichones más grandes ayudan en la ampliación de esos nidos.

El trabajo de investigación en El Cóndor, bajo el liderazgo de Juan Masello y Petra Quillfeldt, esposos y biólogos de la universidad de Gieben en Alemania se inició en 1998.

Masello describe esta exuberante y bulliciosa colonia como una explosión de colores y de regocijo por la vida: “Verlos y escucharlos me llena el alma, estimula e inspira” asegura.

La especie tiene fuertes vínculos familiares, eligen una única pareja con la que permanecen de por vida, practican una crianza colaborativa y los pichones mayores colaboran en la alimentación de sus hermanos.

La reserva natural se constituyó en 2024, gracias a una propuesta presentada por científicos, ONG, vecinos y autoridades de la región, fue aprobada por unanimidad por el Concejo Deliberante de la Municipalidad de Viedma en Río Negro. Sin embargo aún no se ha puesto en práctica un plan de manejo. “Sin un adecuado plan de manejo, un proceso de erosión que se está produciendo en el sector oriental de la colonia, podría tener consecuencias aún más graves, como derrumbes y reducción de números de nidos“, dice Masello.

Otra preocupación es la deforestación del bosque nativo en el suroeste de Buenos Aires, que destruye las áreas de alimentación y los dormideros naturales de las bandadas. Los loros vuelan hasta 66 kilómetros desde la colonia, varias veces al día, para llegar a esa zona. 

“Por la deforestación la comida que obtienen sería de menor calidad y podría afectar su capacidad de reproducción. Al quedarse sin vegetación autóctona donde pernoctar tras sus vuelos, las aves invaden pueblos y campos en busca de refugio y se generan conflictos con los productores locales.

El porvenir de los loros depende de lo que pase en ese pequeño tramo de costa patagónica. Mientras se espera la aplicación del plan de manejo para la reserva y medidas que frenen la erosión, la comunidad local, apasionada por estas aves, se ha convertido en “guardiana de El Cóndor”, para proteger a este loro bullicioso, amante de la familia y habitante de los acantilados. Un gran compromiso para salvar a una colonia única en el mundo.

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