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Valentín Barrera, el hombre que ayudó a convertir los cerros de Huinganco en el “Jardín del Neuquén”

Fue uno de los tres primeros empleados forestales del Vivero Provincial de Huinganco, cuando todo estaba por hacerse. A pico y pala, cargando postes, alambre y pequeños pinos sobre la espalda, ayudó a transformar las laderas de los cerros en un bosque que hoy identifica a la localidad del Norte Neuquino.

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Valentín Barrera, uno de los tres primeros empleados forestales.

Cada 27 de septiembre, Huinganco vuelve la mirada hacia aquellos hombres que, hace casi seis décadas, comenzaron a cambiar para siempre el paisaje de la localidad. Ese día se conmemoró el Día del Empleado y Obrero Forestal, una fecha que recuerda la designación, en 1968, de los primeros trabajadores del Vivero Provincial de Huinganco, una iniciativa que dio origen al que es considerado el Primer Bosque Comunal Argentino.

Pero detrás de aquel proyecto hay historias de hombres que pusieron el cuerpo cuando todavía no existían los bosques que hoy distinguen a Huinganco. Uno de ellos es Valentín Barrera, uno de los tres primeros empleados forestales.

Cuando recuerda aquellos años, Valentín no habla de grandes maquinarias ni de caminos preparados. Habla de trabajo. De necesidad. De esfuerzo. Y de una montaña que había que transformar con las propias manos. “Eran tiempos muy difíciles”, recuerda.

Para aquellos trabajadores, el empleo significaba también una oportunidad para quedarse en su tierra y construir un futuro. En ese contexto apareció el proyecto forestal impulsado por Rogelio Figueroa, quien confió en su intuición y en un pequeño grupo de hombres para llevar adelante una idea que por entonces parecía enorme.

A pico y pala, los primeros obreros forestales prepararon la tierra, construyeron canales de riego y plantaron los pinos que con los años convirtieron a Huinganco en el “Jardín del Neuquén”.

Todo comenzó con unas semillas

La historia del bosque de Huinganco empezó mucho antes de que los pinos dominaran las laderas. Comenzó con unas semillas. Según recuerda Valentín, Rogelio Figueroa trajo pinos que puso en su casa y de esos pinos salieron las semillas que en el vivero dieron lugar a los plantines

Los cerros debían convertirse en terreno cultivable y no había otra herramienta que el esfuerzo de los trabajadores. A pico y pala fueron preparando las laderas, abriendo espacios donde después crecerían los árboles que terminarían modificando el paisaje de la localidad.

Pero plantar no era suficiente. También había que proteger lo que se plantaba. Valentín recuerda que junto a sus compañeros cargaban postes y rollos de alambre de púa sobre los hombros para delimitar los sectores de cultivo y evitar que los animales de la zona ingresaran a las plantaciones. Cada tarea demandaba tiempo, esfuerzo y paciencia.

 

Los canales de riego y los primeros pinos

Con la orientación del ingeniero Gustavo Lutz, los trabajadores comenzaron también a construir los canales necesarios para llevar agua hacia las plantaciones. Era otra tarea que se hacía prácticamente desde cero.

Primero hubo que preparar la tierra. Después delimitar los sectores, construir los canales y finalmente llegó el momento de plantar. Los pequeños pinos comenzaron entonces a abandonar el vivero para ocupar las laderas.

Valentín recuerda aquellos momentos y las dificultades para llegar hasta algunos de los lugares elegidos para plantar. Los bolsos cargados de ejemplares iban sobre las espaldas de los trabajadores, que recorrían sectores de la montaña que parecían impensados para una plantación. Cada árbol significaba esfuerzo. Cada brote, una esperanza. Y cada año que pasaba, una transformación más visible del paisaje.

Con el paso del tiempo, aquellos pequeños pinos comenzaron a crecer y las laderas fueron adquiriendo otra fisonomía. Lo que había comenzado como un proyecto experimental se convirtió en parte de la identidad de Huinganco.

El bosque que cambió a Huinganco

Con el paso del tiempo, aquellos pequeños pinos comenzaron a crecer y las laderas fueron adquiriendo otra fisonomía. Lo que había comenzado como un proyecto experimental se convirtió en parte de la identidad de Huinganco.

El trabajo de aquellos primeros obreros forestales terminó dando forma a un paisaje que hoy es una de las principales características de la localidad y que le valió el nombre de “Jardín del Neuquén”.

Para Valentín, sin embargo, detrás de ese paisaje no hay solamente árboles. Hay recuerdos, compañeros, jornadas de trabajo. Hay manos lastimadas y hombros cargados de materiales. Sobre todo, hay una historia de hombres que aceptaron el desafío de plantar un bosque donde antes no existía.

Cuando habla de aquellos primeros años, la emoción aparece inevitablemente. “Los pinos crecían, Huinganco fue bendecido”, expresa Valentín. Una frase que resume casi seis décadas de historia: la de un pueblo que vio crecer sus árboles al mismo tiempo que crecía su propia identidad.

Cada 27 de septiembre, Huinganco homenajea a los trabajadores forestales. Pero también recupera una parte de su propia memoria. La de aquellos tres hombres que, con herramientas sencillas y mucho esfuerzo, comenzaron a plantar mucho más que árboles: plantaron el paisaje que hoy identifica a una comunidad.

 

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