Todo empezó con una conversación aparentemente imposible en un departamento de La Plata. Micaela Mazzulla y Mauricio Sepúlveda acababan de casarse y, mientras cursaban sus estudios universitarios, comenzaron a imaginar una vida diferente. La idea surgió de Micaela: dejarlo todo y salir a recorrer el mundo.
Mauricio, profesor de Química, Física y Matemática, nacido en Andacollo, pensaba que un proyecto así tendría que esperar hasta la jubilación. Micaela, masoterapeuta y empleada de una herboristería, oriunda de Brandsen, tenía otra mirada. “Le dije: hagámoslo, pero pongámosle una fecha”, recuerda Mauricio.
Cuando el momento llegó la pareja se instaló en Andacollo, en el norte neuquino, donde durante dos años se preparó para una aventura que terminaría llevándolos hasta uno de los puntos más extremos del continente. Con pocos recursos, un Renault Mégane modelo 1999 y la decisión de dejar de esperar el momento perfecto, emprendieron el viaje.
“Entendimos que si seguíamos esperando el momento perfecto probablemente nunca íbamos a salir”, cuentan.
Ocho años de viaje y una meta en Alaska
Lo que inicialmente parecía una aventura terminó transformándose en un proyecto de vida. Durante casi ocho años, Micaela y Mauricio atravesaron países, conocieron culturas y recorrieron paisajes de todo tipo. Su casa fue, durante buena parte de ese tiempo, aquel Mégane que tenían desde el comienzo. Allí durmieron, cocinaron y organizaron una rutina que los obligó a aprender a vivir con lo indispensable.
Para sostener económicamente el recorrido comenzaron vendiendo artesanías. Más adelante incorporaron la producción de contenido para redes sociales y acuerdos con marcas vinculadas con su manera de entender los viajes.
Después de miles de kilómetros, el 5 de junio de este año alcanzaron finalmente el destino que durante años había aparecido en sus conversaciones y mapas: Alaska. “No fue solamente llegar a un punto del mapa. Fue confirmar que la perseverancia puede llevarte muchísimo más lejos de lo que imaginás”, aseguran.
Cuando estacionaron el vehículo, la emoción fue más fuerte que las palabras. “Nos abrazamos y durante unos minutos simplemente nos quedamos en silencio. Habíamos imaginado ese momento miles de veces, pero vivirlo fue completamente distinto”, recuerdan.
El Mégane de 1999 que llegó hasta Alaska
En esta historia hay un tercer protagonista. Se trata del Renault Mégane modelo 1999 que acompañó a la pareja desde el comienzo y que, sin haber sido elegido para una gran expedición, terminó recorriendo miles de kilómetros por América. “Nuestra idea siempre fue demostrar que no hace falta tener el vehículo perfecto para cumplir un sueño”, explican.
El auto tuvo que atravesar reparaciones de todo tipo: problemas en la suspensión, los frenos, el sistema de refrigeración, fallas eléctricas, inconvenientes con la bomba de combustible y los rulemanes. Incluso debieron reemplazar el parabrisas mientras se encontraban en Canadá.
A eso se sumaron averías mecánicas, accidentes, enfermedades, dificultades económicas y complicaciones en distintos pasos fronterizos. Más de una vez la pareja se preguntó si tenía sentido continuar.
Sin embargo, también encontraron ayuda en los lugares más inesperados. “La mayor riqueza del viaje no fueron los paisajes. Fueron las personas”, aseguran.
A lo largo del recorrido hubo familias que les abrieron las puertas de sus casas, mecánicos que los ayudaron a volver a poner el auto en marcha, viajeros con quienes compartieron un mate y desconocidos que les dieron una mano sin pedir nada a cambio.
Una de las anécdotas que más recuerdan comenzó de una manera bastante menos amable. Durante varios kilómetros, un automóvil les hizo señas de luces y tocó bocina insistentemente. Ellos interpretaron que el conductor estaba molesto por alguna maniobra y hasta intercambiaron algunos gestos poco amistosos.
La situación cambió cuando ambos vehículos finalmente se detuvieron. El conductor no estaba enojado: era un seguidor de sus redes sociales que los había reconocido y solamente quería saludarlos, sacarse una foto e invitarlos a pasar unos días en su casa.
Andacollo, siempre presente
Aunque la ruta los llevó por buena parte de América y quedaron especialmente sorprendidos por los paisajes de Alaska y Canadá y por la hospitalidad que encontraron en Venezuela, hay un lugar que permanece presente en la historia. “Andacollo es el lugar al que siempre queremos volver”, dicen.
Para Mauricio, nacido en esa localidad del norte neuquino, y para Micaela, oriunda de Brandsen, llevar a Neuquén en cada kilómetro recorrido también es una forma de representar sus raíces. “Nos gusta mostrar que desde un pueblo pequeño también pueden surgir grandes sueños”, cuentan.
Después de Alaska, el camino sigue
Llegar a Alaska no significó el final de la aventura. Actualmente, la pareja se encuentra recorriendo Massachusetts, en Estados Unidos, desde donde comenzó el largo regreso hacia Sudamérica.
Ahora el viaje tiene otro ritmo. Sin la presión de alcanzar un destino específico, pueden detenerse en lugares que los marcaron, volver a sitios que ya conocieron y descubrir aquellos que habían quedado pendientes durante el recorrido hacia el norte. Calculan que el regreso llevará al menos un año más antes de volver a pisar suelo argentino.
Mientras tanto, continúan registrando la experiencia en su canal de YouTube, “Viajando Para Vivir”, donde comparten los paisajes que encuentran en el camino, pero también las dificultades, los encuentros y los aprendizajes que dejó una travesía que nació de una charla entre dos recién casados.
“No esperen el momento perfecto, porque probablemente nunca llegue. Los sueños no se construyen sólo con certezas, sino con decisiones. No hace falta tener todo resuelto para empezar; muchas veces lo más importante es dar el primer paso”, sostienen.