Hay derrotas que empiezan mucho antes del pitazo final. Empiezan cuando la pelota no entra. Cuando un penal se escapa. Cuando el arquero rival se convierte en figura atajando todo lo que le tiran. Cuando cada rebote cae del otro lado y el reloj, ese enemigo silencioso, avanza con una crueldad insoportable.
Durante largos minutos, en cada rincón de la Argentina se vivió con esa sensación que ningún campeón quiere volver a experimentar: la del final. La de tener que despedirse, decir adiós, hasta la próxima. La próxima sería dentro de cuatro años. La de mirar el Mundial como quien ve cerrarse una puerta sin poder hacer nada para impedirlo.
El 2 a 0 de Egipto no era solamente un resultado. Era una sentencia anticipada. Un golpe fuerte, profundo, bajo para un equipo acostumbrado a responder, pero que esta vez parecía sin respuestas. Hasta el más optimista empezaba a negociar con la resignación. Nadie quería decirlo en voz alta, pero todos lo pensaban. Estamos afuera. No habrá más mundial para los argentinos. Sin embargo, el fútbol siempre da revancha. O acaso guarda en la manga un plus más para el amor propio mezclado de rebeldía.
El descuento del "Cuti" Romero no cambió únicamente el marcador. Cambió el ánimo de un estadio entero. Cambió la respiración de millones de argentinos que lo seguían en las casas, en los trabajos, en los bares... De repente volvió a aparecer esa vieja sensación de que, mientras quede una pelota rodando, todavía hay una historia por escribir. Entonces apareció Messi. El que había errado un penal (el segundo tiro desde los 12 pasos pifiado por el mejor del mundo). El que a los 39 años sigue siendo el emblema, el faro de una generación que aprendió a levantarse después de cada golpe.
Ese segundo gol fue mucho más que un empate. Fue la confirmación de que los mejores también tropiezan, pero al mismo tiempo que los mejores encuentran la manera de volver a ponerse de pie. Después llegó el cabezazo de Enzo Fernández y el fútbol perdió definitivamente la cordura.
El estadio explotó. Las casas explotaron. Los bares explotaron. Los abrazos aparecieron sin pedir permiso. Gritaron los que estaban en Atlanta y los que miraban desde un celular, en una oficina, en una estación de servicio o desde el sillón de casa.
El instante de ese cabezazo cruzado de Enzo Fernández quedó grabado y fue la marca final cuando el árbitro francés marcó el centro de la cancha y con ello el final de la angustia, de la agonía, del sufrimiento. Pero sobre todo lo que quedó marcado en cada argentino es que el mejor del mundo lloró. Las lágrimas de Messi dijeron mucho sobre ese momento Fue el llanto del hombre que ganó todos los títulos posibles. El campeón del mundo. El bicampeón de América. El futbolista que sigue rompiendo récord. El que ya demostró todo pero sigue en competencia. Lloró porque todavía le importa jugar a la pelota. Y ganar en el deporte más hermoso del mundo.
Y con Messi lloró un país. Porque Argentina dio vuelta una historia que parecía sentenciada. Más allá de la clasificación a cuartos de final, esas lágrimas de Messi y de millones de argentinos significaron que el fútbol, a pesar de los negocios, de la tecnología, sigue ocupando un lugar especial en todos nosotros. Lágrimas de un capitán que nos enseña que ninguna derrota está consumada antes de tiempo. Lágrimas que nos enseñan a creer que nunca hay que nunca hay que bajar los brazos.
Porque después de dos décadas vistiendo la camiseta argentina sigue sintiendo que cada partido puede arrancarle un pedazo del alma. A sus 39 años, Messi sigue desafiándose. Lágrimas como las de aquel chico en Rosario que soñaba con jugar en la Selección argentina, el que soportó las críticas y cuestionamientos más hirientes que hasta llegó a pensar en irse definitivamente del conjunto nacional pero que terminó convirtiéndose en campeón de América y campeón del mundo.
Y con Messi lloró un país. Porque Argentina dio vuelta una historia que parecía sentenciada. Más allá de la clasificación a cuartos de final, esas lágrimas de Messi y de millones de argentinos significaron que el fútbol, a pesar de los negocios, de la tecnología, sigue ocupando un lugar especial en todos nosotros. Lágrimas de un capitán que nos enseña que ninguna derrota está consumada antes de tiempo. Lágrimas que nos enseñan a creer que nunca hay que nunca hay que bajar los brazos.
Las lágrimas de Messi sobrevivirá siempre como aquella imagen levantando la copa en Qatar. Messi, el que conquistó el mundo y terminó llorando como cualquiera de nosotros. Nosotros que pasamos de la angustia a la felicidad inmensa en pocos minutos.
Para los futboleros -y hoy para quienes no lo son tanto-, el fútbol todavía tiene sentido. Por esas lágrimas del mejor de todos, porque todavía quedan razones para creer.