Gane quien gane en Brasil, los principales protagonistas tienen bien claro dónde terminan sus deseos y dónde empieza la realidad. De Lula a Flavio Bolsonaro, pasando por Trump y China, hasta llegar a Milei, todos saben que el peso de Brasil en la región, en el continente y en el mundo es tal que cualquier resultado va a obligarlos a moverse entre sus impulsos políticos e ideológicos y el pragmatismo.
Lula: ganar para gobernar a contramano
Lula sabe que un triunfo frenaría, o al menos complicaría, la estrategia que Estados Unidos ya despliega sin disimulos en América Latina, y le permitiría seguir implementando un programa de gobierno que desafía el clima de época al reivindicar el rol del Estado. Pero también sabe que tendría que profundizar su pragmatismo para convivir durante dos años con un Trump hostil, con una región pintada de derecha, con un Congreso que según las encuestas estará dominado por sus rivales y con buena parte de la sociedad brasileña, que no le dará respiro.
Lula puso la agenda social en el centro de la escena. En las últimas semanas tomó dos medidas que cuentan con el respaldo de una gran mayoría de la sociedad y que todos identifican como grandes problemas sociales: el endeudamiento de las familias y, vinculado a eso, las apuestas deportivas.
El impacto fue positivo según las encuestas, y eso puede servirle en el corto plazo, en una elección que se presenta muy pareja. Lo que pase después, cuando el Congreso tenga que ratificar o no la medida provisoria que Lula firmó para prohibir las apuestas, y que tiene 120 días para convertirse en ley, será otra historia, ya alejada de los cálculos electorales. Pero esa discusión llegará más tarde: hoy lo que importa es el efecto en las urnas. Lula sabe mejor que nadie que, si gana, deberá gobernar en un contexto regional y local ideológicamente adverso, frente a una derecha que no le dará tregua.
Un triunfo de Lula tendría además un efecto que excede a Brasil. La seguridad viene explicando la seguidilla de victorias de líderes de derecha en los últimos años, muchos de los cuales adoptaron, al menos en lo discursivo, la estrategia de "bukelizar" las campañas. Que la agenda social logre imponerse a la de seguridad sería novedoso. Esa estrategia podría ser un modelo del que muchas oposiciones de izquierda tomen nota para confrontar los discursos dominantes en la región, que instalaron con éxito la necesidad del ajuste y del orden macroeconómico, en paralelo con el recorte del rol y de la intervención del Estado.
Flavio Bolsonaro: el aliado que no puede romper con China
Flavio Bolsonaro, por su parte, sabe que una victoria lo colocaría como el principal referente de Estados Unidos en la región, alineado con los intereses políticos de Trump. Lo acompañaría en su agenda de seguridad y en su cruzada contra la agenda liberal, que tanto detestan él y Trump, pero tendría que hacerlo sin dejar de ejercer pragmatismo con China, con la que lo une una dependencia económica total. Ese vínculo con el gigante asiático no puede resquebrajarse: deberá aplicar pragmatismo económico mientras se alinea incondicionalmente con la otra agenda de Trump.
Trump, Rubio y China: el club al que le falta Brasil
Estados Unidos busca consolidar, con un triunfo de Bolsonaro, su estrategia de llenar América Latina de gobiernos afines. Esa estrategia viene siendo exitosa, pero Brasil es un punto de inflexión. Para Trump y Marco Rubio es clave sumarlo a ese club. Sin Brasil, y con un Lula pragmático pero imposible de cooptar, la estrategia de seguridad nacional de Washington para América Latina quedaría renga. Otro gobierno de Lula sería un contrapeso decisivo. Que Trump no haya explicitado en las últimas semanas un apoyo a Bolsonaro quizás sea una señal de que ya está midiendo sus próximos pasos para el escenario en que gane Lula, que sería un golpe para sus planes en la región.
Estados Unidos sigue de cerca lo que pase hoy en Brasil y en la segunda vuelta. Está en juego la consolidación de su estrategia regional: necesita un aliado en el Planalto para mandarle una señal clara a China, que también observa. Recordemos que el gobierno de Xi Jinping salió no hace mucho a defender la soberanía de Brasil y a rechazar cualquier injerencia externa en sus asuntos internos. Sin nombrarlo, hablaba de Trump.
Milei, en una encrucijada
El apoyo de Milei a Flavio Bolsonaro quedó claro: él mismo se encargó, con sus declaraciones explosivas contra Lula, de que se enterara todo el mundo. Pero un eventual triunfo convertiría a Flavio en el líder natural de la región y en el principal interlocutor con la Casa Blanca. Eso desdibujaría, o al menos empañaría, la estrategia de Milei de ser, además del aliado más cercano de Trump, el principal referente regional de la derecha. Bolsonaro ya avisó que, de ganar, se suma al Escudo de las Américas, el club que creó Trump para combatir el crimen organizado en la región.
Si en cambio gana Lula, Milei deberá tomar una decisión trascendente: escalar o normalizar la relación con Brasil. No hay término medio. Si decide acelerar, podría dar el paso que sigue a retirar al embajador: romper relaciones. Si normaliza, deberá presentarlo como un gesto racional y pragmático. No parece haber margen para seguir yendo en contra de la geografía, la historia y las necesidades de Argentina.
En definitiva, el resultado marcará el futuro inmediato del vínculo de Brasil con Argentina y de la estrategia de Trump en América Latina. Todos, de un lado y del otro, deberán moverse entre sus impulsos políticos e ideológicos y el pragmatismo.