Hay una foto que se repite: el gobernador Alberto Weretilneck y el intendente de Bariloche, Walter Cortés, uno al lado del otro, en el Centro Cívico, en una junta vecinal, en la firma de un convenio o en la apertura de sobres de una licitación. Es una decisión política, no una casualidad de agenda.
Antes de entender el por qué, primero hay que recordar quién es Walter Cortés. No llegó al Centro Cívico por el camino tradicional. Es un dirigente que estuvo más de 30 años al frente de la Asociación Empleados de Comercio (AEC) con una fuerte impronta gremial que marcó toda su trayectoria. Fue legislador provincial por el Partido Justicialista (PJ), aunque su relación con el peronismo tradicional de la provincia nunca fue sencilla: el histórico Carlos Soria lo acusó de aliarse con los gobiernos radicales y lo expulsó.
Con los años terminó construyendo un vínculo propio, más pragmático que partidario, que hoy lo tiene más cerca de dirigentes como Miguel Pichetto que del peronismo que hoy referencia María Emilia Soria. Años atrás, además, atravesó una causa judicial por una millonaria defraudación al desaparecido Policlínico Arbos, que derivó en una condena a cuatro años de prisión, de los cuales cumplió dos en la cárcel de Esquel, hasta que en 2018 la Corte Suprema dispuso su sobreseimiento por la demora excesiva del proceso. En 2023, con el Partido Unión y Libertad (PUL), ganó la elección municipal y derrotó a la entonces gobernadora Arabela Carreras en la elección con menor participación de la historia.
Ahí está la base real de Cortés: el sector más popular y numeroso de una ciudad que vive puertas adentro una realidad muy distinta a la que muestran las postales del Nahuel Huapi, la nieve del cerro Catedral y el chocolate. Esa cercanía territorial es la que el propio Weretilneck elogió hace pocas semanas, cuando remarcó que el intendente conoce "los barrios" y sabe "cuáles son las urgencias".
Cortés convive con un Concejo Deliberante fragmentado, con reclamos sociales permanentes en una ciudad marcada por la desigualdad en tre el Alto y los kilómetros de Bustillo o Pioneros, y con una agenda dominada por los problemas estructurales de una ciudad lineal de casi 30 kilómetros, que crece de manera desordenada. En las últimas semanas rompió con la Cooperativa de Electricidad Bariloche (CEB) y retiró de su administración los fondos del alumbrado público, unos 160 millones de pesos mensuales, que ahora pasarán a ser gestionados por el municipio.
También actualizó los montos para contrataciones y licitaciones, una medida que le otorga al Ejecutivo mayor capacidad para ejecutar obra pública sin quedar condicionado por el Concejo Deliberante. Cortés dejó de pedir permiso. Ahora concentra decisiones que antes dependían de acuerdos políticos y fortalece el control sobre áreas estratégicas del Estado municipal justo cuando comienza la discusión más importante de su gestión: la reforma de la Carta Orgánica.
Weretilneck necesita a Bariloche, y lo dice sin vueltas
Bariloche no es un municipio más para Río Negro. Es el distrito con el padrón electoral más grande de la provincia, con cerca de 110 mil votantes, y uno de los territorios más determinantes para cualquier estrategia política con vistas a 2027. El gobernador lo sabe.
Por eso la agenda compartida con Cortés se multiplicó y excede ampliamente lo protocolar. Hubo una cena con dirigentes de 57 juntas vecinales, una mesa de trabajo por la conectividad de los barrios del sur y sudeste, la entrega de escrituras y personerías jurídicas, la apertura de licitaciones para redes cloacales, el refuerzo de 150 policías para la temporada turística y el compromiso de la Provincia de afrontar los costos logísticos y de seguridad para que la ciudad pueda votar el próximo 1° de noviembre.
Ese último punto no es un detalle menor. La elección de convencionales constituyentes que reformará la Carta Orgánica -vigente desde 1986 y modificada por última vez en 2006- ya comenzó a ser leída por toda la dirigencia rionegrina como el primer gran ensayo rumbo a la disputa provincial de 2027.
Quince convencionales titulares y quince suplentes, elegidos en la ciudad más poblada de Río Negro, definirán cómo se gobernará Bariloche durante las próximas décadas. Juntos Somos Río Negro ya designó a su administrador de campaña y a su apoderado local, mientras avanza con la convocatoria a internas para el 23 de agosto. La UCR, en cambio, mantiene distancia de Cortés: las diferencias de estilo y de construcción política siguen haciendo muy difícil imaginar un acercamiento. El peronismo está en la vereda contraria. Mientras que los libertarios, agazapados.
El equilibrio que administra Cortés
Lo llamativo es que esa cercanía con Weretilneck no implica un alineamiento pleno. El propio intendente lo resume en una frase que repite en cada acto: "Me llevo bien con el gobernador, pero defiendo a mis vecinos".
Bariloche tiene una particularidad que la distingue del resto de la provincia: el poder nunca estuvo concentrado exclusivamente en el Municipio. La CEB, el empresariado turístico, los sindicatos y las organizaciones sociales conforman un entramado que durante años condicionó la gobernabilidad de cualquier intendente. Cortés intenta correr ese límite, fortaleciendo el poder del Ejecutivo justo antes de la elección que redefinirá las reglas institucionales de la ciudad.
Weretilneck, mientras tanto, necesita que esa estrategia funcione. Precisa estabilidad en el distrito electoral más importante de la provincia y que se valore su modelo de gestión.
La verdadera prueba llegará el 1° de noviembre. Si Cortés consigue trasladar esa consolidación política a la elección de convencionales constituyentes, Weretilneck no sólo habrá fortalecido a un aliado en el principal distrito electoral de Río Negro: también habrá dado el primer paso para empezar a ordenar el escenario político de cara a mantener la Gobernación en 2027.