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Cuando la amenaza entra al aula: el síntoma de una violencia que ya no reconoce límites

Más de 120 estudiantes investigados por amenazas de tiroteos exponen algo más profundo que un fenómeno aislado. Entre redes sociales, falta de límites y ausencia de respuestas contundentes, la escuela deja de ser refugio y se convierte en el espejo de una sociedad que naturaliza la violencia.

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Una señal de que la violencia dejó de ser algo externo y empezó a filtrarse en el corazón mismo del sistema educativo.
Cuando más de 120 estudiantes están involucrados en este tipo de situaciones, ya no alcanza con mirar caso por caso, hay que mirar el fenómeno y el fenómeno dice algo incómodo: hay una naturalización creciente de la violencia.

Más de 120 alumnos allanados en distintos puntos del país por amenazas de tiroteos en escuelas . La cifra impacta pero el verdadero problema no es el número. Es lo que significa. Lo que comenzó como un hecho aislado en el norte santafesino se ha transformado, en menos de tres semanas, en una crisis de seguridad pública sin precedentes en las aulas argentinas.

Bajo la consigna "Mañana tiroteo", escrita en pupitres, paredes de baños o difundida en historias de Instagram, una ola de intimidaciones ha forzado la evacuación de decenas de establecimientos y ha encendido las alarmas del Ministerio de Seguridad de la Nación. No estamos frente a un hecho aislado, no estamos frente a una travesura adolescente que se fue de las manos. No estamos frente a un episodio menor, estamos frente a una señal profunda. Una señal de que la violencia dejó de ser algo externo y empezó a filtrarse en el corazón mismo del sistema educativo.

Los hechos de violencia con armas en escuelas argentinas son excepcionales, aunque fueron en aumento desde la pandemia del coronavirus. Pero, al analizar los casos ocurridos desde el regreso de la democracia, el total de hechos en aulas o derivados de conflictos escolares que incluyeron armas de fuego no llega a diez. Las amenazas de tiroteos no son una broma. No son un mensaje más en redes. No son un “chiste pesado”. Son situaciones que activan protocolos de emergencia, movilizan fuerzas de seguridad, generan evacuaciones, paralizan escuelas y, sobre todo, instalan miedo.

Las escuelas no pueden enfrentar esto solas. No pueden ser sólo el lugar donde estalla el problema. Deben ser parte de la solución, con prevención, con espacios de escucha, con trabajo emocional, con detección temprana. Porque detrás de muchas de estas conductas hay algo más profundo: angustia, violencia contenida, necesidad de llamar la atención

Miedo real en chicos que van a aprender, en docentes que deberían enseñar, en familias que confían en que la escuela es un lugar seguro. Y cuando ese miedo aparece, algo se rompe. Se rompe la confianza, se rompe la tranquilidad, se rompe la idea básica de que la escuela es un espacio protegido.

Una señal de que la violencia dejó de ser algo externo y empezó a filtrarse en el corazón mismo del sistema educativo.

Cuando más de 120 estudiantes están involucrados en este tipo de situaciones, ya no alcanza con mirar caso por caso, hay que mirar el fenómeno y el fenómeno dice algo incómodo: hay una naturalización creciente de la violencia. Hay chicos que amenazan. Que simulan. Que replican escenas que ven en otros países, en redes, en contenidos digitales. Una cultura donde el impacto vale más que la responsabilidad, donde onde el límite es difuso, la gravedad se relativiza. Y ahí hay una falla, una falla social porque estas conductas no nacen de la nada, se construyen, se alimentan de lo que se consume, de lo que se valida, de lo que no se corrige. Y también —hay que decirlo— de la ausencia de consecuencias claras. Durante mucho tiempo se minimizó: “Son chicos", “No lo pensaron.”, “Fue una broma.”. Pero no. Una amenaza de este tipo no es una broma es un acto grave y si no se trata como tal, el mensaje es devastador: que se puede hacer y no pasa nada.

El Estado tiene una responsabilidad central. Protocolos claros. Intervención inmediata. Investigaciones serias. Coordinación real entre Educación, Seguridad y Justicia. No puede haber improvisación porque cuando se improvisa, se pierde tiempo. Y en estos casos, el tiempo es clave pero también hay otro actor que no puede quedar afuera, las familias. Porque muchos de estos episodios nacen en entornos conocidos, en casas donde hay señales que no se detectan, donde hay conductas que no se abordan, donde el mundo digital avanza sin control.

El Estado tiene una responsabilidad central. Protocolos claros. Intervención inmediata. Investigaciones serias. Coordinación real entre Educación, Seguridad y Justicia. No puede haber improvisación porque cuando se improvisa, se pierde tiempo. Y en estos casos, el tiempo es clave pero también hay otro actor que no puede quedar afuera, las familias. Porque muchos de estos episodios nacen en entornos conocidos, en casas donde hay señales que no se detectan, donde hay conductas que no se abordan, donde el mundo digital avanza sin control. Y ahí hay una responsabilidad ineludible, acompañar, escuchar, supervisar porque lo que pasa en la escuela muchas veces empieza antes, empieza en casa.

Y hay algo más. Las escuelas no pueden enfrentar esto solas. No pueden ser sólo el lugar donde estalla el problema. Deben ser parte de la solución, con prevención, con espacios de escucha, con trabajo emocional, con detección temprana. Porque detrás de muchas de estas conductas hay algo más profundo: angustia, violencia contenida, necesidad de llamar la atención, o simplemente una desconexión total con las consecuencias. Porque esto no es un tema menor, cuando un chico amenaza con un tiroteo, no sólo está generando miedo está mostrando que perdió la noción del límite.

Cuando más de 120 chicos hacen lo mismo, el problema ya no es individual es colectivo. Es un síntoma. Un síntoma de una sociedad que empezó a convivir con niveles de violencia simbólica cada vez más altos. Y cuando esa violencia entra a la escuela, el problema ya no es educativo es estructural porque la escuela debería ser el último lugar donde esto ocurra. Y si ya está pasando ahí no es que los chicos están fallando es que los adultos dejamos de marcar los límites y cuando los adultos fallan, las consecuencias siempre las pagan ellos. Lo que está en riesgo no es sólo la seguridad es el futuro. 

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