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Lula, Bibi y ¿ahora Trump?

Lula y Netanyahu volvieron a probar que subestimarlos es un error. El martes, en las legislativas de Estados Unidos, Donald Trump intenta demostrar que él también sabe sobrevivir.

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Donald Trump se puso la campaña al hombro para retener el Senado
Flavio Bolosnaro perdió y huyó a Estados Unidos
Bibi salió primero pero a a nadie le alcanza para gobernar sin alianzas
Lula dio vuelta la elección en Brasil y sorprendió a todos

Lula y Benjamin Netanyahu, desde las antípodas ideológicas, demostraron en los últimos días una vigencia extraordinaria. Los dos llevan más de dos décadas en el centro de la política de sus países, conocen como pocos las herramientas que da el poder y las usaron hasta el límite. Lula dio vuelta una elección que parecía perdida. Bibi, después de gobernar una de las etapas más difíciles de la historia de Israel, volvió a ser el político más votado. Ahora le toca a Trump: este martes se sabrá cuánto margen político interno le queda para encarar sus dos últimos años de gobierno.

Hazaña política de Lula

Lula consumó una hazaña política sin precedentes recientes: ganó su cuarta elección presidencial al imponerse a Flávio Bolsonaro con el 51,8% de los votos, tras haber perdido la primera vuelta. Es la primera vez desde 1989 que gana el balotaje quien quedó segundo en la primera vuelta. La campaña la construyó él, casi de principio a fin, poniéndosela al hombro después de la derrota inicial. Su capacidad política, subestimada por la mayoría de los análisis, que daban por descontado el triunfo del bolsonarismo, y una estrategia implacable para movilizar a las bases del PT, en las calles y en el territorio digital, explican en gran parte los 10 millones de votos que sumó entre las dos vueltas. También ayudó una serie de medidas que pueden catalogarse de populistas o electoralistas, pero que buscaron consolidar su perfil de centroizquierda y aliviar el bolsillo en el corto plazo. Lula, aprovechando la ventaja de ser gobierno, no salió a seducir a los mercados con austeridad ni a buscar votos en la centroderecha: movilizó a su propia base, prometiendo profundizar las políticas sociales y empezando a hacerlo. Ya habrá tiempo para los ajustes que la economía brasileña necesita.

El escenario del cuarto mandato podrá navegarlo apelando, una vez más, a su pragmatismo y al Centrão, el bloque de políticos brasileños que en el Congreso siempre están preparados para ir al rescate de los ganadores, más allá de su ideología. El desafío mayor es un bolsonarismo derrotado y en crisis. Flávio Bolsonaro no reconoció el resultado, anunció que pedirá la anulación de la elección y, pese a una orden judicial que le impedía salir del país, se fue a Estados Unidos, donde el gobierno de Trump lo recibió y donde el propio presidente había denunciado que los comicios fueron “amañados”.

Queda abierta una pregunta: quién va a liderar a los casi 60 millones de brasileños que votaron por él, y si aceptarán que los siga conduciendo desde Miami. Su huida abre la puerta a que otras figuras de la derecha, como el gobernador paulista Tarcísio de Freitas, le disputen el liderazgo. La victoria deja además dos lecciones. Por un lado, el peso que todavía tienen la política y los liderazgos a la hora de analizar los procesos electorales: los análisis subestimaron la capacidad de Lula para romper tendencias que parecían inexorables. Por otro, en Brasil no se castigó al oficialismo, como sí ocurrió en la mayoría de las últimas elecciones en el mundo, ni se consolidó la derecha en la región. Eso lo explica, más que nada, Lula, que a los 81 años volvió a ser el político más importante de su país y de la región en lo que va del siglo XXI.

Bibi lo hizo de nuevo

Bibi, igual que Lula, volvió a demostrar que es un error subestimar a los líderes que llevan décadas dominando la política de sus países. Atravesó su peor crisis como responsable político de la mayor falla de seguridad en la historia de Israel, el 7 de octubre de 2023, y buscó reconstruir el vínculo con una sociedad golpeada por la masacre y por los 251 secuestrados en Gaza poniéndose al frente de guerras para reconfigurar Medio Oriente, con la promesa de derrotar a Hamás, Hezbolá e Irán. Está lejos de haber cumplido todos los objetivos, pero buena parte de su electorado lo sigue viendo como el único capaz de terminar el trabajo, sobre todo con Irán y de la mano de Trump. Las urnas dejaron un escenario sin mayorías claras. Su bloque alcanzó las 53 bancas, el de Eisenkot las 48 y los partidos árabes, en una elección histórica, suman 19. Nadie llega a los 61. Aun así, el Likud es la primera minoría y desde ahí Bibi empujará para seguir siendo primer ministro, sabiendo que la oposición se quedó sin opciones. Eisenkot enfrenta un dilema de salidas malas, agravado por la expectativa que él mismo creó de vencerlo: una mayoría sin Netanyahu solo le cierra con los partidos árabes. Lieberman y Bennett enfrentan el mismo laberinto, ir a otra elección o unirse al bloque de Netanyahu en condiciones duras, y nadie los ve rogando el apoyo de Ra’am y de la Lista Conjunta.

Las opciones de Bibi son dos. La primera es dejar pasar los meses hasta que el presidente Herzog, ante la imposibilidad de formar una coalición sólida, llame a nuevas elecciones. En ese lapso pueden pasar muchas cosas; la más importante, que se reanude la guerra con Irán de la mano de Trump y Bibi tenga otra oportunidad de terminar el trabajo y llegar mejor parado a las urnas. La segunda es un gobierno de unidad impulsado por Herzog, que ya dijo que hay que evitar otra elección, con Netanyahu como primer ministro los dos primeros años a cambio de un indulto que lo libere de sus problemas judiciales. Trump podría ver en un gobierno fuerte de Bibi y Eisenkot el mejor escenario para ir por Irán y cerrar ese capítulo. La unidad, después de años de polarización extrema, sería además una buena señal para empezar a recomponer la relación de Israel con el mundo, y un gobierno con Eisenkot y sus socios podría desplazar a los ultras de Ben Gvir y Smotrich y a los ultraortodoxos, y llevar a Israel de la extrema derecha hacia algo que conoce mejor: su centro político. Para Eisenkot sería difícil de aceptar: pasaría de ser quien iba a sacar a Bibi del poder a pactar con él y subordinarse. Pero quizás no tenga otra salida si no quiere diluir, más temprano que tarde, el poder que consiguió en las urnas, con el riesgo de que su coalición se fracture y algunos socios vayan al rescate del ganador. Israel votó y volvió a quedar en el mismo lugar: esperando a ver qué hace Bibi.

Y ahora es el turno de Trump

En las elecciones del martes, Trump no está en la boleta, pero busca algo parecido a lo que lograron Bibi y Lula: demostrar que sigue manejando la agenda polítcia de su país. Si bien esta semana recibió la buena noticia de que la economía de Estados Unidos creció a una tasa anualizada del 3,4% en el tercer trimestre, gracias al consumo y a las inversiones vinculadas con la inteligencia artificial (IA), llega a estas elecciones con la microeconomía golpeada por el aumento del costo de vida y, sobre todo, del combustible, consecuencia directa de su guerra contra Irán, y lo compensa con una feroz campaña contra los demócratas, a quienes acusa de todos los males. “Votará de inmediato para abrir las compuertas a millones de extranjeros ilegales”, dijo sobre James Talarico, candidato demócrata al Senado por Texas, un estado dominado en las últimas décadas por los republicanos, donde encabeza las encuestas, a quien presentó como una amenaza para la seguridad fronteriza, la política energética y el derecho a portar armas.

Como Lula y Bibi, Trump se puso la campaña al hombro y recorre los distritos para apoyar a sus candidatos, aun cuando dentro de su propio espacio hay dudas sobre el costo de esas apariciones. Los demócratas pelean bancas en territorios históricamente republicanos. Una derrota podría dejar a Trump en minoría en las dos cámaras para gobernar sus dos últimos años. Es el peor escenario para un presidente al que ya se le conocen las reacciones ante una derrota. La diferencia es que esta vez le quedarán dos años más de gobierno.

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