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Los padres que habitan los libros y el padre que habita mi memoria

La literatura está llena de padres inolvidables: cercanos, ausentes, complejos, entrañables. A partir de las páginas de Paul Auster, Osvaldo Soriano y otros autores, una evocación personal sobre los silencios, las enseñanzas y las huellas que perduran para siempre.

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Los hijos imaginan el mundo; los padres suelen llegar después para explicar, acompañar o advertir sobre aquello que ya recorrieron.

A través de los años, la literatura ha abordado la relación padre-hijo desde múltiples perspectivas. En forma de novelas, memorias, cuentos y ensayos, algunos de los mejores escritores encontraron en ese vínculo un territorio fértil para explorar los afectos, las heridas, las ausencias y los aprendizajes que nos acompañan durante toda la vida.

La figura paterna aparece en los libros desde la intimidad y el amor, pero también desde la distancia, el orgullo, la evocación, los desamparos, los ajustes de cuentas, los encuentros y desencuentros. Porque pocas relaciones humanas son tan complejas y decisivas como la que se construye entre un padre y un hijo.

Esa literatura "paterna" ha sido desplegada por autores de distintas épocas y geografías. Martin Amis escribió sobre la admiración y las tensiones con su padre, Kingsley. Paul Auster convirtió el duelo y la ausencia en una obra inolvidable. Raymond Carver retrató hombres comunes cargados de silencios y frustraciones. Entre los argentinos, Osvaldo Soriano, Ángela Pradelli, Antonio Dal Masetto y Eduardo Sacheri también dejaron páginas memorables sobre esa figura que, de una manera u otra, termina moldeando nuestras vidas.

En el prólogo de Cuentos de los años felices, Soriano afirma que su padre era exactamente como aparece en sus relatos y rescata una frase de un personaje de Armando Discépolo: "Hijo, si vos lo soñaste, yo lo viví". Tal vez allí se encierre una de las claves de la paternidad. Los hijos imaginan el mundo; los padres suelen llegar después para explicar, acompañar o advertir sobre aquello que ya recorrieron.

Los relatos de Soriano sobre su padre son conmovedores. Están escritos con una prosa sencilla y luminosa que convierte la nostalgia en una forma de felicidad. Porque, como escribió el propio autor, "un relato siempre viene del pasado y evoca una vida". Quizás por eso los padres vuelven una y otra vez a la literatura: porque son parte fundamental de nuestra memoria.

Los relatos de Soriano sobre su padre son conmovedores. Están escritos con una prosa sencilla y luminosa que convierte la nostalgia en una forma de felicidad. Porque, como escribió el propio autor, "un relato siempre viene del pasado y evoca una vida". Quizás por eso los padres vuelven una y otra vez a la literatura: porque son parte fundamental de nuestra memoria.

Paul Auster también regresó a su padre cuando ya no estaba. En La invención de la soledad, escrita tras su muerte, reconstruye una relación marcada por la distancia emocional. Sin embargo, entre tantos recuerdos encuentra uno aparentemente insignificante. Padre e hijo esperan la comida en un restaurante y comienzan a jugar con una pelota de tenis. Nada extraordinario sucede. Pero para Auster ese instante adquiere una dimensión inmensa porque descubre que su padre, por una vez, decidió compartir algo con él. A veces la felicidad no se encuentra en los grandes gestos sino en esos momentos mínimos que el tiempo convierte en tesoros.

Pienso entonces en mi padre. Tuve la fortuna de que nunca fuera un hombre distante. Era callado, incluso reservado. No era de los que abundan en consejos ni discursos. Sin embargo, estuvo siempre presente. Y con el paso de los años comprendí que muchas veces la verdadera presencia no necesita demasiadas palabras.

En una época donde pareciera que todo debe explicarse, exhibirse o narrarse, recuerdo el valor de aquellos silencios. No eran silencios de indiferencia. Eran silencios que contenían. Silencios que acompañaban. Silencios que transmitían confianza.

Mi padre me enseñó más con sus actos que con sus palabras. Me mostró la importancia del trabajo, de la honestidad, de la responsabilidad y del respeto por los demás. Nunca buscó imponer un camino, pero me ayudó a encontrar el mío. Y cuando llegaron las dificultades, su presencia serena fue muchas veces más importante que cualquier consejo.

Tuve la fortuna de que nunca fuera un hombre distante. Era callado, incluso reservado. No era de los que abundan en consejos ni discursos. Sin embargo, estuvo siempre presente.

Con el tiempo entendí que los padres no son héroes ni personajes perfectos. Son hombres atravesados por sus propias dudas, temores y limitaciones. Hacen lo que pueden con las herramientas que recibieron de quienes los precedieron. Y aun así, dejan huellas profundas.

Quizás por eso la literatura vuelve una y otra vez sobre ellos. Porque en cada padre hay una historia. Porque detrás de cada hijo existe una herencia invisible de gestos, enseñanzas y recuerdos. Porque tarde o temprano todos terminamos buscando en la memoria aquello que recibimos de ellos.

En este Día del Padre, más allá de los regalos y las celebraciones, vale la pena detenerse un momento y recordar. Recordar las palabras, pero también los silencios. Los abrazos, pero también las presencias discretas. Los consejos, pero también los ejemplos.

Al fin y al cabo, muchas veces los padres siguen acompañándonos mucho después de haber dejado de caminar a nuestro lado.

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