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Miércoles 07 de Enero, Neuquén, Argentina
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Cipolletti, el lugar donde Osvaldo Soriano aprendió a contar el mundo

Osvaldo Soriano forjó en Cipolletti una infancia y una adolescencia decisivas. Allí nacieron los sueños, los afectos y los paisajes que más tarde se transformarían en literatura y épica patagónica. Hoy cumpliría 83 años. 

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Osvaldo Soriano en el frente de su casa de Cipolletti. "Yo soy de todos lados pero más de Cipolletti", confesó alguna vez.

Esos días de infancia y adolescencia que Osvaldo Soriano vivió en Cipolletti –ciudad rionegrina a la que llegó junto a sus padres en 1953– fueron decisivos en experiencias vividas, imaginadas o soñadas que después terminarían en sus libros.

Desde la esquina de Alem y Mengelle, bajo la sombra del peral que inmortalizó en el cuento “Rosebud”, El Gordo o El Chueco –como le decían sus amigos cipoleños– soñaba con llevar el número 9 en la camiseta de San Lorenzo de Almagro. También se veía en un futuro como relator deportivo a la manera de Osvaldo Caffarelli, Fioravanti o Alfredo Arostegui, mientras dejaba la escuela industrial para deambular arriba de su moto por calles y bardas de cara al viento y el frío patagónicos, y comenzaba a discutir con su padre acerca del futuro, del país “que no tenía remedio” –según aquel empleado de Obras Sanitarias que era su padre– y de aquella Argentina de la Revolución Libertadora, con proscripciones y proclamas que afirmaban que no había “ni vencederos ni vencidos”.

Soriano nació en Mar del Plata, el 6 de enero de 1943. Hijo de Eugenia Goñi y José Vicente Soriano, un catalán inspector de Obras Sanitarias, empresa encargada del agua potable en el país, pasó junto a su familia una infancia errante, deambulando por pueblos de provincia tras los destinos laborales de su padre. Antes de llegar a Cipolletti, durante su infancia vivió junto a sus padres en Mar del Plata, San Luis y Río Cuarto, 

Soriano junto a sus padres.

En ese “verdadero Far West”, como definió al pueblo, Osvaldo junto a sus amigos querían madurar pronto y triunfar “en alguna cosa viril y estúpida como las carreras de motos o el fútbol”. Su infancia fue un territorio sin literatura, donde en la biblioteca de su padre se amontonaban gruesos volúmenes de temas técnicos, intrascendentes para quien buscaba en las páginas de El Gráfico su destino de goleador o ser un audaz aventurero de las historietas que le ofrecían las revistas Fantasía, Misterix o Rayo Rojo.

Cipolletti, Allen, Barda del Medio, Neuquén y Plaza Huincul, entre otras ciudades, con el tiempo se convirtieron en los escenarios donde transcurren sus mejores relatos y novelas. La presencia de su padre, la infancia y sus juegos, la primera novia y la pasión futbolera se despliegan con intensidad, en la que no falta la épica y el humor en los textos del libro Cuentos de los años felices. Allí parece estar condensado aquello que podría denominarse “realismo mágico patagónico”.

Al adolescente Soriano le gustaba el fútbol y las motos.

En el jardín de su casa de Cipolletti todavía está erguido, entre otros árboles, su “Rosebud”, que en su última visita a la ciudad -allá por los años '80- lo llevó a confesar, acaso conducido hacia su propio Aleph, que “podemos borrar o confundir las huellas de una vida, pero las llevamos a cuestas”. Y descubrió que lo que contaba no era el árbol sino “lo que hemos hecho de él”.

Sus amigos de aquel tiempo, sus compañeros de intensos partidos de fútbol e interminables cafés, volcaron a sus recuerdos y anécdotas a este periodista en Osvaldo Soriano, los años felices en Cipolletti (Ediciones Con Doble Zeta) en el que se recrea su vida mucho antes de que se convirtiera en uno de los escritores argentinos más leídos y populares.

El peral de su casa de Cipolletti inspiró años después su cuento "Rosebud". Este martes a las 20, vecinos y lectores de Soriano se convocarán debajo del peral para recordarlo.

Seguramente a esos amigos Soriano dedicó las palabras finales del cuento “Casablanca”: “Ahora que se acerca el invierno lo único que puedo hacer es mirar viejas películas, leer viejos libros y evocar viejos partidos. No tengan piedad de mí: la memoria, si veraz y violenta, es una materia exquisita”.

Más de setenta años después de aquella amistad con el Gordo Soriano, sus amigos y compañeros de aventuras se entusiasman al recordarlo y aseguran que alguna vez les dijo: “Yo soy de todos lados, pero más de Cipolletti”.

Antes de ser uno de los escritores más leídos del país, Soriano fue el Gordo que creció entre perales, fútbol y aventuras en Cipolletti. Un territorio afectivo, de memoria y refugio, que marcó para siempre su mirada y su obra. En el “verdadero Far West” patagónico, vivió los años que darían forma a su mundo narrativo. Cipolletti fue un lugar al que nunca dejó de pertenecer.

Sus años vividos en Cipolletti lo marcaron profundamente y esas vivencias las volcó luego en sus mejores relatos.

Homenaje bajo el peral

Este martes 6 de enero, a las 20, se realizará un homenaje al escritor Osvaldo Soriano al cumplirse un nuevo aniversario de su nacimiento. El encuentro, de carácter íntimo y sencillo, tendrá lugar en el sector del Peral de Aguas Rionegrinas, en la esquina de Blas Parera y Mengelle, un espacio cargado de memoria y simbolismo que remite directamente a la infancia y a la obra del autor que falleció el 29 de enero de 1997 a los 54 años.

Durante el acto se pintará el monolito recordatorio emplazado en el lugar y el escritor Matías Stiep leerá un fragmento del cuento Rosebud, texto emblemático en el que Soriano inmortalizó ese árbol y su vínculo con Cipolletti. “Allí pintaremos el monolito recordatorio y el escritor Matías Stiep leerá un fragmento del cuento Rosebud”, confirmó Santiago Ocampos, uno de los organizadores del homenaje.

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