Hay recuerdos que el tiempo no consigue borrar. A veces, una noticia, una fecha o el nombre de una persona alcanza para traerlos de vuelta con la misma intensidad de aquel primer encuentro.
Conocí a Delfina Goldaracena cuando tenía apenas 12 años. La escuché leer sus poemas y me sorprendió aquella sensibilidad capaz de hacerse preguntas sobre el mundo, la vida y el paso del tiempo. Había en sus palabras una profundidad poco común para su edad, una manera de mirar las cosas que parecía venir de un lugar más lejano que la infancia.
Delfi, como le decíamos quienes compartíamos con ella el mundo de la literatura, escribía poesía y soñaba. Pero sus intereses no terminaban en las palabras. Disfrutaba navegar, se comprometía con tareas solidarias en barrios humildes y quería ayudar a los demás. Su vocación por acercarse a chicos sordos la llevó incluso a aprender lenguaje de señas. En ella, la sensibilidad no era solamente una forma de mirar: también era una manera de actuar.
El 8 de octubre de 2006, cuando regresaba de un viaje solidario a una escuela rural del Chaco junto a sus compañeros del Colegio Ecos, la muerte interrumpió todos esos proyectos. El choque entre el micro y un camión en una ruta santafesina se llevó doce vidas y dejó una herida que, veinte años después, sigue abierta.
Pienso en Delfina y en todos los futuros que quedaron truncos aquella noche. En los libros que quizás hubiera escrito, en las preguntas que habría seguido haciéndose, en las personas a las que habría ayudado. Pienso también en esa edad en la que el mundo todavía parece estar lleno de posibilidades y en la injusticia de que una tragedia vial pueda clausurarlas de golpe.
Entonces, como ahora, volví a preguntarme cuántos sueños caben en una vida tan corta y cuánto pierde una sociedad cuando se apaga una existencia que apenas comenzaba a desplegarse.
Muchos de sus poemas fueron publicados en revistas y portales web y había obtenido premios literarios organizados por colegios y participó en varios ciclos literarios. Tocaba el piano, a los seis años compuso su primer pieza musical. También le gustaba hacer deportes y amaba navegar.
A veinte años de la tragedia de Ecos, el recuerdo no debería quedarse solamente en el dolor. Los viajes solidarios de aquellos adolescentes expresaban una convicción sencilla y enorme: que el mundo también puede cambiarse cuando uno se ocupa de los demás. Ese espíritu sigue vivo en las acciones de las familias y sobrevivientes que transformaron la ausencia en un compromiso con la seguridad vial y con otras comunidades.
Delfi dejó poemas, preguntas y una forma generosa de estar en el mundo. Su vida fue breve, pero no insignificante. Y tal vez recordarla sea, precisamente, eso: negarnos a que la muerte tenga la última palabra y volver a escuchar, entre sus versos, todo lo que todavía tenía para decir.
“Mi mundo es una hoja/de árbol que ha caído de su mundo/¿Cómo comprende la hoja que ya es tiempo de vivir?/¿Es ese el sonido que vuela por mi vida?/El mundo se gasta y luego/descansa con la hoja a su lado/y con un poema dentro”, escribió aquella chica de 12 años en uno de sus poemas.