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Rotonda de Choele Choel: monumento al fracaso político

La rotonda de Choele Choel pasó de ser una obra estratégica a convertirse en el símbolo del abandono nacional. Mientras la Nación la dejó paralizada, Río Negro anunció que asumirá su finalización pese a un escenario económico complejo.

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Sabado, 11 de julio de 2026 a las 20:53
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Hay obras que quedan en la historia. Porque le cambiaron la vida a la gente o porque se la complican. En este segundo grupo también están las que terminan convertidas en un monumento al fracaso político, como la rotonda de las rutas nacionales 22 y 250, en Choele Choel. El resumen perfecto de las decisiones tomadas desde la Casa Rosada, independientemente del color político de quien ocupe el sillón de Rivadavia, pero con un mismo resultado: una obra estratégica abandonada y miles de personas que la utilizan todos los días esperando una solución que nunca llega. Ahora, el gobernador Alberto Weretilneck anunció que se hará cargo de terminarla, como también pretende hacer con la Ruta Nacional 22 y la Ruta Nacional 151.

La historia de esta obra tiene un fuerte componente político. Fue impulsada durante el gobierno de Alberto Fernández y gestionada por el entonces senador nacional Martín Doñate, referente de La Cámpora en Río Negro y oriundo del Valle Medio, quien la presentó como una reparación histórica para una región atravesada por dos rutas nacionales de intenso tránsito. La construcción llegó a ejecutarse en casi un 60%, hasta que Nación dejó de pagarle a la empresa contratista. A mediados de 2023 las máquinas se apagaron. Con la llegada de Javier Milei hubo anuncios y expectativas de reactivación que nunca se concretaron. La obra permaneció exactamente donde la había dejado el gobierno anterior.

En medio de la discusión de la Ley Bases, la entonces senadora Mónica Silva anunció que Vialidad Nacional reactivaría la obra. El anuncio coincidió con el respaldo de Juntos Somos Río Negro (JSRN) al proyecto del Gobierno nacional y despertó cuestionamientos políticos que la legisladora rechazó. Lo concreto es que el compromiso nunca pasó de las palabras y la rotonda siguió abandonada.

La paralización también dejó secuelas para quienes conviven a diario con ese obrador inconcluso. Solo se habilitó parcialmente el sector construido y sin la carpeta asfáltica definitiva. Carteles improvisados intentan ordenar un tránsito que muchas veces termina dando vueltas en busca de una salida difícil de encontrar. Los vecinos deben atravesar recorridos confusos para cruzar la ciudad y los comercios ubicados sobre la Ruta 22 volvieron a sufrir pérdidas, como ya les había ocurrido cuando se cerraron los accesos durante la pandemia.

En el aniversario de Choele Choel, Weretilneck confirmó que la Provincia terminará una obra que, por ley y por competencia, corresponde al Estado nacional. La decisión expone otra vez una realidad: cuando Buenos Aires ajusta, Río Negro no está entre las prioridades. La rotonda se suma así a la interminable ampliación de la Ruta Nacional 22 entre Cervantes y Cipolletti y a la destruída Ruta Nacional 151, un corredor estratégico para Vaca Muerta que hace años espera inversiones.

La decisión provincial adquiere todavía más relevancia porque llega en un momento financiero complejo. Durante el primer semestre, la coparticipación federal creció por debajo de la inflación y generó una merma estimada en unos 20.000 millones de pesos, parcialmente compensada por una recaudación propia que sí logró seguir el ritmo de los precios. A eso se suman los vencimientos de agosto y septiembre, con la devolución del adelanto de coparticipación recibido de la Nación y una nueva cuota del bono del Plan Castello, compromisos que el propio Weretilneck reconoció al insistir en la necesidad de "administrar con responsabilidad los recursos". Es una situación exigente, aunque similar a la que atraviesan otras provincias.

Quizás la verdadera enseñanza que deja la rotonda de Choele Choel sea el lugar que Río Negro ocupa en la agenda nacional cuando llegan los tiempos de ajuste. La Provincia decidió hacerse cargo. Ahora solo falta que la obra deje de ser un monumento al fracaso político. ¿Será?

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