Donald Trump se ocupó esta semana de empezar a reconstruir un escenario internacional caracterizado, como hacía mucho no se veía, por el caos. La guerra en Medio Oriente profundizó el proceso de descomposición del multilateralismo, del que Trump es su principal verdugo, y exacerbó la crisis en Occidente. Pero ahora Trump necesita mostrar que él marca el ritmo de la agenda internacional y que, así como es capaz de destruir, también puede reparar. Por eso quiere dar vuelta la página y cerrar, primero, el conflicto con Irán: está buscando cómo presentar una victoria sin tener que volver a la guerra. Parece difícil que lo logre.
Eso se revela en la paciencia y las concesiones que le está otorgando a un régimen que se siente fortalecido, no solo por haber quedado en pie, sino porque descubrió que con poco puede complicarle los planes a Washington. La urgencia de Trump por salir de Medio Oriente es cada vez más evidente. Mientras espera la respuesta iraní a sus 14 puntos para terminar el conflicto, prepara su vista a Xi Jinping, quien mira con satisfacción cómo Trump se desgasta con Irán mientras agrieta su relación con sus socios, prevista para esta semana: quiere llegar a ese encuentro con el tema iraní encaminado. China también tiene interés en que ese asunto se resuelva: necesita un mercado del petróleo normalizado.
Irán desafía
De todos modos, Trump la tiene difícil. Parece imposible que los iraníes acepten volver a la situación previa a la guerra, especialmente cuando descubrieron que pueden sacarle más provecho al estrecho de Ormuz —de hecho, ya crearon un organismo para regularlo—. Ni qué hablar de que cedan en la cuestión nuclear: quieren continuar con su desarrollo alegando siempre fines pacíficos y no piensan en entregar el uranio enriquecido. Si Trump acepta esas condiciones, cuesta ver cómo podrá proclamar que ganó la guerra y, sobre todo, cómo se lo explica a Netanyahu.
El escenario en el que la negociación en curso sea un éxito y marque, además del fin del conflicto, la conformidad de todos los actores involucrados —incluido Israel— parece difícil, por no decir imposible. Trump deberá decidir entonces cómo sigue. Si mantiene la situación actual, con un alto el fuego "flexible" en el que se permiten algunos ataques controlados y se sostiene el bloqueo, no podrá hacer bajar los precios del petróleo y eso seguirá alimentando la inflación. La otra opción sería una escalada militar que busque la rendición de Irán —que es lo que muchos están pidiendo—, golpear con más fuerza y declarar la victoria. Pero doblegar a Teherán por esa vía tampoco será fácil.
La semana movida de Trump y Rubio
Mientras espera la respuesta de Irán, Trump volvió esta semana a meterse de lleno en su principal obsesión: frenar la guerra entre Rusia y Ucrania. Tuvo un pequeño éxito diplomático: se jactó de haber logrado una tregua de tres días, la anunció por su red social y, desbordando optimismo, afirmó que la paz definitiva sería el próximo paso.
En paralelo, Marco Rubio tuvo una semana intensa. Se ocupó de Cuba, dando una nueva señal de lo que será la próxima prioridad de Washington en la región. Advirtió que Cuba es un estado fallido "manejado por comunistas incompetentes" y un territorio utilizado por enemigos de Estados Unidos. Luego viajó a Italia para reunirse con el Papa en el Vaticano, con el objetivo de bajarle el tono a la disputa verbal entre León XIV y Trump, que en las últimas semanas había escalado peligrosamente.
Mientras tanto, Trump recibía a Lula. El brasileño dio otra muestra de pragmatismo y acomodó su relación con el presidente de Estados Unidos de cara a las elecciones de octubre, donde las encuestas muestran mucha paridad con Flavio Bolsonaro, el hijo del expresidente a quien Trump apoyó explícitamente y cuya liberación reclamó. Trump tampoco se quedó atrás con los elogios: dijo que Lula era un tipo muy inteligente y recordó el importante vínculo comercial entre ambos países.
Aprovechando su visita al Papa, Rubio fue también a ver a Meloni para intentar reforzar la relación con la única socia que hoy tiene Estados Unidos en Europa. El vínculo transatlántico atraviesa quizás la crisis más profunda desde el final de la Segunda Guerra Mundial. La guerra con Irán dejó esa relación muy dañada: Meloni no solo se opuso al conflicto, sino que además se las ingenió para impedir el uso de las bases militares italianas. Y, en la disputa con Trump, también salió a defender al Papa.
Las urgencias de Trump en el corto plazo
Trump necesita ordenar el frente externo para acomodar el interno y llegar a las elecciones de medio término mejor parado de lo que está ahora. El corto plazo lo condena por el descontento general de los norteamericanos que crece al ritmo del precio de la nafta, que sube con el caos petrolero global generado por el bloqueo de Ormuz. Van a tardar en impactar en los bolsillos de los consumidores los beneficios económicos para Estados Unidos de esta nueva configuración mundial surgida tras la operación en Venezuela y el bloqueo en Ormúz —que impide que importantes productores saquen su producción al mercado— y convirtió a Estados Unidos en el principal vendedor de petróleo global.
Pero incluso si lograra un éxito contundente en la guerra con Irán y ese país aceptara las condiciones que Washington quiere imponerle, eso no alcanzaría, por una cuestión de tiempo, para resolver lo que más le importa en el corto plazo: las elecciones de noviembre. En ellas necesita, por lo menos, mantener al menos la mayoría en el Senado para poder seguir adelante con su agenda internacional sin sobresaltos. Si no lo logra, deberá enfrentar una presión política interna creciente —con un peligro de impeachment cada vez más concreto— que lo debilitará de manera significativa y amargará sus dos últimos años en la Casa Blanca.