Algo cambió en Río Negro y nadie avisó. La familia que construyó su carrera política a los gritos, la que convirtió el cruce verbal en marca registrada y con ese estilo supo mantener caliente el recuerdo de su padre y mentor, apareció esta semana sonriendo, elogiando y hasta haciéndole chistes cómplices al hombre al que hasta ayer nomás trataban de tránsfuga. María Emilia Soria, su hermano Martín Soria y el gobernador Alberto Weretilneck compartieron el acto protocolar por el aniversario de Roca. Faltó el brindis. Sobró la sorpresa.
La semana anterior ya mostraron señales. Con el traspaso de las rutas 22 y 151, la intendenta llegó a Cipolletti junto a su hermano menor, Carlos Soria, y, tras una charla en aparente distensión, le puso el moño: "Vamos a acompañar".
Pero lo del aniversario fue otra cosa. Fue una puesta en escena más jugada. Risas cruzadas, elogios de manual, un Weretilneck haciéndole un gesto de acercamiento al senador frente a las cámaras y una frase que llamó la atención. Mirando a su hermano mayor y al gobernador posar juntos, la intendenta soltó que "se ven muy lindos". Y todavía hubo una vuelta de tuerca más: le agradeció a Javier Milei el mérito involuntario de haber unido a semejantes rivales.
Ironía fina, la de la intendenta. O puntería.
Ahí está el dato que no hay que dejar pasar. No sorprende que un gobernador y una intendenta opositora coincidan en un acto. Eso pasa en cualquier provincia que funcione. Sorprende quiénes son los que están coincidiendo. Y, sobre todo, con qué cara lo hacen.
Una dinastía que vivió de la pelea
Los Soria no construyeron poder con amabilidad y buenos tratos. Lo hicieron con denuncias, ataques y una confrontación que muchas veces fue llevada al límite. Carlos Soria impuso un estilo frontal y verborrágico que no le pedía permiso a nadie. Martín intentó ser el heredero de ese ADN. Incluso muchas veces llegó a exagerarlo en un intento por mantener vivo el recuerdo del Gringo.
Como intendente, diputado, ministro de Justicia y ahora como senador, edificó buena parte de su carrera política a fuerza de acusaciones y confrontaciones. Subiendo la apuesta de tal manera que a Weretilneck lo trató poco menos que de camaleón político durante años. Y hasta de tránsfuga.
María Emilia, al frente de Roca, jugó la misma partitura que su papá y su hermano mayor: la ciudad contra la provincia, la ciudad contra Nación, la intendenta plantada frente a cualquier enemigo de turno. Ahora está lanzada a la carrera por la gobernación de 2027 y elige bajar el tono justo cuando el manual de siempre le pediría subirlo.
Por si faltaba condimento, en el fondo de la escena empieza a asomar Carlitos Soria, el hermano menor, con media dirigencia dando por hecho que será el candidato a sucederla en la intendencia y con la otra que reniega en lo bajo pero no se anima a plantearlo en público.
Y así se mostraron en la última semana. Toda la mesa familiar, sonriente, junto al adversario histórico. La estirpe combativa haciendo de anfitriona amable.
¿Cambio de época o jugada fría?
En la rosca política llamó la atención. ¿Qué gana un Soria mostrándose amigo de Weretilneck a unos ocho meses de pelearle la gobernación? Nadie la responde en voz alta. Todos la murmuran entre risas nerviosas. Existe una lectura simple: la confrontación estéril ya no vende. El electorado, harto de la grieta que Milei exporta a cada rincón del país, empieza a castigar al que mejor sabe pelear y a premiar al que mejor sabe gestionar.
Si esa lectura es correcta, los Soria están haciendo lo más inteligente posible: capitalizar el sentimiento roquense y tratar de exportarlo a toda la provincia.
Existe también una lectura menos amable. Y conviene no descartarla tan rápido. Weretilneck necesita mostrar gobernabilidad frente a una Nación que, según su propio relato, "abandona" al interior. Necesita dejar la puerta entornada para pescar votos.
Los Soria, por su parte, necesitan mostrarse razonables antes de salir a pedir el voto a un electorado cansado del griterío. Y, de paso, asegurarse la billetera provincial que Roca va a necesitar en plena motosierra nacional.
Nadie pierde nada sonriendo en un cumpleaños. El problema empieza cuando termina el festejo.
Las diferencias de fondo, quién maneja la caja y quién se sienta en el sillón de Laprida y Belgrano en diciembre de 2027 siguen intactas.
La tregua tiene fecha de vencimiento
En política los gestos rara vez son gratis. Mucho menos a meses de una elección a gobernador que se repartirá entre tercios. La foto de una tregua de cumpleaños tiene fecha de vencimiento. Se va a evaporar apenas se blanqueen las candidaturas. Los Soria, que hicieron carrera vendiendo pelea, hoy reparten sonrisas y comprensión. Esa mutación, más que cualquier abrazo protocolar, es la verdadera noticia política de la semana en Río Negro.
Habrá que ver cuánto aguanta el maquillaje una vez que se abra oficialmente la campaña. Porque ese día, algún Soria va a volver a mostrar los dientes. Es su esencia.