Los vecinos de Ingeniero Jacobacci no piden demasiado. En plena Línea Sur, donde el viento y la distancia son parte de la vida cotidiana, hay una frase que resume lo que esperan de Calcatreu: "El que barre, el que maneja la camioneta, el que hace guardia en el portón, que sea de acá". Parece poco. Y es mucho.
Y esa frase, tan simple, es justamente la que Patagonia Gold no terminó de entender. La empresa pareció asumir que la licencia social concedida en la Audiencia Pública era un cheque en blanco, permanente y sin revisiones. Pero no lo es.
Patagonia Gold ya exportó su primer lingote rumbo a Canadá. Ya tuvo su foto con la secretaria de Energía celebrando el "momento histórico" para la provincia. Y apenas unos meses después de aquella foto, tuvo que parar la mina porque el Gobierno de Río Negro detectó incumplimientos. En la ley y en la palabra empeñada. Dos cosas diferentes.
La Ley provincial 5.804 es clara: el 80% de la mano de obra tiene que ser rionegrina. Es un piso, no un techo, como se encargó de aclarar la propia Secretaría de Trabajo al justificar la paralización dispuesta esta semana por dos actas una por falencias en seguridad y otro por la cantidad de empleados locales. Pero el verdadero problema de Patagonia Gold no está en el número frío de la ley provincial, que la empresa estaría rozando en términos estadísticos. Está en otro lado. En el compromiso político y social que se selló puertas adentro, en las cuatro mesas de trabajo que se armaron con el municipio, los gremios AOMA y UOCRA y la Secretaría de Minería: que la prioridad fuera para los vecinos de Jacobacci, no para rionegrinos de cualquier otro punto de la provincia.
Ese matiz no es un tecnicismo. Es la diferencia entre cumplir la ley y cumplir la palabra. Y ahí es donde Patagonia Gold mostró una preocupante falta de cintura. Llegó al 75% reclutando trabajadores de otras localidades de Río Negro, lejos de Jacobacci, mientras la Bolsa de Trabajo Municipal, armada específicamente para este proyecto, acumula listados de vecinos sin respuesta, sin devoluciones sobre los rechazos y sin una instancia de capacitación para quienes no cumplían con el perfil buscado.
La empresa dice que busca. Que va a buscar. Que acuerda contratar mano de obra local.Y mientras tanto, nada. La empresa muestra porcentajes. El pueblo mira personas.
Ese es el punto que parece haberse perdido detrás de las planillas, los contratos y las estadísticas. La torpeza no es solamente laboral. Hay un detalle que parece menor, casi anecdótico, pero que retrata con precisión el problema de fondo: Patagonia Gold nunca terminó de involucrarse con la realidad del pueblo más cercano a la mina. "No donó ni siquiera un juego de camisetas a los clubes de fútbol de Jacobacci", explicó el intendente José Mellado.
Puede parecer una pavada. Un gesto que no cuesta nada, que cualquier empresa con mínima cintura política resuelve en una tarde, y que Patagonia Gold dejó pasar. En un pueblo chico, esas señales pesan tanto como los contratos. Y cuando no aparecen, la comunidad las interpreta. Porque la licencia social no se construye solamente en una audiencia pública ni se obtiene para siempre con una votación.
Se construye todos los días. Y también se puede perder. Patagonia Gold parece no haber entendido todavía cómo se logró el visto bueno al proyecto que llevaba años esperando y que estuvo atravesado por resistencias, discusiones y debate. Esa licencia social de Calcatreu no se construyó gratis. Fue sobre la necesidad.
Jacobacci, con poco más de ocho mil habitantes, aislado en la estepa rionegrina y a cientos de kilómetros de cualquier polo de desarrollo, viene de años de estancamiento, sufre con una ganadería ovina que dejó de ser negocio y de un Estado nacional que recortó los subsidios de la Ley Ovina. La minería aparece como la única promesa concreta de futuro que tuvo la Línea Sur en mucho tiempo. Y se aceptó a cambio de una condición explícita: que algo quedara en el pueblo.
Que Calcatreu no fuera simplemente un proceso de oro y plata que sacan, camiones que entran y salen y, en cinco u ocho años, cuando se termine el yacimiento, un pueblo igual de postergado que antes, pero con un agujero en la montaña. Porque el oro y la plata se va. El pueblo queda.
La comunidad no le dio la licencia social a Patagonia Gold para mirar pasar los camiones. Se la dio para que, cuando la mina se cierre, queden capacidades instaladas, mano de obra formada, proveedores locales fortalecidos y una localidad con aspiraciones. Para que después del oro quede algo más que el recuerdo del oro.
Patagonia Gold juega en el límite de lo que exige la ley, cumple con lo mínimo indispensable y trata el compromiso con Jacobacci como si fuera una letra chica negociable. Ese es el verdadero problema. Porque así no solo arriesga la paciencia de un intendente, de dos gremios o a las inspecciones de la Secretaría de Trabajo. Se expone a la confianza de un pueblo que ya había decidido, pese a las resistencias internas, apostar por ella después de años de espera y debate.
La provincia ya mostró que tiene margen de maniobra. Paró la mina. Ahora la pelota está del lado de Patagonia Gold. Y cumplir la ley puede ser suficiente para una planilla. Pero para ganarse la confianza de un pueblo, no alcanza.
Y después de tantos años de promesas, en el pueblo nadie tiene ganas de escuchar otra más.