El desarrollo del shale dejó de ser una promesa para convertirse en el eje del nuevo esquema energético argentino. Así lo plantea el último informe del IERAL de la Fundación Mediterránea, que identifica un cambio estructural impulsado por el avance sostenido del shale en la Cuenca Neuquina.
El dato más contundente surge del petróleo: en 2025, la producción promedió los 800 mil barriles diarios, apalancada casi exclusivamente por el crecimiento del shale oil. Este segmento no solo compensó la caída del convencional, sino que llevó la producción total a niveles récord, con proyecciones que la acercan al millón de barriles diarios hacia fin de año.
Este salto productivo convirtió al crudo en el principal motor de las exportaciones energéticas. Las ventas externas del sector alcanzaron los USD 11.100 millones en 2025, con un crecimiento del 14%, mientras que las importaciones cayeron un 18%, hasta los USD 3.271 millones. Como resultado, la balanza energética registró un superávit de USD 7.829 millones, consolidando un giro tras más de una década de déficit.
El gas natural también muestra una tendencia positiva, aunque más moderada. La producción creció 2% en 2025 y se aproxima a los máximos históricos de 2004. Sin embargo, el informe advierte que su expansión está condicionada por cuellos de botella en la infraestructura de transporte, un factor clave para sostener exportaciones y responder a picos de demanda interna.
En este contexto, la convergencia entre precios locales e internacionales reconfiguró las reglas del sector. Si bien el nuevo esquema mejora la competitividad y alinea incentivos, también expone a las empresas a una mayor volatilidad, atada a los movimientos del mercado global de hidrocarburos.
En perspectiva, el informe marca un punto de inflexión: tras acumular un déficit energético superior a los USD 35.000 millones entre 2011 y 2023, la Argentina inició desde 2024 una etapa de superávit sostenido. El cambio responde, en gran medida, al crecimiento del no convencional en la Cuenca Neuquina, que pasó a ser el corazón productivo del país.
Hacia adelante, el desafío será sostener esta dinámica. Con menor margen para seguir reduciendo importaciones, el foco estará en ampliar exportaciones, especialmente de petróleo. En ese camino, la infraestructura jugará un rol decisivo, con proyectos como el oleoducto Vaca Muerta Sur como piezas clave para escalar la producción. Así, Vaca Muerta no solo redefine la matriz energética, sino también el perfil económico del país: de un esquema deficitario y dependiente, a uno con creciente capacidad de generar divisas y consolidarse como plataforma exportadora de energía.