A unos 400 kilómetros sobre la Tierra, Frank Culbertson recibió una noticia que no podía dimensionar. El comandante de la Expedition Three estaba a bordo de la Estación Espacial Internacional cuando el médico de la misión le informó que Nueva York atravesaba una situación dramática. “No tenía ni idea…”, escribió después en una carta fechada el 12 de septiembre de 2001.
Culbertson era el único estadounidense que no se encontraba en el planeta Tierra durante los atentados del 11 de septiembre. Mientras millones de personas seguían las imágenes desde tierra, él tuvo que comprender lo que estaba pasando a partir de comunicaciones fragmentadas y desde una perspectiva imposible de imaginar.
“Me quedé estupefacto y luego horrorizado”, relató. Al principio pensó que aquella conversación no podía ser real. Incluso creyó que todavía estaba escuchando una de sus grabaciones de Tom Clancy porque la magnitud del ataque le parecía inconcebible.
El astronauta informó a sus compañeros de misión, que no eran estadounidenses. Ellos escucharon su explicación y comprendieron la gravedad de la situación. Después, Culbertson revisó la posición de la estación para saber si la órbita los llevaría sobre Nueva York.
La respuesta llegó rápidamente. La Estación Espacial Internacional estaba cerca de la ciudad y el astronauta pudo observar desde el espacio una columna de humo que se extendía sobre Manhattan.
Culbertson observó Nueva York desde la órbita
Culbertson tomó fotografías mientras la estación pasaba sobre la zona. En las imágenes quedó registrada una enorme columna gris que se elevaba desde la ciudad y se desplazaba hacia el sur.
El astronauta analizó después las fotografías y las noticias que llegaban hasta la estación. Su conclusión fue que posiblemente había observado Nueva York durante el derrumbe de la segunda torre o inmediatamente después.
“El humo parecía tener una extraña formación en la base de la columna que se extendía hacia el sur de la ciudad”, escribió. Luego resumió lo que significaba contemplar aquella escena desde el espacio: “Qué horrible”.
También intentó observar Washington, donde el tercer avión secuestrado había impactado contra el Pentágono. Sin embargo, no consiguió obtener una imagen de lo que estaba ocurriendo allí.
La distancia no redujo el impacto. Por el contrario, Culbertson describió una sensación de aislamiento mientras intentaba entender la dimensión de lo que ocurría en su país.
“Aparte del impacto emocional de que nuestro país sea atacado y de que miles de nuestros ciudadanos y tal vez algunos amigos sean asesinados, el sentimiento más abrumador donde estoy es el de aislamiento”, escribió.
Desde la estación, además, comenzó a pensar en sus amigos, compañeros y conocidos que podían encontrarse en Nueva York o Washington. Sabía que muchos viajaban regularmente a esas ciudades y que otros trabajaban en la aviación.
El astronauta descubrió que una víctima era su compañero
La preocupación de Culbertson se confirmó al día siguiente. Entre las primeras noticias personales que recibió apareció el nombre de Charles “Chic” Burlingame, uno de los pilotos del vuelo de American Airlines que impactó contra el Pentágono.
“Recibí la primera hoy cuando me enteré de que el capitán del avión de American Airlines que se estrelló contra el Pentágono era Chic Burlingame, un compañero de clase mío”, escribió.
La noticia agregó una dimensión personal a la tragedia que estaba observando desde la órbita. Culbertson ya no contemplaba solamente una catástrofe nacional. También comenzaba a conocer los nombres de personas cercanas que habían quedado atrapadas en ella.
En otra parte de su carta describió la contradicción que atravesaba desde el espacio. La Estación Espacial Internacional representaba un proyecto destinado a estudiar el planeta y desarrollar conocimiento para mejorar la vida, pero desde allí podía ver las consecuencias de un ataque que había provocado miles de muertes.
“Es horrible ver cómo sale humo de las heridas de tu propio país desde un punto de observación tan fantástico”, escribió. La escena quedó asociada para él con una sensación todavía más profunda: sabía que cuando regresara a la Tierra encontraría un país diferente al que había dejado.
Los cambios también aparecieron en el paisaje que observaba desde la estación. Después de los ataques, Culbertson y sus compañeros advirtieron que las habituales estelas de condensación de los aviones habían desaparecido del cielo estadounidense.
La interrupción de los vuelos modificó por completo aquella imagen que normalmente acompañaba las observaciones desde la órbita. La única excepción visible fue la estela asociada al Air Force One, que regresaba hacia Washington con el presidente George W. Bush a bordo.
El 11 de septiembre de 2001 había comenzado con cuatro aviones comerciales secuestrados por integrantes de Al Qaeda. Dos impactaron contra las Torres Gemelas del World Trade Center en Nueva York, otro alcanzó el Pentágono y el cuarto cayó en Shanksville, Pensilvania, después de que los pasajeros intentaran recuperar el control de la aeronave.
Los ataques dejaron 2.996 muertos y más de 25.000 heridos. Veinticinco años después, las fotografías de Culbertson conservan una particularidad: muestran la tragedia desde un lugar donde nadie más podía verla de esa manera, a cientos de kilómetros de la ciudad y mientras todavía intentaba entender qué había ocurrido.