El golpe había sido preparado con paciencia. Primero llamaron por teléfono. Al otro lado de la línea, alguien se presentó como empleado de ANSES y habló con una pareja de adultos mayores de Cipolletti. Sabían demasiado. Tenían datos personales y utilizaron esa información para construir una historia creíble. Era el primer paso de una maniobra que terminó con una de las entraderas más violentas que sufrió la ciudad.
Después llegaron a la casa de calle Brentana. Tres hombres viajaban en un Volkswagen Cross Fox. Enzo Ramón García quedó afuera, haciendo de campana. Matías Ezequiel Llamonao y Luciano Exequiel Juan, un neuquino con antecedentes, fueron los que entraron. No era una banda más, dos de los integrantes eran policías de Río Negro: Llamonao y García.
El ahora condenado se presentó ante las víctimas y volvió a mencionar a ANSES. La excusa sirvió para avanzar con el engaño. Después llegó la violencia. Según quedó establecido en la causa, Llamonao apuntó con su arma reglamentaria a Juan Carlos Gorini y exigió dinero, mientras Juan reducía a María Ladavaz. Lo que siguió fue una secuencia de golpes, amenazas y violencia extrema para conseguir los ahorros que la banda suponía que la pareja guardaba en su casa.
El botín fue millonario: alrededor de 3 millones de pesos, 20 mil dólares y joyas. Pero el costo para las víctimas fue infinitamente mayor. Gorini sufrió un ACV, además de traumatismos en el cuello y el cráneo. La Justicia calificó las lesiones como gravísimas y estableció el vínculo entre el ataque y el estado en que quedó el hombre, que continuaba con su recuperación.
Mientras adentro de la casa se desarrollaba semejante escena, afuera García esperaba. Y tuvo una idea que terminó siendo fatal para la banda: se compró un helado, utilizó Mercado Pago y dejó un registro que permitió a los investigadores ponerle nombre y apellido a quien aparecía en las cámaras de seguridad como el hombre que hacía de campana. El detalle, casi absurdo en medio de un golpe criminal cuidadosamente preparado, terminó convirtiéndose en una de las pistas decisivas de la investigación.
García fue el primero en caer. Los investigadores avanzaron sobre su teléfono, las cámaras, los movimientos y las comunicaciones. Después apareció otro policía: Llamonao, de 31 años, que por entonces ostentaba el grado de Oficial Inspector y también cumplía funciones en Roca. La investigación empezó a mostrar algo mucho más preocupante que un policía involucrado en un robo: una banda mixta, con uniformados y delincuentes comunes, que tenía una modalidad de trabajo y que era sospechada de otros golpes en el Alto Valle.
La condena
La investigación no terminó con las detenciones. La causa siguió avanzando y ahora Llamonao terminó frente a los jueces. Aceptó un juicio abreviado y reconoció su participación y su responsabilidad penal. Habló durante más de una hora y aportó detalles sobre la organización del golpe, las personas que participaron, los preparativos y lo que ocurrió después del robo.
Su confesión, de todos modos, no fue la única prueba: la Fiscalía contaba con cámaras, pericias telefónicas, el testimonio de una víctima, un retrato hablado y otros elementos independientes.
El tribunal declaró a Matías Ezequiel Llamonao responsable como coautor del robo agravado, cometido en poblado y en banda, con agravantes vinculados con su condición de integrante de la fuerza policial y las lesiones gravísimas provocadas a la víctima.
La pena acordada fue de 9 años y 4 meses de prisión efectiva, más las accesorias legales y las costas. La sentencia quedó firme ese mismo día porque las partes renunciaron a los plazos para recurrir.
La historia de los dos policías, sin embargo, no es idéntica. García fue el primero en ser descubierto y ya recibió una condena de 7 años y 3 meses de prisión. Su caída tuvo aquel ingrediente insólito que quedó grabado en la investigación: mientras sus cómplices estaban dentro de la vivienda, él esperaba en la calle y se tomó un helado. El pago electrónico terminó entregándolo.
Llamonao, en cambio, fue uno de los que cruzó la puerta y participó directamente del ataque. Ahora ambos tienen condenas por el mismo golpe.
También está Luciano Exequiel Juan, el neuquino que entró a la casa junto con Llamonao. quien fue detenido en Bahía Blanca y trasladado a la ciudad, donde quedó en prisión preventiva. Su situación judicial todavía forma parte del expediente. La causa, de hecho, no está completamente cerrada para todos los involucrados y mantiene elementos secuestrados a disposición de la Justicia.
Y queda lo más doloroso de toda esta historia. Gorini todavía no pudo recuperarse de aquel ataque. El robo terminó hace más de un año, los investigadores encontraron a los responsables y dos policías ya fueron condenados. Pero para la víctima el hecho no terminó aquella tarde. El ACV y las lesiones sufridas durante la entradera dejaron consecuencias que todavía forman parte de su vida cotidiana.