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La contaminación que no se va: un estudio científico confirmó que la Bahía San Antonio sigue recibiendo metales pesados

Una investigación científica que analizó 25 años de estudios confirmó que la Bahía San Antonio continúa afectada por contaminación con metales pesados provenientes de residuos mineros abandonados hace más de cuatro décadas.

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Martes, 09 de junio de 2026 a las 10:26
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La investigación confirmó que esos metales no quedan solamente en el suelo.

La Bahía San Antonio continúa siendo un foco de contaminación por metales pesados en la Patagonia. Así lo confirmó una investigación científica que revisó 25 años de estudios y concluyó que residuos mineros abandonados hace más de cuatro décadas siguen liberando plomo, cobre y zinc al ecosistema costero, afectando organismos marinos y manteniendo abierta una herida ambiental que nunca terminó de cerrarse.

El trabajo fue realizado por las investigadoras Erica Giarratano, Mónica Noemí Gil y Gabriela Malanga, especialistas vinculadas al CONICET, la Universidad Nacional de la Patagonia San Juan Bosco y la Universidad de Buenos Aires. La investigación fue publicada en la prestigiosa revista científica Environmental Research y representa el primer relevamiento integral sobre la presencia de metales en organismos de toda la costa atlántica patagónica.

Los resultados encendieron nuevamente las alarmas sobre una problemática histórica. Tras analizar estudios realizados entre los años 2000 y 2025, las científicas concluyeron que la Bahía San Antonio sigue figurando como un punto crítico de contaminación ambiental debido a los residuos generados por explotaciones mineras que funcionaron entre las décadas de 1960 y 1980.

Pero lo más inquietante es que esos desechos no permanecen inmóviles. Según determinaron las especialistas, los materiales abandonados continúan filtrando metales al ambiente a través de procesos de escorrentía y drenaje ácido. En otras palabras, cada lluvia y cada movimiento natural del terreno contribuyen a que contaminantes como plomo, cobre y zinc sigan llegando a los sedimentos costeros y al mar.

Además, la investigación confirmó que esos metales no quedan solamente en el suelo. Los contaminantes son absorbidos por distintas especies que forman parte del ecosistema local. Cangrejos, mejillones y plantas de los humedales costeros incorporan estos elementos a sus organismos, permitiendo que la contaminación permanezca activa dentro de la cadena biológica.

Asimismo, el estudio analizó ocho metales considerados prioritarios por la comunidad científica internacional: cadmio, cromo, cobre, hierro, mercurio, níquel, plomo y zinc. Para ello se revisaron 66 investigaciones y se seleccionaron 33 trabajos de campo con datos cuantitativos obtenidos en distintos puntos de la costa patagónica. Los organismos evaluados abarcaron desde algas y plantas costeras hasta aves, delfines y ballenas.

Uno de los datos que llamó la atención de las investigadoras fue la persistencia de concentraciones elevadas de cadmio en distintos niveles de la cadena alimentaria. En este caso, los científicos consideran que su origen estaría asociado principalmente a procesos naturales vinculados con corrientes marinas provenientes de la Antártida. En contraste, el mercurio mostró una fuerte acumulación en mamíferos marinos, especialmente en sus hígados, con diferencias relacionadas a la dieta y la edad de cada especie.

La revisión científica identificó al sector como el principal "hotspot" de contaminación metálica de la costa atlántica patagónica. La misma conclusión fue destacada por las autoras en la publicación internacional, donde remarcaron que los residuos mineros abandonados continúan filtrando metales al ambiente décadas después de haber cesado la actividad extractiva.

Por otra parte, las especialistas advirtieron que todavía existen importantes vacíos de información. La falta de monitoreos permanentes, la escasez de estudios de largo plazo y la ausencia de protocolos estandarizados dificultan conocer con precisión la evolución del problema ambiental. Por ese motivo recomendaron implementar estaciones de monitoreo permanente y profundizar las tareas de seguimiento científico en la bahía.

 

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