La discusión por el futuro de las chacras volvió a encenderse en Fernández Oro. Productores frutícolas rechazaron la posibilidad de habilitar nuevos loteos sobre tierras bajo riego y advirtieron que el avance urbano amenaza uno de los recursos más valiosos que tiene el Alto Valle: la tierra productiva. El planteo surge mientras se analiza la urbanización de unas 80 hectáreas irrigadas, una iniciativa que genera fuerte preocupación en el sector.
Desde la Federación de Productores de Fruta de Río Negro y Neuquén y la Cámara de Productores Agrícolas de Fernández Oro sostienen que no existe necesidad de avanzar sobre chacras productivas. Los productores rechazan la urbanización de entre 80 y 84 hectáreas bajo riego y sostienen que no es necesaria, ya que existen más de 300 hectáreas urbanizables disponibles.
Pero detrás de la discusión inmobiliaria aparece una historia mucho más profunda. Hace más de un siglo, el Alto Valle era una extensa región dominada por la estepa árida y la escasez de agua. Todo cambió gracias a una de las obras de ingeniería más importantes de la Patagonia: el sistema de riego impulsado por el ingeniero italiano César Cipolletti y materializado con la construcción del Dique Ingeniero Ballester y una compleja red de canales que transformó el desierto en una de las principales zonas productivas del país.
Aquella obra permitió que miles de hectáreas improductivas se convirtieran en chacras capaces de generar frutas, empleo y desarrollo económico. El agua comenzó a recorrer canales principales, secundarios y terciarios que dieron origen a ciudades enteras y sostuvieron durante décadas la economía regional. Sin embargo, muchos productores observan con preocupación que parte de esa infraestructura histórica hoy comienza a quedar encerrada entre barrios privados, loteos y urbanizaciones.
La preocupación no se limita únicamente a la pérdida de tierra cultivable. En distintos sectores del Alto Valle, los productores denuncian que antiguos canales de riego terminan siendo modificados, reducidos o directamente tapados por plateas de viviendas y desarrollos urbanos. Para quienes viven de la producción, el problema excede una discusión inmobiliaria y se transforma en una amenaza para un sistema que tardó generaciones en construirse.
Además, sostienen que una chacra urbanizada desaparece para siempre. Mientras una vivienda puede construirse en múltiples lugares, una tierra bajo riego cuenta con características únicas que no pueden replicarse fácilmente en el árido territorio patagónico. Por eso insisten en que cada hectárea que deja de producir representa una pérdida irreversible para las futuras generaciones.
El debate recién comienza, pero ya expone dos modelos de desarrollo que chocan en el corazón del Alto Valle. Por un lado, la necesidad de expandir las ciudades y generar nuevos espacios habitacionales. Por el otro, la defensa de un patrimonio productivo nacido gracias a una obra monumental que convirtió el desierto en un oasis.