Hay personas que forman parte del paisaje urbano. Están tan incorporadas a la vida cotidiana que cuesta imaginar las calles sin ellas. En Neuquén, uno de esos personajes es Félix "Cacho" Hadad, el cafetero ambulante que desde hace años camina el centro con sus termos al hombro, ofreciendo café y charla a comerciantes, empleados, periodistas, taxistas y vecinos. Su historia con el café empezó mucho antes de que se transformara en una figura conocida de la ciudad.
"Mi relación con el café viene de pequeño", contó durante una entrevista en el programa Entretiempo de AM550. Hijo y nieto de mujeres criadas en familias españolas, el café fue parte de su vida desde la infancia. "A mí me daban café. Ni mate cocido ni té", recordó.
A los 12 años ya estaba detrás de una máquina de café en el buffet del Club Estudiantes de Bahía Blanca. Allí comenzó un vínculo que nunca más abandonaría. Más tarde trabajó en cafeterías y terminó enamorándose de las máquinas de espresso y de ese universo que hoy conoce al detalle.
Pero la vida de Cacho nunca fue lineal. Nacido en Cinco Saltos y con raíces profundamente rionegrinas, pasó parte de su juventud en Bahía Blanca. Estudió Sociología, transitó por la Universidad de Buenos Aires, se formó en Psicología Social y acumuló una cantidad de trabajos imposible de enumerar con precisión. "Hice de todo", resumió.
A Neuquén llegó a fines de los años 80 y aquí construyó gran parte de su historia. Trabajó en gastronomía, tuvo el recordado bar La Vuestra y llegó a ser empleador. Sin embargo, un día decidió cambiar de rumbo.
La idea de salir a vender café en la calle lo acompañó durante años. Los termos ya estaban comprados y el característico chaleco diseñado. Solo faltaba animarse.
Finalmente, en 2007 dio el paso. Lo que para muchos parecía una locura terminó convirtiéndose en una elección de vida. "¿Qué puedo hacer afuera? ¿De qué manera puedo ganarme la vida con algo que me guste?", se preguntó entonces.
La respuesta estaba en esos termos que hoy son parte de la identidad neuquina. Cada jornada comienza temprano. La alarma suena a las siete de la mañana y el ritual del café arranca mucho antes de que la ciudad termine de despertarse. Después de preparar los termos, parte rumbo al centro.
Su base de operaciones está en la zona de San Martín al 100. Desde allí comienza una caminata que puede extenderse durante horas.
La rutina parece simple, pero detrás hay oficio, experiencia y una logística perfectamente aceitada. Cacho sabe cuántos litros venderá según el día, el clima o los eventos que haya en la ciudad. Y mientras recorre las calles también observa cómo cambió la cultura cafetera.
Recuerda cuando casi nadie hablaba de barismo ni de granos de Kenia o Costa Rica. Hoy celebra la diversidad de propuestas, aunque mantiene una postura clara: "A mí dame un espresso", dice entre risas.
También tiene sus propias teorías sobre el café perfecto. "Buen agua, buen café y pasión", resume cuando le preguntan cuál es el secreto de sus preparaciones. Para él, el gusto argentino sigue siendo el del café fuerte, heredado de la tradición italiana. Y aunque reconoce las nuevas tendencias, no pierde el humor cuando habla de los dibujos sobre la espuma de leche. "Está lindo para la foto, pero a mí me gusta que el café llegue caliente", bromeó durante la entrevista.
Con el tiempo se transformó en mucho más que un vendedor ambulante. Es un observador privilegiado de la ciudad. Conoce historias, escucha preocupaciones, celebra alegrías y acompaña rutinas. Su trabajo le permite estar en contacto permanente con la gente y, como suele decir, lo ayuda a salir de sí mismo para mirar lo que pasa alrededor. Tal vez por eso sigue disfrutando de caminar Neuquén con los termos al hombro.
Aunque reconoce que los años empiezan a hacerse sentir y que las lumbares ya no responden igual que antes, todavía conserva el mismo entusiasmo.
Hace más de dos décadas que reparte café por las calles neuquinas. Y en cada vaso sigue sirviendo algo más que una bebida caliente: una conversación, una sonrisa y una forma distinta de habitar la ciudad.
Porque si algo demuestra la historia de Cacho Hadad es que algunos personajes no necesitan oficina ni escritorio para convertirse en parte de la memoria cotidiana de una comunidad. Les alcanza con caminar sus calles, termo en mano, y estar ahí cada mañana.