Donato fue fundado por Mario Luí, a mediados de 1980.Un empresario neuquino que entendió algo esencial antes que muchos: en Neuquén hacía falta un espacio donde la ciudad pudiera encontrarse todos los días. No solo para comer o tomar café, sino para hablar, escuchar y negociar.
Desde su apertura, la confitería se transformó en un punto de referencia. El manejo cotidiano del lugar —cuidado, constante, atento a los detalles— ayudó a construir una identidad que fue mucho más allá de lo gastronómico. Donato no era solo un bar: era un escenario.
Cada mañana y cada tarde, la política pasaba por ahí. Intendentes, funcionarios, dirigentes, periodistas, sindicalistas y empresarios se cruzaban sin necesidad de agenda. Bastaba con sentarse. Las charlas empezaban informales y muchas veces terminaban marcando el pulso del día.
En esas mesas se hablaron proyectos que nunca llegaron a anunciarse, acuerdos que se cerraron con un apretón de manos y discusiones que siguieron durante años. Miles de anécdotas nacieron ahí, muchas imposibles de contar del todo, porque pertenecen a la intimidad de una época donde la palabra todavía valía.
Donato fue también refugio. Un lugar donde, aun en los momentos más tensos de la vida política provincial, se podía bajar un cambio, escuchar al otro y volver a intentar. La confitería ofrecía algo cada vez más escaso: tiempo.
Con el correr de los años, Neuquén creció, la política se volvió más veloz y los rituales cambiaron. Pero durante décadas, Donato sostuvo una costumbre que hoy parece casi antigua: sentarse a conversar cara a cara.
Cuando el lugar cerró, no solo bajó una persiana. Se apagó un punto de encuentro que había sido testigo silencioso de decisiones, debates y vínculos que ayudaron a moldear la historia reciente de la provincia.
Hoy, al nombrar Donato, muchos no piensan en un café.
Piensan en una época.
En una Neuquén donde la política tenía mesa fija, café caliente y conversaciones largas.
Y donde miles de historias quedaron flotando en el aire, como parte invisible de la memoria de la ciudad.
Y aunque Mario Luí hoy ya no esté, su ausencia no es silencio.
Está en la memoria de una ciudad que todavía recuerda esas mesas, esas charlas, ese ritual cotidiano que ayudó a construir vínculos cuando Neuquén se pensaba a sí misma todos los días.
Porque los lugares no existen sin las personas que los imaginan. Y Donato fue posible porque hubo alguien que entendió que una ciudad también se hace con encuentros, con tiempo compartido y con puertas abiertas.
La familia de Mario Luí fue —y sigue siendo— parte de Neuquén. No solo por un apellido o un comercio, sino por haber dejado una huella que atraviesa generaciones. Una huella hecha de trabajo, de presencia y de pertenencia.
Hoy Donato ya no abre sus puertas.
Pero su historia sigue sentándose a la mesa cada vez que alguien lo nombra.
Y en esa memoria compartida, Mario Luí sigue estando.
Como están todos los que ayudaron a que Neuquén no fuera solo una ciudad, sino también una comunidad.