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El día que María Elena Walsh evidenció por qué la pena de muerte hace retroceder a la Humanidad en cuatro patas

En el Día Mundial contra la Pena de Muerte, Mejor Informado recuerda el lúcido texto publicado de la cantautora y líder de opinión que iluminaba con su música y sus palabras.

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Sabado, 10 de octubre de 2026 a las 00:23
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El 12 de septiembre de 1991, María Elena Walsh publicó su texto "La pena de muerte" como respuesta al intento de Carlos Menem por promover la instauración del castigo máximo en el ordenamiento jurídico de la Argentina

Cada 10 de octubre se conmemora el Día Mundial contra la Pena de Muerte, una jornada instaurada en 2003 por la Coalición Mundial contra la Pena de Muerte con el objetivo de promover su abolición en todo el mundo y generar conciencia sobre el respeto a la vida, la justicia y los derechos humanos. En la Argentina de los 90s, una de las voces más lúcidas que se pronunció sobre este debate fue la de María Elena Walsh, una figura cuya influencia trascendió ampliamente el universo de la literatura infantil y la música.

Nacida el 1 de febrero de 1930 en la localidad bonaerense de Ramos Mejía, María Elena Walsh creció en un hogar atravesado por la cultura y la sensibilidad artística. Su padre, Enrique Walsh, trabajaba en el ferrocarril y le transmitió desde pequeña el amor por la música, mientras que su madre, María Elena Monsalvo, aportó las raíces andaluzas que también nutrieron su formación cultural.

Mucho antes de convertirse en la autora de canciones que acompañaron la infancia de millones de argentinos, Walsh ya mostraba una vocación literaria excepcional. Con apenas 15 años publicaba poemas en la revista Hogar y a los 17 editó su primer libro, Otoño imperdonable. Aquella obra llamó la atención del poeta español Juan Ramón Jiménez, quien la invitó a compartir una experiencia de formación en Estados Unidos.

Durante la década de 1950 vivió en París junto a la cantante y compositora tucumana Leda Valladares. Allí cantó en cabarets, grabó discos y entró en contacto con artistas e intelectuales de distintas partes del mundo. A su regreso a la Argentina inició una etapa creativa que cambiaría para siempre la cultura popular del país.

Jairo, María Elena Walsh y Julio Cortázar, en París

Tutú Marambá, El reino del revés, Zoo Loco, Dailan Kifki y Cuentopos de Gulubú forman parte de una obra inmensa que cruzó generaciones, escuelas y hogares. Sin embargo, Walsh no solo fue una creadora de mundos imaginarios. También se convirtió en una observadora crítica de la realidad argentina y en una referente moral para amplios sectores de la sociedad.

Durante la última dictadura militar, María Elena Walsh publicó textos de fuerte contenido político y social. Con una escritura elegante, irónica y profundamente humanista, cuestionó el autoritarismo, defendió la libertad de expresión y promovió valores democráticos en momentos especialmente complejos de la historia nacional.

La tapa del diario Clarín del 12 de septiembre de 1991 - Foto: Clarín

La reflexión que enfrentó el debate sobre la pena de muerte

El 12 de septiembre de 1991, cuando la inseguridad ocupaba buena parte de la agenda pública y el entonces presidente Carlos Saúl Menem impulsaba la discusión sobre la posibilidad de reinstaurar la pena de muerte mediante un plebiscito, María Elena Walsh publicó en el suplemento Cultura y Nación del diario Clarín un texto que tendría una enorme repercusión.

Bajo el título La pena de muerte, la escritora construyó una poderosa reflexión sobre los múltiples rostros que asumió ese castigo a lo largo de la historia. En apenas unos párrafos logró condensar siglos de persecuciones, injusticias, fanatismos políticos, religiosos e ideológicos.

Lejos de discutir únicamente una coyuntura política, la autora de El reino del revés eligió mostrar cómo distintas sociedades, convencidas de estar actuando correctamente, legitimaron ejecuciones que con el paso del tiempo quedaron asociadas a algunos de los episodios más oscuros de la humanidad.

El texto de María Elena Walsh fue reproducido y debatido en numerosos ámbitos. En 1992 incluso se editó en formato de afiche y se distribuyó durante la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires (FILBA) con la firma de la autora. Dos años después, en octubre de 1994, ella misma lo leyó públicamente en un acto realizado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires (UBA).

La fuerza de aquellas palabras sigue vigente. Más de tres décadas después, continúan funcionando como una invitación a pensar el alcance de la justicia, los riesgos de la violencia institucional y la necesidad de defender los derechos humanos incluso en los contextos más difíciles.

María Elena Walsh falleció el 10 de enero de 2011, a los 80 años. Su legado permanece vivo en canciones, libros, poemas y también en textos como este, donde utilizó su prestigio y su voz pública para intervenir en debates fundamentales para la sociedad.

El lúcido texto "La pena de muerte" de María Elena Walsh publicado en septiembre de 1991 - Foto: Internet

Texto completo de La pena de muerte, de María Elena Walsh

Fui lapidada por adúltera. Mi esposo, que tenía manceba en casa y fuera de ella, arrojó la primera piedra, autorizado por los doctores de la ley y a la vista de mis hijos.

Me arrojaron a los leones por profesar una religión diferente a la del Estado.

Fui condenada a la hoguera, culpable de tener tratos con el demonio encarnado en mi pobre cuzco negro, y por ser portadora de un lunar en la espalda, estigma demoníaco.

Fui descuartizado por rebelarme contra la autoridad colonial.

Fui condenado a la horca por encabezar una rebelión de siervos hambrientos. Mi señor era el brazo de la Justicia.

Fui quemado vivo por sostener teorías heréticas, merced a un contubernio católico-protestante.

Fui enviada a la guillotina porque mis Camaradas revolucionarios consideraron aberrante que propusiera incluir los Derechos de la Mujer entre los Derechos del Hombre.

Me fusilaron en medio de la pampa, a causa de una interna de unitarios.

Me fusilaron encinta, junto con mi amante sacerdote, a causa de una interna de federales.

Me suicidaron por escribir poesía burguesa y decadente.

Fui enviado a la silla eléctrica a los veinte años de mi edad, sin tiempo de arrepentirme o convertirme en un hombre de bien, como suele decirse de los embriones en el claustro materno.

Me arrearon a la cámara de gas por pertenecer a un pueblo distinto al de los verdugos.

Me condenaron de facto por imprimir libelos subversivos, arrojándome semivivo a una fosa común.

A lo largo de la historia, hombres doctos o brutales supieron con certeza qué delito merecía la pena capital. Siempre supieron que yo, no otro, era el culpable. Jamás dudaron de que el castigo era ejemplar. Cada vez que se alude a este escarmiento la Humanidad retrocede en cuatro patas.

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