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La emoción de un criancero neuquino al recibir una bandera argentina: la historia de José Sambueza que conmueve

Vive en un puesto de invernada en Trailatué, en el norte de Neuquén. Fue abandonado cuando era apenas un niño, hizo del trabajo una forma de vida y sigue cada partido de la Selección argentina por radio. El regalo de una bandera argentina por parte de Prima Multimedios despertó en José Sambueza una emoción imposible de disimular.

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José Sambueza recibió una bandera argentina en su puesto de invernada.

Mientras las ciudades se cubren de celeste y blanco, las plazas se llenan de festejos y millones de argentinos viven cada partido de la Selección argentina con la ansiedad propia de un Mundial, existen otras maneras de sentir esos colores. Lejos de las pantallas gigantes, del ruido y de las caravanas, hay argentinos que viven esa misma pasión desde el silencio de la cordillera.

Para encontrar una de esas historias hubo que recorrer decenas de kilómetros de caminos de ripio hasta llegar a Trailatué, en el norte neuquino. Allí, entre cerros, viento y chivas, vive José Sambueza, un hombre cuya vida parece escrita por la dureza del campo, pero también por una fortaleza capaz de conmover a cualquiera que lo conozca.

La sonrisa de José Sambueza al ver la bandera argentina resume una historia de resiliencia, trabajo y profundo amor por la patria.

José tenía apenas 5 años cuando fue abandonado. El campo se convirtió en su hogar y el trabajo, desde entonces, en su única certeza. Creció entre animales, inviernos implacables y jornadas interminables. Más tarde hizo el servicio militar y trabajó durante toda su vida. Hoy está jubilado, pero sigue levantándose cada mañana para cuidar su majada y desempeñarse como peón rural.

No lo hace por necesidad. Lo hace porque, para él, trabajar es una forma de agradecer la vida. En ese rincón apartado del norte neuquino también hay lugar para otra pasión que nunca abandonó: la Selección Argentina.

Cada partido lo escucha por radio. Así vivió los mundiales, los triunfos y también las derrotas. La imaginación reemplaza a la televisión y la voz del relator dibuja las jugadas sobre el paisaje de la montaña.

Cuando recuerda el histórico partido frente a Inglaterra, la emoción vuelve intacta. "Cuando nos hizo el gol Inglaterra, puse mi crucifijo frente a la radio", cuenta entre una sonrisa tímida y los ojos brillosos.

Con las manos marcadas por el trabajo rural, José sostuvo la bandera argentina con la misma emoción con la que vive cada historia de la Selección.

No habla de fútbol solamente. Habla de fe, de esperanza y de esa costumbre tan argentina de creer hasta el último minuto. Fue pensando en esa historia que decidimos acercarle una bandera argentina para que flameara en su puesto de invernada.

Parecía un regalo sencillo. Pero la reacción de José transformó ese momento en algo mucho más profundo.

Tomó la bandera con un cuidado casi sagrado. La observó durante unos segundos, como quien contempla un sueño largamente esperado. Cuando comenzó a flamear impulsada por el viento de la cordillera, levantó la mirada y sonrió. No hizo falta decir nada más. En ese gesto silencioso había décadas de sacrificio, kilómetros recorridos arreando animales, inviernos soportados en soledad y una vida entera construida con esfuerzo.

Entre el campo y la montaña, la bandera argentina pasó a formar parte de su paisaje cotidiano.

Había también orgullo. Porque para José la bandera no es solamente un símbolo patrio. Es pertenencia. Es identidad. Es el país que nunca dejó de sentir suyo, aun viviendo lejos de todo.

Su rostro, curtido por el sol y el trabajo, habló más que cualquier discurso.

Mientras el celeste y blanco vuelve a multiplicarse en balcones, escuelas y plazas de todo el país, en un pequeño puesto perdido entre los cerros del norte neuquino una bandera también cuenta una historia.

La historia de José Sambueza, un criancero que nunca dejó de creer, que hizo del trabajo una forma de honrar la vida y que, con una simple bandera flameando frente a su casa, recordó que el amor por la Argentina también se construye en los lugares más alejados, donde la patria se vive todos los días.

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