En Huinganco, donde el viento parece guardar antiguas historias entre montañas, minas y manzanos, vive Eloína Ester Quezada, una mujer de 96 años cuya memoria intacta emociona tanto como la paz que transmite su sonrisa.
Nació al pie del arroyo Huaraco, en la misma tierra donde también nacieron su madre y sus abuelos. Su vida está profundamente ligada a la historia del norte neuquino y a un Huinganco que alguna vez fue apenas un pequeño caserío rodeado de huertas, animales y caminos de tierra.
Con una voz suave pero firme, Eloína revive recuerdos de otra época. Habla de los tiempos de minas y mineros, cuando el oro no significaba riqueza sino supervivencia. Cuenta que su familia lo llevaba hasta Chos Malal para cambiarlo por mercadería y productos básicos.
Aquellos viajes eran verdaderas travesías. Duraban dos días enteros y se hacían en tropas de mulas, cruzando largas distancias entre montañas y soledad. Eran tiempos duros, marcados por el sacrificio, el trabajo y una regla que para ella era sagrada: cumplir con la palabra.
“Acá no había bosque”, recuerda junto a Mejor Informado mientras su mirada parece viajar varias décadas hacia atrás. En lugar de pinares, dice, había enormes huertas, ciruelos, nogales y manzanos cargados de fruta. También recuerda a su abuela haciendo quesos caseros y preparando zapallos gigantes para las celebraciones de San Juan y San Antonio.
Eloína cursó hasta quinto grado, pero desde chica desarrolló un amor profundo por la lectura. Le apasiona el Martín Fierro y todavía disfruta de recitar versos de memoria, con una lucidez que sorprende.
Cuando habla de su infancia, lo hace con ternura. Recuerda juegos simples como la guarapa o el pollo ciego, en una niñez donde la felicidad no dependía de pantallas ni de lujos, sino de compartir.
Pero además de mirar el pasado, Eloína también observa el presente con claridad. “Hoy hay mucha injusticia, porque perdimos el valor de la palabra”, reflexiona.
Para ella, el egoísmo y la falta de compañerismo muestran cuánto cambiaron algunas enseñanzas que antes nacían dentro de cada hogar.
A pesar de sus 96 años, mantiene una rutina que asombra. Todos los días camina por el patio de su casa, sube pendientes, riega plantas, junta hojas y cosecha frutos.
—“¿Vos subís todos los días por acá?”
—“Sííí… y hasta dos veces”, responde entre risas.
Tal vez en esa respuesta sencilla se esconda parte del secreto de su vitalidad.
Porque cuando le preguntan cómo hace para conservar esa energía y esa sonrisa luminosa, Eloína no duda ni un segundo: “Es que yo no me enojo”. Y en esa frase simple parece resumirse toda una forma de vivir.
En un mundo acelerado, Eloína no sólo conserva recuerdos: conserva valores. Es memoria viva de una generación forjada en la humildad, el esfuerzo y la fortaleza. Una mujer que, desde Huinganco, recuerda que la verdadera riqueza nunca estuvo únicamente en el oro de las minas, sino en la honestidad, el trabajo y la capacidad de vivir con el corazón liviano