Hay algo profundamente lorquiano en la manera en que la historia terminó por llevarse a Federico García Lorca: la noche, la sangre, el silencio, un camino perdido entre Granada y la sierra y un cuerpo que todavía falta.
Noventa años después de su asesinato, ocurrido en la madrugada del 18 de agosto de 1936, resulta difícil separar al hombre del mito. Pero acaso haya una manera más justa de recordarlo: volver al poeta. Al hombre que convirtió una luna en personaje, que hizo de un caballo una criatura trágica, que escribió sobre el deseo y la muerte como si ambos fueran dos caras de una misma moneda.
Porque Lorca no fue solamente el autor de Romancero gitano, Bodas de sangre, Yerma o La casa de Bernarda Alba. Fue, sobre todo, una sensibilidad capaz de encontrar poesía allí donde otros apenas veían dolor.
Federico García Lorca había nacido en Fuente Vaqueros, Granada, en 1898. Para cuando llegó aquel verano de 1936, ya era uno de los escritores españoles más reconocidos. Había recorrido Madrid, Nueva York, Buenos Aires y La Habana. Había escrito poesía, teatro, conferencias y canciones. Había compartido amistad y complicidades intelectuales con algunos de los grandes nombres de la cultura española de su tiempo.
Pero su universo literario nunca dejó de estar profundamente unido a Andalucía. En sus versos aparecen el paisaje, el flamenco, los gitanos, los olivares, los caballos, los cuchillos, las mujeres condenadas por las normas sociales, los amantes que no pueden amarse y una muerte que muchas veces parece estar esperando detrás de cada esquina.
En Lorca, la muerte no es solamente el final de la vida: es una presencia. Está en el caballo que no quiere llegar a Córdoba, en el cuchillo que corta la madrugada, en la sangre que atraviesa Bodas de sangre, en el lamento de las mujeres de Yerma, en la oscuridad de Poeta en Nueva York. También, en el último tramo de su propia vida.
Granada se vuelve peligrosa
Cuando comenzó la Guerra Civil española, en julio de 1936, Lorca se encontraba en Granada. La ciudad quedó rápidamente bajo control de las fuerzas sublevadas. El ambiente se volvió cada vez más peligroso y la violencia comenzó a formar parte de la vida cotidiana.
Lorca sabía que corría riesgos. Su cercanía con sectores republicanos y progresistas, su amistad con figuras políticas perseguidas y su condición de homosexual lo convertían en un blanco especialmente vulnerable. El poeta rechazó distintas posibilidades de abandonar España y decidió permanecer cerca de su familia.
Durante esos días se refugió en la Huerta de San Vicente, la casa de veraneo familiar. Pero el lugar dejó de ser seguro. El 9 de agosto se produjo una incursión violenta en la finca. Días después, Lorca decidió trasladarse a la casa de los hermanos Rosales, una familia falangista que podía ofrecerle cierta protección. Allí creyó encontrar un refugio. Pero no lo fue.
La tarde del 16 de agosto de 1936, Lorca fue detenido en la casa de los Rosales por Ramón Ruiz Alonso, un militante ultraderechista que se convirtió en un miembro destacado de la coalición derechista CEDA (Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA). Policías y guardias rodearon la manzana y se llevaron al poeta.
La escena tiene algo de tragedia lorquiana. Un hombre escondido en una casa que creía segura. Afuera, una ciudad atravesada por el miedo. Una puerta que se abre para que entre la muerte.
Dos días antes, Lorca había terminado una de sus obras fundamentales: La casa de Bernarda Alba. Una obra sobre el encierro, la autoridad, el deseo reprimido y la imposibilidad de escapar. Resulta imposible no leerla hoy bajo la sombra de lo que ocurrió después.
Lorca sabía que corría riesgos. Su cercanía con sectores republicanos y progresistas, su amistad con figuras políticas perseguidas y su condición de homosexual lo convertían en un blanco especialmente vulnerable. El poeta rechazó distintas posibilidades de abandonar España y decidió permanecer cerca de su familia.
La última noche
Tras su detención, Lorca fue trasladado al Gobierno Civil y posteriormente llevado hacia Víznar. La noche anterior a su muerte transcurrió en una cárcel improvisada.
No existe una reconstrucción absolutamente completa de sus últimas horas. Esa incertidumbre forma parte también de la historia del poeta.
La investigación histórica ha establecido que fue asesinado en el camino entre Víznar y Alfacar, junto con el maestro Dióscoro Galindo y los banderilleros anarquistas Francisco Galadí y Joaquín Arcollas.
La fecha más aceptada es la madrugada del 18 de agosto de 1936, aunque durante décadas existieron discusiones y versiones diferentes sobre el momento exacto de su muerte.
Un cuerpo que nunca apareció
Quizás uno de los elementos más perturbadores de la historia de Lorca sea que su cuerpo nunca fue encontrado. Durante décadas se realizaron investigaciones y excavaciones en busca de sus restos. Ninguna permitió localizarlo de manera concluyente. Noventa años después, el lugar exacto donde fueron enterrados el poeta y quienes fueron asesinados con él continúa siendo objeto de investigación y memoria. Así quedó suspendido entre la historia y la ausencia. No hay tumba definitiva.
Su influencia llegó incluso mucho más allá de la literatura española y continúa atravesando la música contemporánea. Artistas de distintas generaciones han retomado sus textos, imágenes y símbolos, desde el flamenco hasta el pop y otras expresiones actuales. Eso es quizás lo más extraño de la muerte de Lorca: quisieron hacer desaparecer al hombre y terminaron multiplicando al poeta.
Federico García Lorca tenía 38 años cuando lo asesinaron y todavía tenía libros por escribir. Su vida literaria estaba lejos de haber terminado. Pero la violencia le puso un punto final a su biografía, pero no pudo hacerlo con su obra.
Noventa años después, su muerte no consiguió callarlo. Su poesía sigue vida.