Hay vidas que dejan una huella imborrable no por la estridencia de sus actos, sino por la profundidad de su servicio, la calidez de su corazón y la coherencia de sus convicciones. Recordar a José María Butín es evocar a un hombre íntegro, a un pilar fundamental de Villa El Chocón y a un padre de familia cuya memoria sigue viva en el alma de quienes lo quisieron y compartieron su camino.
De Montevideo a la Patagonia: una infancia marcada por el conocimiento
La historia de José comenzó muy lejos de los paisajes patagónicos. Nació en Montevideo, Uruguay, en 1946, hijo de Margarita “Margot” Killing, una madre soltera alemana que ofició como su primera gran maestra. De ella aprendió desde muy pequeño el amor por el conocimiento: a los cuatro años ya sabía leer, escribir y ejecutar con sensibilidad el piano, el violín, la guitarra y el acordeón. Diez años después recibió el apellido Butín de manos de Raúl, su padre adoptivo, un sacerdote alejado del ministerio y de formación salesiana, quien le transmitió un profundo aprecio por la literatura y las artes.
Aunque ingresó al secundario a los diez años gracias a sus conocimientos tempranos, la estrechez económica familiar lo llevó a dejar los estudios para trabajar como albañil junto a su padre. Con tesón y sacrificio, retomó su formación a los 22 años en la escuela nocturna. Allí conoció a la familia de quien sería el gran amor de su vida: tras cuatro años de noviazgo, se casó a los 33 años con María del Valle Bossini.
El camino de la vida y el lugar donde echó raíces
En sus años de juventud militó en el Frente Justicialista de Liberación Nacional (FREJULI) y se desempeñó en diversos oficios: transportó bebidas para Quilmes y Pepsi y trabajó en una fábrica de alambres de cobre, viviendo de cerca tiempos difíciles y la desaparición de compañeros durante la última dictadura militar.
Buscando estabilidad y paz para los suyos, a fines de los años 70 se radicó en Sierra Grande, Provincia de Río Negro, empleado en la mina de Hipasam. En ese rincón patagónico nacieron sus cuatro primeros hijos: Rocío (en 1978), Pablo (en 1979), Jazmín (en 1984) y Stella (en 1985).
En 1986, la búsqueda de un porvenir más estable lo condujo a Villa El Chocón, donde ingresó en el área de mantenimiento electromecánico de la represa, contratado inicialmente por Hidronor y posteriormente en la empresa IMC hasta su jubilación en 2009. En El Chocón completó su numerosa familia con la llegada de Maximiliano (en 1989) y Gabriel (1990), afrontando juntos duras batallas familiares, como el tratamiento oncológico que superó Gabriel en su niñez y, años más tarde, el diagnóstico de cáncer de mama que atravesó su esposa María.
En 1986, la búsqueda de un porvenir más estable lo condujo a Villa El Chocón, donde ingresó en el área de mantenimiento electromecánico de la represa, contratado inicialmente por Hidronor y posteriormente en la empresa IMC hasta su jubilación en 2009
Una vocación de servicio que lo convirtió en diácono
La vida espiritual de José estuvo marcada por una vocación de servicio absoluto a Dios y a su prójimo. Ante la ausencia de sacerdotes permanentes en la villa, fue el propio obispo Jaime de Nevares quien le encomendó hacerse cargo de la capilla y de la labor pastoral. Con los años, José fue ordenado diácono permanente de Villa El Chocón.
Lejos de una fe pasiva, José ejerció un compromiso pastoral activo y cotidiano. Acompañado siempre por su esposa María y junto a catequistas de gran entrega comunitaria como Esterlinda Ortiz de Zapata, llevó la catequesis y la luz del Evangelio a cada hogar. Como recuerdan quienes lo acompañaron, su labor no siempre fue sencilla: muchas veces golpeó puertas que no se abrían o encontró indiferencia, pero jamás claudicó en su misión de sembrar esperanza y guiar a la comunidad como un verdadero pastor cuida a su rebaño.
La vida espiritual de José estuvo marcada por una vocación de servicio absoluto a Dios y a su prójimo. Ante la ausencia de sacerdotes permanentes en la villa, fue el propio obispo Jaime de Nevares quien le encomendó hacerse cargo de la capilla y de la labor pastoral. Con los años, José fue ordenado diácono permanente de Villa El Chocón.
Su fe se traducía en obras concretas. Su casa funcionó como sede y depósito de Cáritas, convirtiéndose en un hogar abierto y solidario que sirvió como el primer refugio para quienes buscaban empleo o no tenían un techo donde pasar la noche. Asimismo, mantuvo un firme compromiso cívico y social al desempeñarse como concejal extrapartidario del municipio de Villa El Chocón durante la gestión del Intendente José Luis Mazzone, destacándose además como un benefactor incansable que colaboró activamente con la cooperadora escolar y el club Chocón Lauquen.
El vecino al que todos acudían en busca de ayuda
Para quienes compartieron su tiempo y sus proyectos, José fue sinónimo de bondad, entrega desinteresada y rectitud moral. Era ese vecino al que se acudía en momentos de preocupación, el hombre prudente que sabía escuchar y la voz serena que daba consuelo.
Quienes lo quisieron profundamente coinciden en que su partida física dejó un vacío espiritual y humano incalculable en El Chocón. Nadie volvió a sostener con idéntica perseverancia y calidez esa presencia cotidiana que unía al pueblo y congregaba a las familias en torno a la fe católica. Se recuerda su humildad, su fuerza de voluntad y esa generosidad inagotable que lo llevaba a postergarse a sí mismo por el bienestar de los demás.
El 10 de octubre de 2010, un absurdo y trágico siniestro vial sobre la Ruta Nacional 22, a la altura de Los Pinos cerca de General Roca, truncó su vida de forma instantánea a los 64 años. En aquel violento impacto frontal provocado por un vehículo que circulaba con exceso de velocidad, partieron también hacia la eternidad su yerno, Claudio Ariel Leiva (de 35 años), y sus amados nietos, Ian (de 10) y Uma (de 2).
La tragedia en la Ruta 22 que cambió la historia de una familia
El 10 de octubre de 2010, un absurdo y trágico siniestro vial sobre la Ruta Nacional 22, a la altura de Los Pinos cerca de General Roca, truncó su vida de forma instantánea a los 64 años. En aquel violento impacto frontal provocado por un vehículo que circulaba con exceso de velocidad, partieron también hacia la eternidad su yerno, Claudio Ariel Leiva (de 35 años), y sus amados nietos, Ian (de 10) y Uma (de 2).
Aquel inmenso dolor no apagó la luz de la familia, sino que dio paso a un conmovedor testimonio de generosidad y vida. Ante la tragedia, decidieron donar los órganos de Claudio y de los pequeños Ian y Uma, brindando así una nueva oportunidad a personas que esperaban un trasplante. Asimismo, el dolor se transformó en acción a través de su hija Rocío, quien sobrevivió milagrosamente junto a su sobrina, al convertir su duelo en una lucha activa de concientización como vocera y referente de Estrellas Amarillas, pintando en el asfalto el recuerdo imborrable de José, Claudio, Ian y Uma para exigir respeto por la vida en las rutas argentinas.
Hoy, a la distancia de los años, el nombre de José María Butín Killing permanece no solo en una estrella pintada en el asfalto o en la memoria colectiva de la villa, sino en cada acto de generosidad que él supo inspirar. Su testimonio sigue siendo un llamado a la unidad, a la empatía y al cuidado mutuo de la vida.