Más de una vez, mayoritariamente perros y gatos, llenan el gran vacío que deja la soledad, permitiendo expresar, por ejemplo, la maternidad o la paternidad no concretada, o llenar el nido vacío que dejan los hijos cuando se independizan.
Indudablemente, son amigos incondicionales que siempre nos escuchan, nos aceptan como somos, soportan nuestros cambios de humor y nunca nos reclaman nada. El animal es un niño eterno, gran receptor de todas las emociones y energías que hay en la familia y en su entorno. Ese entorno es apreciado de una forma particular por cada especie y por cada individuo.
De esta forma la familia funciona como un sistema, donde cada uno de los integrantes, cada persona humana o no humana, interactúa y se relaciona estrechamente con los demás.
Una de las cosas que admiramos del mundo animal, es la capacidad de sentir, tan obvia y tan cuestionada.
Durante mucho tiempo, conductas aberrantes del ser humano, como la esclavitud, estaba naturalizada tanto entre los propios humanos, como en los animales. Afortunadamente, hace bastante poco, estos últimos han sido reconocidos como personas no humanas, capaces de sentir y superar la increíble definición de “cosas que caminan y se mueven solas “, como las denominaban las antiguas leyes.
Hoy, un cambio de paradigma comienza a consolidarse en nuestro país, donde cada vez más fallos judiciales, los reconocen como integrantes del núcleo familiar.
Este nuevo enfoque, cobra especial relevancia en caso de separación de parejas, donde la Justicia empieza a contemplar, esquemas de cuidados compartidos, priorizando el bienestar animal por encima de criterios patrimoniales.
En divorcios o separaciones, la tenencia no se define por quien compró la mascota, sino por quien garantiza mejores condiciones de vida y por el vínculo emocional.
Esta tendencia se apoya en normativas que reconocen a los animales como “seres sintientes” lo que da lugar a decisiones más amplias como, fijar regímenes de tenencia, acuerdos de visitas y responsabilidades compartidas entre las partes.
Especialistas remarcan que éste cambio implica un avance en materia de derechos y responsabilidad, al tiempo que enfatiza que los animales no pueden ser tratados como bienes a repartir, sino como seres que requieren cuidado, atención y condiciones adecuadas para su bienestar general.