Las Perlas es de esos sitios donde detrás de cada camino, cada casa y cada espacio aparece el recuerdo de alguien que alguna vez imaginó que allí podía crecer una comunidad. Para María Elena “Cocó” Lembeye, hija de Miguel Lembeye, volver sobre esa historia no es simplemente hablar de un padre, es recorrer su propia vida.
“Lo que no puedo es separarme de mi historia”, resumió en diálogo con Entretiempo por AM550 junto a su hijo Santiago Giulietti. Y esa historia comenzó mucho antes de que Balsa Las Perlas tuviera el paisaje urbano que hoy la rodea.
Miguel Lembeye nació en San Antonio Oeste, en una familia profundamente vinculada con la medicina. Su padre también era médico y recorría distintos puntos de la Patagonia para atender a quienes necesitaban ayuda. “Cuando había un enfermo, le avisaban, el tren iba, había un vagón que lo llevaba a donde estaba el enfermo y el tren lo esperaba”, recordó Cocó.
Su infancia transcurrió en aquel paisaje patagónico hasta los 10 años, cuando la familia regresó a Buenos Aires. Allí estudió Medicina, trabajó en hospitales, tuvo una clínica privada en Adrogué y, con el paso de los años, comenzó a sentir que necesitaba cambiar de rumbo.
Para entonces ya había construido una particular manera de entender su profesión. Según contó su hija, durante toda su vida donó el sueldo que recibía del Estado y atendió gratuitamente a quienes no podían pagar. En su casa también recibía a personas que, según su relato, muchas veces eran rechazadas en otros lugares. “Los gitanos, los japoneses, los chinos, la gente pobre iban a mi casa porque él atendía principalmente a esa gente”, recordó.
A cambio de sus consultas, muchas veces recibía aquello que podían ofrecerle: huevos, gallinas u otros productos. Pero el vínculo de Lembeye con la Patagonia no había terminado.
Una balsa y tres ranchos
En 1957, mientras todavía vivía en Buenos Aires, encontró en un diario un aviso que hablaba de la venta de 12.500 hectáreas a orillas del río Limay. La curiosidad se transformó rápidamente en decisión.
Subió a una estanciera y emprendió el viaje hacia aquel lugar que todavía era apenas una promesa. Cuando llegó, encontró una escena muy distinta a la que hoy puede imaginarse desde la ciudad.
“Eso era nada: la balsa y tres ranchitos de los balseros”, contó Cocó. Aquella imagen, lejos de espantarlo, lo atrapó. “Cuando vino a ver, quedó loco, se enamoró”, recordó.
Regresó a Buenos Aires, consiguió el dinero con ayuda de familiares y amigos y cerró la operación con Baldomero Moreno, quien vivía en Roca. Poco después creó la empresa Forestadora del Limay.
Pero pasarían varios años antes de que la familia se instalara definitivamente en ese lugar. Cocó tenía apenas cinco años cuando su padre compró las tierras. Durante una década viajaron durante los veranos y los inviernos hasta que llegó la decisión definitiva. “Yo tenía 14 años cuando nos vinimos”, recordó.
La noticia no fue recibida con entusiasmo por las hijas. Tenían sus amistades, su vida en Buenos Aires y no querían dejarla atrás. Pero Lembeye tenía sus propios argumentos. “Si yo espero un año más, empiezan con los novios”, les dijo, y finalmente se fueron.
Casas para poblar un lugar que todavía no existía
La visión de Lembeye iba mucho más allá de instalar a su propia familia. Según el recuerdo de Cocó, estaba convencido de que aquel punto del Limay tenía un futuro enorme. “Estoy frente a Neuquén. Esto sí o sí va a ser la mitad de Neuquén”, decía.
Y comenzó a trabajar para que eso sucediera. Construía casas y las entregaba a personas que las necesitaban. No buscaba grandes comodidades. Su idea, según su hija, era sencilla: techo, baño, cocina y un lugar donde vivir. “Al que quisiera una casa, al que se acercara y necesitara”, explicó Cocó.
Pero había condiciones. Quienes recibían esas viviendas debían radicarse definitivamente en Balsa Las Perlas y enviar a sus hijos a la escuela. La educación se convirtió entonces en otra parte de aquella historia.
Una escuela que empezó en una casa
Cuando llegó a Balsa Las Perlas, Cocó tenía 15 años y descubrió que había chicos que no asistían a la escuela. Comenzó a reunirlos y a enseñarles. “De caradura, porque tenía 15 años, empecé a recolectar todos los chicos que no iban al colegio”, recordó entre risas.
Había niños sin escolarizar y también adultos analfabetos. Durante la noche, Cocó daba clases a los mayores. Durante seis años insistieron para conseguir una escuela oficial. La respuesta tardó en llegar, hasta que apareció Susana Bianchi, una inspectora de Cipolletti que decidió acercarse para comprobar personalmente lo que aquella adolescente le contaba.
Encontró 18 chicos que, según Cocó, estaban distribuidos en los grados correspondientes. Ella misma preparaba boletines, organizaba gimnasia y entregaba leche. La inspectora inició entonces los trámites ante las autoridades educativas de Viedma. La escuela finalmente pudo comenzar, pero el Estado no podía aportar la infraestructura necesaria.
Cocó acababa de casarse y estaba embarazada de Santiago. Y tomó una decisión que marcaría nuevamente la historia familiar: donó su propia casa para que allí funcionara la escuela. “Me volví a vivir con mis padres y doné esa casa para la escuela”, recordó.
Su padre también aportó. Según su relato, entregó viviendas para los docentes, vehículos y pagó durante dos años los salarios de una maestra. También se hizo cargo de la merienda y de la atención médica de los chicos.
Del médico al constructor de una balsa
El crecimiento de la comunidad generó otro problema: cruzar el Limay. La balsa de Vialidad comenzaba a quedar pequeña y las demoras podían dejar aislada a la población, especialmente durante las crecidas, por eso Lembeye decidió construir su propia balsa.
No era ingeniero naval. Pero, según su hija, tampoco era alguien acostumbrado a aceptar un “no se puede”. “Era meterete en todo. Se metía en todo lo que podía”, contó. Diseñó los planos con plumines, contrató a un soldador y comenzó a trabajar junto a él.
“Él y el soldador solos hicieron la balsa”, relató Cocó. El resultado fue una embarcación que, según su recuerdo, podía realizar el cruce en unos pocos minutos y funcionaba durante todo el año. También incorporó una lancha para responder ante cualquier emergencia.
Sin embargo, la relación con los organismos encargados de habilitarla no fue sencilla. Cocó recordó años de discusiones con Prefectura Naval y una sucesión de trámites que, desde su perspectiva, chocaban con la forma de actuar de su padre. “Él escapaba de las reglamentaciones, pero lo hacía todo bien igual”, afirmó. La disputa llegó a un extremo inesperado cuando una de las balsas terminó hundida.
El puente que se convirtió en un sueño
Pero ninguna de aquellas obras tuvo para Lembeye el significado del puente, ese era, según Cocó, “el sueño de su vida”.
Para llegar hasta allí hubo primero una larga disputa judicial con la provincia de Río Negro por la expropiación de parte de sus tierras. El juicio, que inicialmente parecía destinado a durar un par de años, se extendió durante 14.
Finalmente, Lembeye ganó. Según el relato familiar, con el dinero obtenido de aquella sentencia decidió construir el puente que uniría ambas márgenes. “Con esa plata hace el puente. Pagó todo, contrató la empresa, todo”, recordó Cocó.
Pero no llegó a verlo terminado. Miguel Lembeye murió el 9 de abril de 2001, cuando tenía 77 años. Había alcanzado a ver cómo avanzaba la estructura, pero todavía faltaban los accesos y las barandas. El puente estaba allí, sobre el río, pero todavía no podía ser utilizado oficialmente.
Mientras tanto, durante meses, fueron ellos mismos quienes ayudaron a las personas que necesitaban atravesarlo. “Cada persona que pasaba de las 6 a las 10 de la noche la cruzábamos nosotros. La acompañábamos en el trayecto”, recordó Cocó.
La escena resulta difícil de imaginar: una estructura recién construida sobre el Limay, una escalera de obra de nueve metros, rampas improvisadas y familiares acompañando a quienes necesitaban cruzar.
Finalmente llegó el momento esperado, el ingeniero de Vialidad confirmó que el puente podía habilitarse y la noticia corrió rápidamente por el pueblo. “Como hormigas, porque no sé de dónde aparecieron, empezó a cruzar todo el pueblo”, recordó Cocó.
Tractores, vecinos y vehículos comenzaron a atravesar la nueva conexión. Y adelante de todos apareció una ambulancia.
“Sin políticos”, remarcó Cocó. “El médico con la ambulancia, tocando la bocina, primero y todo.”
Un hombre que dejó una huella difícil de borrar
Para su hija, Miguel Lembeye fue mucho más que el hombre que construyó un puente o atendió pacientes durante décadas. Fue alguien con una personalidad difícil de encasillar. “Era una persona muy especial”, afirmó.
Santiago, su nieto, también lo recordó desde esa perspectiva. Cuando murió, él tenía 25 años. Pasó muchas horas junto a su abuelo en el consultorio y guarda especialmente aquellas conversaciones que podían extenderse durante horas. “Siempre marcando cuestiones o marcándonos una línea que, más allá de después, cuando uno crece, esté o no de acuerdo, influye. Deja la huella”, sostuvo.
Entre esas enseñanzas quedaron, especialmente, los principios de honestidad. Cocó coincidió con esa mirada y describió a su padre como un hombre que podía despertar sentimientos opuestos con enorme intensidad. “Despertaba las dos puntas: amor y odio, con la misma intensidad”, dijo. “Era intenso.”
También recordó su rechazo hacia quienes, desde su perspectiva, no trabajaban o no actuaban con honestidad. El resto, aseguró, le importaba poco. “No le importaba si eras negro, blanco, si tenías plata”.
La medicina, la construcción, la filosofía y la literatura convivían en su vida. Cocó contó que podía pasar del consultorio a estudiar ingeniería para construir una balsa o investigar sobre técnicas de construcción para levantar viviendas. “Para realizar todas estas cosas tenés que tener una cabeza, una capacidad impresionante”, sostuvo.
La historia que todavía permanece
Miguel Lembeye murió hace más de dos décadas, pero su nombre continúa apareciendo cada vez que se habla de aquella comunidad a orillas del Limay. Para su hija, permanecer en Balsa Las Perlas tiene que ver justamente con eso.
No se trata solamente de vivir allí. Es permanecer cerca de una historia familiar que comenzó cuando el lugar era apenas una balsa y tres ranchitos y que atravesó escuelas, casas, caminos, embarcaciones y finalmente un puente.
“Yo tenía 14 años cuando me fui ahí. No es solamente vivir o no como lugar, sino que tiene toda la historia que pesa una vida”, explicó Cocó. “Es una historia para escribir un libro”, concluyó
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