La edición 50 de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires no pasa desapercibida. Con medio siglo de historia, el desafío no es menor: celebrar sin caer en lo obvio. Así lo plantea su director general, Ezequiel Martínez, quien apuesta por una renovación profunda que combine memoria, innovación y nuevas formas de acercar la literatura al público.
“Es una de las ferias más importantes de Latinoamérica, con visitantes de distintos países. Pero llegar a los 50 años nos obligó a pensar cómo hacer algo distinto, cómo celebrar sin quedarnos solo en el repaso histórico”, explica en una entrevistas con Mejor Informado.
En ese camino, la historia reciente del país también se volvió eje. La coincidencia con los 50 años del último golpe de Estado en Argentina marcó una línea curatorial clara: recuperar voces silenciadas. “En los primeros años de la feria había libros que no se podían exhibir y autores que no podían ser convocados. Por eso decidimos reivindicarlos”, señala Martínez.
El resultado es una gran muestra en uno de los pabellones, donde se exhiben libros, editoriales y escritores que fueron censurados o debieron exiliarse. A eso se suma una maratón de lectura con esos textos, en una propuesta que cruza memoria y participación.
Otro de los ejes destacados es el homenaje a Jorge Luis Borges, a 40 años de su muerte. Lejos de un tributo tradicional, la feria propone una experiencia inmersiva pensada especialmente para nuevas generaciones. “Creamos una sala con frases, un laberinto en el que Borges va dando pistas para salir. Buscamos una forma más lúdica de conectar con su obra”, detalla.
La renovación también se percibe en la estética y los contenidos. La feria presenta una nueva imagen, logotipo y sitio web, junto con espacios temáticos innovadores. Entre ellos, uno dedicado al fútbol, que reconoce una de las pasiones más arraigadas de la cultura argentina.
En esa misma línea, la propuesta internacional también se amplía. Este año, el país invitado es Perú, que no solo desembarca con autores, sino también con expresiones musicales, gastronómicas y culturales.
Pero si hay algo que define a la feria, es su capacidad de convocatoria. “La masividad es clave. Es un espacio muy heterogéneo: vienen jóvenes, familias, escuelas. La gente se la apropia”, afirma Martínez.
Esa apropiación trasciende el hábito de lectura. “Muchos dicen ‘fui a la feria’ como una experiencia en sí misma. Incluso quienes no son lectores habituales participan igual. Siempre hay un libro para cada persona, sin importar sus intereses”, agrega.
Las escuelas, en tanto, tienen un rol central en esta edición. Miles de estudiantes visitan la feria, y este año se suma una iniciativa concreta: un acuerdo con la Secretaría de Educación para que los chicos reciban un “cheque libro”. Con ese beneficio, pueden elegir y comprar el ejemplar que quieran, incentivando el vínculo directo con la lectura.
A sus 50 años, la feria demuestra que no solo resiste el paso del tiempo, sino que busca reinventarse. Entre la memoria y la innovación, la propuesta de Ezequiel Martínez apunta a sostener lo que la convirtió en un clásico, pero con una mirada puesta en el futuro.