El Papa León está enfermo y, cuando la realidad pega de golpe y de frente, no hay costumbre ni conocimiento previo que la sostenga. En dos días consecutivos fueron dos cachetadas: la inmediata intervención quirúrgica y el diagnóstico. Cuesta salir del asombro y de las preguntas. Algunas dedicadas al mismísimo Dios y otras a los especialistas en el tema.
Esta realidad, enfrentada por el Papa León XIV a fuerza de un estilo personal tan límpido, duele y entristece. Seguramente es más fuerte por eso. Porque él mismo quiso dar la noticia que en segundos envolvió al mundo entero. Y a los argentinos, junto a los uruguayos y peruanos, nos sacudió de una manera especial porque nadie puede responder sobre el tan esperado viaje a estas tierras.
En estas circunstancias, vale el dolor y la tristeza. Y también el enojo y la bronca. Hay un porqué que se acumula en la garganta. Hay una manera de mostrar la impotencia que llena las redes. Pero también hay formas de difundir sin espera que socavan a la realidad misma y muestran la necesidad de responder a la inmediatez, este mal que se viene apropiando descaradamente de nuestras vidas.
No es momento para las especulaciones, ni las manipulaciones, ni el desorden informativo. No hace falta reproducir supuestas profecías adivinatorias. No es tiempo de responder cada posteo con holgura y razones preconcebidas. Tal como vienen dadas las noticias desde la Oficina de Prensa de la Santa Sede –con absoluta serenidad y claridad– es bueno mantenerse al margen de toda otra información que no contenga esa fuente.
La situación actual del Papa León es una vivencia que se expande en el mundo entero y no conlleva una creencia única o una sola religiosidad. Es el signo de un tiempo que resume y sintetiza a muchas personas. De diferentes maneras, se multiplicaron plegarias y se sumaron gestos de cariño. Como toda esperanza, implica y compromete a la reflexión.
El Papa León XIV es tan fuerte como lo viene demostrando en cada viaje, en cada documento, en cada encuentro. Y es también tan frágil ante la enfermedad, como toda persona humana.
En su reciente viaje a Francia, durante el mensaje dirigido a quienes padecen dolencias físicas o psíquicas, el Papa explicitó: «la fragilidad no se esconde, sino que se convierte en el lugar de un encuentro sagrado».
Se hace justo y necesario actuar con el respeto y la responsabilidad que merece cualquier enfermo. Con una espera decidida, con calma paciente y con reserva. Para quienes son creyentes, ser parte de la obra creadora de Dios es el desafío constante: vivir desde la fe que es la esperanza en la multiplicación del amor. Quienes no responden desde las creencias religiosas, sabrán acompañar con el silencio, la prudencia y la consideración que el Santo Padre merece como pastor de una gran parte de este mundo.
Un mundo vulnerable y todo frágil que puede ser cocreado a cada instante por todos los hombres y mujeres de buena voluntad que amen el suelo que pisan cada día.
Es de desear y esperar que el Papa León viaje cuando realmente sea aconsejable. Que se mejore y se cuide. Que nuestros pueblos se mantengan unidos en la esperanza de un tiempo propicio.