Vitalina Rosa Sura tiene 90 años y mucho para contar. Es cantora, criancera, esquiladora y también constructora. Su vida transcurrió entre montañas, animales y largas jornadas de trabajo, en un paisaje que forma parte de su identidad.
Mejor Informado llegó a su casa en Cajón del Curi Leuvú, al pie de la Cordillera del Viento. Mientras conversamos, su mirada se pierde por momentos en las montañas cubiertas de nieve. Allí, entre esos cerros, el Negro y el Bayo, permanecen los recuerdos de su infancia.
—Yo nací al pie de ese cerro —nos cuenta, señalando a la distancia—. Después nos vinimos para este lado del arroyo, para estar más cerca del pueblo.
Su paso por la escuela fue breve. Llegó hasta tercer grado, porque las necesidades de la familia la llevaron desde muy joven al trabajo.
—Después tuve que empezar a trabajar y ayudar en mi casa —recuerda.
Una casa construida con sus propias manos
A orillas del río todavía permanece en pie su antiguo puesto de adobe, una construcción que lleva las huellas de su esfuerzo y de una época en la que cada cosa se hacía con las propias manos.
Vitalina fue quien levantó aquellas paredes. Con botas de goma, pisaba el barro y preparaba los adobes. Podía hacer hasta 70 en un solo día. Después venían las horas de acomodarlos, darles firmeza y levantar, poco a poco, las paredes que cobijarían a su familia.
El techo de carrizo completaba aquella construcción. Así, entre barro, trabajo y perseverancia, comenzaba a tomar forma el sueño de un hogar.
Pero la naturaleza también imponía sus condiciones. Las crecidas del río, que amenazaban con llevarse todo a su paso, obligaron a Vitalina y a su familia a construir una nueva casa, esta vez en un terreno más elevado.
El viejo puesto, sin embargo, sigue allí. Sus paredes son mucho más que adobe: guardan parte de la historia de una mujer que supo construir con sus manos el lugar donde vivir.
El campo como forma de vida
Hoy, a sus 90 años, Vitalina continúa compartiendo las tareas de crianza junto a su compañero de vida. Conoce los ritmos del campo, el comportamiento de los animales y las labores que cada jornada exige.
Mientras él sale a trabajar, ella lo espera con la comida preparada para cuando regrese. La rutina se completa con el cuidado de las ovejas, el riego de la huerta y, de vez en cuando, algún trabajo con el cuero.
En este rincón del norte neuquino, lejos del apuro de las ciudades, el tiempo parece medirse de otra manera. Las horas del reloj pierden importancia frente a las necesidades de los animales, el agua que requiere la huerta o las tareas que no pueden esperar.
La vida se organiza alrededor de lo cotidiano, de aquello que se aprendió con los años y que se transmite haciendo, observando y compartiendo.
Vitalina es parte de una generación que conoció el esfuerzo desde muy temprano, que aprendió a resolver con lo que tenía a su alcance y que encontró en el trabajo una manera de salir adelante.
A sus 90 años, su historia nos recuerda que detrás de cada puesto, de cada pared de adobe y de cada sendero del campo hay vidas que merecen ser contadas.
Porque Vitalina no solo construyó una casa: construyó una vida entera con sus propias manos, enraizada en la tierra que la vio nacer.