Hay un cartel imaginario que cada cuatro años vuelve a colgarse en millones de puertas alrededor del mundo. No importa si se trata de una oficina, una fábrica, una escuela, una redacción periodística o una casa cualquiera. Dice apenas unas pocas palabras: "Cerrado por Mundial". El escritor y periodistas uruguayo, Eduardo Galeano lo convirtió en una declaración de principios.
Durante los Mundiales, el escritor uruguayo acostumbraba colgar en la puerta de su casa un pequeño cartel con esa leyenda. Era una manera elegante de avisar que el mundo podía esperar. Que durante algunas semanas las urgencias cotidianas quedaban suspendidas porque la pelota volvía a ocupar el centro de la escena.
Ahora que el Mundial de Estados Unidos, México y Canadá vuelve a paralizar conversaciones, horarios y rutinas, la imagen de Galeano regresa inevitablemente. Porque pocos intelectuales entendieron al fútbol con tanta profundidad. Y porque pocos escritores lograron transformar un partido en literatura sin quitarle una sola gota de pasión.
Mientras millones observan estadios gigantescos, transmisiones globales y negocios multimillonarios, vale la pena volver a la mirada de aquel uruguayo nacido en Montevideo en 1940 que se animó a decir algo que muchos sentían pero pocos expresaban con palabras: el fútbol nunca fue solamente fútbol.
Para Galeano, una cancha era un espejo. Allí aparecían las alegrías y las miserias de la condición humana. La política y la economía. El racismo y la discriminación. La corrupción y la solidaridad. Los héroes populares y los villanos del poder. El fútbol era una representación a escala del mundo.
"El fútbol es el espejo del mundo y en mis libros yo me ocupo de la realidad", decía.
Por eso sus textos siguen vigentes incluso en esta era de algoritmos, estadísticas en tiempo real y jugadores convertidos en marcas globales.
Antes y después de publicar "El fútbol a sol y sombra", aquella obra imprescindible aparecida en 1995, Galeano escribió decenas de textos sobre su gran pasión. Muchos de ellos fueron reunidos en "Cerrado por fútbol", un libro que funciona como una especie de testamento sentimental de un hombre que jamás dejó de maravillarse frente a una buena jugada.
Para Galeano, una cancha era un espejo. Allí aparecían las alegrías y las miserias de la condición humana. La política y la economía. El racismo y la discriminación. La corrupción y la solidaridad. Los héroes populares y los villanos del poder. El fútbol era una representación a escala del mundo.
Porque si algo caracterizaba a Galeano era su capacidad para mirar el juego con ojos de niño. No le interesaba únicamente quién ganaba. Le importaba la belleza de una gambeta inesperada, el pase imposible, la creatividad que desafía la lógica.
"Cada vez me importa menos qué camiseta tienen los jugadores que me brindan la alegría del juego bien jugado", escribió alguna vez.
En tiempos donde las discusiones futboleras suelen reducirse a resultados, rankings o polémicas televisivas, aquella frase suena casi revolucionaria.
Galeano soñó con ser futbolista. No pudo. O al menos eso decía con el humor que lo acompañó toda la vida.
Confesaba que era el mejor número 8 del mundo, pero únicamente mientras dormía. Durante el día era, según sus propias palabras, un "pata dura". La pelota y él nunca lograron entenderse. Definía aquella relación como un caso de amor no correspondido.
Y agregaba otra confesión todavía más divertida: cuando un rival hacía una gran jugada, él corría a felicitarlo. Un pecado imperdonable para las leyes no escritas del fútbol moderno.
Lo que no consiguió con los pies terminó lográndolo con las palabras. Si los grandes jugadores dibujan obras de arte sobre el césped, Galeano las dibujaba sobre el papel. Por eso podía describir una gambeta como si fuera un poema. Por eso podía narrar un gol como quien cuenta una revolución. Por eso convirtió a los estadios en escenarios donde se representaban las emociones más profundas de una sociedad.
En sus páginas conviven Maradona, Messi, Zidane, los héroes anónimos de barrio, las hinchadas, los derrotados y los olvidados.
A Diego le profesaba una admiración especial. No solamente por el futbolista extraordinario que fue, sino porque veía en él a alguien que se animó a desafiar a los dueños del negocio. Lo definió como un "Dios sucio", acaso una de las definiciones más precisas que se hayan escrito sobre Maradona. Un dios humano. Demasiado humano. Con virtudes gigantescas y defectos igualmente enormes.
Si algo comprendió Galeano fue que el fútbol expresa emociones colectivas. Esas emociones que no piden permiso ni explicaciones. Esas alegrías que abrazan desconocidos. Esas derrotas que duelen como si fueran personales. Por eso comparaba al fútbol con la religión. No solamente por la devoción de los creyentes, sino también por la desconfianza que despierta entre algunos intelectuales. Y por eso escribió una de las frases más citadas de toda su obra: "El fútbol es la única religión que no tiene ateos".
Sobre Messi también escribió con fascinación. Decía que lo hacía soñar. Intentaba explicar lo inexplicable. Mientras Maradona parecía llevar la pelota atada al pie, Messi la tenía adentro. Lo perseguían siete, ocho o diez rivales y aun así conseguía escapar. La ciencia podía explicar muchas cosas. Eso no.
Pero más allá de las figuras, Galeano siempre regresaba a la misma idea: el fútbol pertenece a la gente. Pertenece al chico que juega en un potrero. A la familia que se reúne frente a una pantalla. Al hincha que organiza su semana alrededor de un partido. A quienes celebran juntos.
Porque si algo comprendió fue que el fútbol expresa emociones colectivas. Esas emociones que no piden permiso ni explicaciones. Esas alegrías que abrazan desconocidos. Esas derrotas que duelen como si fueran personales.
Por eso comparaba al fútbol con la religión. No solamente por la devoción de los creyentes, sino también por la desconfianza que despierta entre algunos intelectuales. Y por eso escribió una de las frases más citadas de toda su obra: "El fútbol es la única religión que no tiene ateos".
Quizás exageraba. Quizás no. Basta observar cualquier Mundial para entender de qué estaba hablando Galeano.
Las ciudades cambian de ritmo. Los horarios se reorganizan. Los idiomas desaparecen detrás de una misma emoción. Las fronteras parecen diluirse durante noventa minutos. Y el planeta entero gira alrededor de una pelota.
En este Mundial en medio de pantallas gigantes, inteligencia artificial, transmisiones inmersivas y una industria que mueve miles de millones de dólares, las preguntas que formulaba Galeano siguen vigentes. ¿Qué queda del juego cuando el negocio ocupa toda la escena? ¿Dónde sobrevive la belleza? ¿Quién protege la imaginación frente a la eficacia?
Él nunca dejó de buscar esas respuestas. Por eso se definía como un mendigo del buen fútbol. "Iba por el mundo sombrero en mano", decía, suplicando una linda jugadita por amor de Dios.
Tal vez allí resida la verdadera herencia de Galeano, en esa capacidad de seguir asombrándose.
Porque mientras exista un chico persiguiendo una pelota en cualquier rincón del planeta, mientras una gambeta consiga desafiar la lógica y mientras un gol sea capaz de unir a miles de desconocidos en un mismo grito, el fútbol seguirá contando historias. Y pocas personas supieron escucharlas y narrarlas tan bien como Eduardo Galeano.
Aunque el Mundial cambie de sede. Aunque cambien las camisetas. Aunque cambie el negocio. La pelota sigue rodando y en algún lugar, invisible entre las tribunas y los recuerdos, continúa colgado aquel viejo cartel: "Cerrado por Mundial".