Hay encuentros que parecen escritos por el destino. El de Osvaldo Soriano y José Sanfilippo fue uno de ellos. De un lado estaba el escritor que convirtió al fútbol en literatura y que hizo de la nostalgia una forma de narrar la Argentina. Del otro, el goleador feroz que llenó de gritos las tribunas de San Lorenzo y alimentó los sueños de miles de chicos en los años cincuenta y sesenta.
Para Soriano, Sanfilippo era mucho más que un ex futbolista. Era el héroe de su infancia.
La prueba quedó inmortalizada en una carta-relato titulada "Gol de Sanfilippo", donde el autor recordó una visita junto al ex delantero al supermercado Carrefour que ocupó durante años el terreno donde estuvo el Viejo Gasómetro de Avenida La Plata.
Mientras caminaban entre góndolas repletas de quesos, mayonesas y chorizos, Sanfilippo dejó de ver un supermercado. Ante sus ojos reapareció la cancha. El césped. Los arcos. La tribuna. Y entonces ocurrió la magia.
"Pensar que acá se la clavé de sobrepique a Roma", le dijo a Soriano, abriendo los brazos en medio de los clientes sorprendidos.
El goleador comenzó a reconstruir aquella jugada histórica de 1962 frente a Boca. Señaló una góndola para marcar dónde había caído el pelotazo. Indicó los estantes donde había picado la pelota. Corrió algunos metros, como si todavía llevara puesta la camiseta azulgrana, y ensayó el zurdazo final.
Por un instante desaparecieron las cajas registradoras y los productos en oferta. El Gasómetro volvió a levantarse en la imaginación colectiva.
Y Soriano, emocionado, vio nuevamente a su ídolo convertir un gol. "El Nene Sanfilippo había hecho de nuevo aquel gol de 1962, nada más que para que yo pudiera verlo", escribió.
La frase resume como pocas la relación entre los hinchas y sus héroes. Porque los ídolos envejecen, las canchas desaparecen y los años pasan. Pero ciertos recuerdos permanecen intactos.
Soriano entendía esa dimensión mejor que nadie. En sus cuentos y artículos el fútbol nunca fue apenas un deporte. Fue una forma de explicar la memoria, la amistad, los sueños y las derrotas.
Por eso el encuentro con Sanfilippo tuvo algo de ceremonia íntima. Era el niño que había admirado al goleador encontrándose, décadas después, con el hombre real. Y descubriendo que seguía siendo el mismo.
Quizás por eso aquel paseo por el viejo Gasómetro convertido en supermercado terminó siendo mucho más que una anécdota. Fue la confirmación de que los verdaderos ídolos no necesitan una cancha llena para volver a hacer un gol. Les alcanza con la memoria de quienes nunca dejaron de admirarlos.
Y aquella tarde, entre góndolas y cajeras sorprendidas, José Sanfilippo volvió a convertir. Esta vez no contra Boca ni frente a Antonio Roma. Esta vez le hizo un gol al tiempo. Y Osvaldo Soriano estuvo allí para contarlo