La memoria también tiene raíces. Y en Cipolletti, esas raíces crecen firmes en la tierra de un patio donde un chico soñaba con ser futbolista, relator o simplemente contar historias. Este jueves 30 de abril a las 18, en la intersección de Blas Parera y Mengelle —actual sede de Aguas Rionegrinas— se descubrirá una placa en homenaje a Osvaldo Soriano, uno de los escritores más populares y queridos de la Argentina.
El lugar no es casual. Allí vivió junto a su familia entre 1956 y 1959, en una casa de Obras Sanitarias donde su padre trabajaba como inspector. En ese mismo patio, todavía resiste el paso del tiempo un peral añoso, el mismo que décadas después se convertiría en protagonista de “Rosebud”, uno de sus relatos más entrañables. Ese árbol, con sus ramas torcidas y sus pequeñas peras esparcidas en el suelo, es hoy un símbolo de la infancia, la nostalgia y la literatura.
La placa —realizada por el escultor Raúl Domínguez— será emplazada muy cerca de ese peral que Soriano trepaba cuando estaba triste, como si allí pudiera encontrar respuestas o refugio. La obra incluirá referencias a algunas de sus creaciones más reconocidas, en un gesto que une arte, historia y emoción.
El homenaje es impulsado por la iniciativa cultural La Gira de los Barrios y la Biblioteca Popular Fernando Jara, con el objetivo de mantener viva la palabra de un autor que supo narrar como pocos la identidad argentina, combinando humor, política y vida cotidiana.
El Cipolletti que marcó a Soriano
Aunque nació en Mar del Plata en 1943, Osvaldo Soriano tuvo una infancia itinerante, marcada por los traslados laborales de su padre. Pero fue en Cipolletti donde su historia encontró un anclaje profundo. Allí transitó años decisivos, en los que empezó a moldear la mirada que luego llevaría a sus libros.
En esa ciudad que él mismo definió como un “verdadero Far West”, vivió aventuras con amigos, asistió a la Escuela Industrial, trabajó en un galpón de empaque y pasó tardes enteras en el Club Cipolletti, escuchando música y soñando futuros posibles. En 1958, su padre le compró una moto y sobre esas dos ruedas recorrió calles, bardas y horizontes patagónicos.
Aquella vida sin literatura —rodeado más de revistas deportivas que de libros— fue, paradójicamente, el germen de su universo narrativo. Porque en Cipolletti aprendió a mirar, a escuchar y a transformar lo cotidiano en relato. Esos años quedaron inmortalizados en “Cuentos de los años felices”, donde reconstruye ese territorio afectivo con una mezcla de melancolía, humor y épica.
Si hay una imagen que sintetiza el vínculo entre Soriano y Cipolletti, es la del peral. Ese árbol no es solo un recuerdo: es un personaje. En “Rosebud”, el autor convierte ese rincón de su infancia en un símbolo de todo lo que permanece.
El peral de “Rosebud”, memoria viva
Si hay una imagen que sintetiza el vínculo entre Soriano y Cipolletti, es la del peral. Ese árbol no es solo un recuerdo: es un personaje. En “Rosebud”, el autor convierte ese rincón de su infancia en un símbolo de todo lo que permanece.
Años más tarde, en una de sus visitas a la ciudad, Soriano volvió a encontrarse con ese árbol y dejó una reflexión que hoy cobra un nuevo sentido: las huellas de la vida pueden borrarse o confundirse, pero siempre nos acompañan. El peral sigue ahí, testigo silencioso de una historia que no deja de contarse.
Un homenaje que invita a volver
El acto de este jueves no será solo un reconocimiento institucional. Será también una invitación abierta a vecinos, lectores y amantes de la cultura a acercarse, recordar y redescubrir la obra de Soriano desde el territorio que la vio nacer.
Bajo la consigna “La literatura es una forma de la memoria”, el encuentro propone reconectar con esas historias que, aunque escritas hace décadas, siguen dialogando con el presente.
Osvaldo Soriano murió el 29 de enero de 1997, a los 54 años. Pero en Cipolletti, entre perales, calles de viento y recuerdos compartidos, su voz sigue intacta. Y este jueves, con una placa y un árbol como testigos, volverá a decir presente.