La Segunda Generación Dorada del deporte argentino va en búsqueda del bicampeonato del mundo, una proeza deportiva que lleva 54 años sin ser alcanzada y sigue en manos de Brasil (Suecia 1958 y Chile 1962).
Parecía que la trilogía del básquet con el subcampeonato del mundo en 2002, la medalla dorada en los Juegos Olímpicos de Atenas 2004 y el bronce olímpico en Pekin 2008 sería imposible de repetir, hasta que aparecieron los Messi y Scaloni para construir este presente de ensueño para el fútbol.
Aunque la victoria ante Inglaterra en las semis haya significado tanto como el bordado de una nueva estrella sobre el escudo de la AFA, la segunda final consecutiva renueva expectativa, fija nuevos objetivos.
Sentirse hecho resultaría injusto. Sentirse hecho atentaría contra el corazón de un equipo que siempre quiere más. La Argentina de los Lioneles ganó después de ganar porque al título de América en el Maracaná que rompió la pared en 2022 lo siguió la Finalissima ante Italia en Wembley y el campeonato del mundo en Qatar 2022, hasta llegar a la segunda vuelta olímpica continental en Estados Unidos 2024.
España debería rendir pleitesía previa a tamaña campaña. España debería ubicarse por sí misma en el papel de retador, pero con arrogancia europea prefiere jugarla de candidato. No aprenden la lección.
Ya nos acusaron de no querer jugar la Finalissima en marzo. Perdieron la cuenta de las insignias bordadas sobre los escudos y se pusieron a tejer antes de la hora señalada. La Argentina de los Messi se enteró, provocaron a la bestia que está lista para una nueva función.
Desde aquí, desde el fin del mundo se aguarda en silencio por la despedida de un ídolo. De suceder lo que el país entero desea, no tienen idea la fiesta que se terminará armando.