Hay frases que parecen hechas para provocar. Elon Musk tiene un talento especial para pronunciarlas. La última asegura que para 2036 el dinero habrá perdido su función, el trabajo será opcional y la economía dejará de girar alrededor de la escasez para hacerlo en torno a la abundancia.
Es una afirmación tan desmesurada que resulta fácil descartarla como una extravagancia más del dueño de Tesla. Pero quizás el error sea ese. No porque Musk vaya a acertar con su pronóstico, sino porque la pregunta que plantea merece ser pensada: ¿Qué pasaría si tuviera razón?
Desde hace siglos organizamos la vida alrededor del trabajo. No solo porque nos permite ganarnos el sustento, sino porque también ordena nuestros días, define buena parte de nuestra identidad y nos da un lugar en la sociedad. Cuando conocemos a alguien, una de las primeras preguntas suele ser: "¿A qué te dedicás?". No preguntamos cuánto gana; preguntamos quién es.
Musk imagina un mundo donde esa pregunta dejaría de tener sentido. La inteligencia artificial y los robots producirían tanto que el dinero perdería importancia y trabajar sería una elección, no una obligación. Una idea fascinante, aunque también inquietante. Porque el verdadero desafío no sería económico. Sería humano.
Desde hace siglos organizamos la vida alrededor del trabajo. No solo porque nos permite ganarnos el sustento, sino porque también ordena nuestros días, define buena parte de nuestra identidad y nos da un lugar en la sociedad.
¿Qué haríamos con nuestro tiempo si ya no fuera necesario trabajar? ¿De dónde vendrían el reconocimiento, el esfuerzo compartido, la sensación de ser útiles? La tecnología puede reemplazar tareas, pero no necesariamente el sentido que esas tareas tienen para quienes las realizan.
Hay, además, otra cuestión que suele quedar fuera del debate. La abundancia no garantiza igualdad. Si la inteligencia artificial es capaz de producir casi todo, alguien seguirá controlando esa capacidad. La discusión entonces dejará de ser cómo generar riqueza y pasará a ser quién la administra y cómo se distribuye.
Tal vez Musk esté equivocado con la fecha. Quizás también con el escenario. La historia demuestra que las grandes revoluciones tecnológicas transforman el trabajo más de lo que lo eliminan. Sin embargo, por primera vez no parece exagerado pensar que muchas actividades humanas dejarán de ser imprescindibles. Y eso obliga a formular una pregunta distinta.
¿Qué haríamos con nuestro tiempo si ya no fuera necesario trabajar? ¿De dónde vendrían el reconocimiento, el esfuerzo compartido, la sensación de ser útiles? La tecnología puede reemplazar tareas, pero no necesariamente el sentido que esas tareas tienen para quienes las realizan.
Durante siglos discutimos cómo vivir mejor. Quizás la conversación que se viene sea cómo encontrar sentido en una época donde sobrevivir ya no sea el principal problema.
Puede pasar que el dinero no desaparezca en 2036. Puede que el trabajo tampoco. Pero las preguntas que plantea Musk ya empezaron a golpear la puerta.
Como ocurre con todas las grandes transformaciones, quizá lo más importante no sea adivinar el futuro, sino empezar a pensar qué clase de personas queremos ser cuando llegue.