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La Selección argentina escribió una nueva historia: cuando la épica pudo más que Malvinas y Maradona

Durante varios días, la previa estuvo atravesada por la historia. Se habló de la Guerra de Malvinas, de la rivalidad eterna, del gol con la Mano de Dios y de la obra maestra de Diego en México '86. Pero cuando el árbitro marcó el final, todo ese peso simbólico quedó en segundo plano. La Selección volvió a demostrar que también sabe construir sus propios mitos.

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Argentina no ganó solamente un partido. Ganó una batalla emocional contra el propio desarrollo del juego.

Hay partidos que llegan cargados de historia y hay partidos que terminan haciendo historia. El de este miércoles, es uno de ellos. Lo que ocurrió en el Mercedes -Benz Stadium en Atlanta se puede definir como el pasado dejó de ser protagonista.  Argentina e Inglaterra nunca pueden encontrarse en un Mundial sin que aparezcan, como una sombra inevitable, las Islas Malvinas, el dolor de esa guerra absurda, el Azteca de 1986, la Mano de Dios, el Gol del Siglo… 

Durante los últimos días, las conversaciones en los trabajos, en los bares, en las universidades, en las calles giró alrededor de eso. Hubo quienes insistieron en separar política y fútbol. La guerra y el fútbol. Otros defendieron que era imposible hacerlo. Se repasaron viejas imágenes, se revivieron los debates, se buscaron nuevas declaraciones sobre una rivalidad que hace décadas dejó de ser solamente deportiva.

Pero el fútbol tiene una costumbre maravillosa: cuando la pelota empieza a rodar, siempre encuentra la forma de escribir una página distinta. Y eso es lo que ocurrió en esta semifinal. 

Porque Argentina no ganó solamente un partido. Ganó una batalla emocional contra el propio desarrollo del juego. Perdía. Los minutos pasaban, los disparos de los futbolistas argentinas se estrellaban en el palo derecho y en el izquierdo del arco inglés o en las manos del arquero. Y otra vez se debía remar desde atrás. Otra vez aparecía el escenario incómodo, complejo, difícil. Otra vez parecía que el destino le proponía el camino más difícil. No obstante, eligieron recorrerlo. 

No fue la selección que vive de los recuerdos. Fue la que fabrica recuerdos nuevos, ilusiones nuevas. Elegimos creer, una vez más.  No fue la selección que necesitó de la nostalgia para imponerse. Fue la que encontró en sus futbolistas de la Scaloneta la personalidad y templanza suficiente para cambiar una historia que parecía escrita.

Estos futbolistas argentinos saben convivir con la presión, con el peso de la camiseta y con una rivalidad que siempre parece exigir algo extraordinario. La épica terminó derrotando a la nostalgia. Y eso no significa olvidar el pasado. Significa entender que las grandes selecciones no viven únicamente de sus leyendas. Las honran creando otras. Ya lo habían hecho en Qatar, ahora lo volvieron a hacer en Estados Unidos. 

Durante días se habló de Malvinas, de Maradona y ahora se habla de esta remontada inolvidable. 

Los goles de los últimos minutos hicieron algo más que clasificar al equipo a una nueva final del mundo. Cambiaron el eje de la conversación. Ya no importaban las comparaciones con 1986. Ya no hacía falta discutir si el partido representaba una revancha histórica o una simple semifinal. Ya no alcanzaba con recordar a Maradona. Porque los protagonistas eran otros.

Estos futbolistas argentinos saben convivir con la presión, con el peso de la camiseta y con una rivalidad que siempre parece exigir algo extraordinario. La épica terminó derrotando a la nostalgia. Y eso no significa olvidar el pasado. Significa entender que las grandes selecciones no viven únicamente de sus leyendas. Las honran creando otras. Ya lo habían hecho en Qatar, ahora lo volvieron a hacer en Estados Unidos. 

Cuando parecía que el reloj jugaba a favor de los ingleses, Argentina encontró carácter, fútbol y una convicción que se ha convertido en su sello. No se desesperó, no renunció y siguió en la búsqueda. Y sobre todo creyó. 

Quizá dentro de veinte o treinta años, cuando vuelva a jugar contra Inglaterra en un Mundial, alguien recordará aquella semifinal en la que parecía que todo estaba destinado a ser un homenaje al pasado y terminó convirtiéndose en el nacimiento de otro capítulo inolvidable. Porque el fútbol argentino nunca deja de construir su propia historia.

Durante días se habló de Malvinas, de Maradona y ahora se habla de esta remontada inolvidable. 

Quizá dentro de veinte o treinta años, cuando vuelva a jugar contra Inglaterra en un Mundial, alguien recordará aquella semifinal en la que parecía que todo estaba destinado a ser un homenaje al pasado y terminó convirtiéndose en el nacimiento de otro capítulo inolvidable.

Porque el fútbol argentino nunca deja de construir su propia historia.

Esta vez lo hizo de la manera que más emociona a un pueblo futbolero: sufriendo, creyendo y ganando cuando parecía que ya no quedaba tiempo

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