Cada aniversario patrio suele traer las mismas preguntas. ¿Qué entendemos por patria? ¿Es un territorio, una bandera, una fecha del calendario? ¿O es algo más difícil de definir?
Hace más de sesenta años, Jorge Luis Borges ensayó una respuesta que todavía interpela. Lo hizo en "Oda compuesta en 1960", un poema escrito para el sesquicentenario de la Revolución de Mayo e incluido en El hacedor. Lejos de escribir una pieza solemne o un elogio convencional de la nación, Borges construyó una de las reflexiones más profundas que dejó la literatura argentina sobre el significado de la patria.
Borges no pretende hablar en nombre del país; apenas pide permiso para dirigirse a algo que lo excede. "Quieren, oh necesaria y dulce patria,/ que yo, la gota, hable contigo, el río;/ que yo, el instante, hable contigo, el tiempo."
La imagen es extraordinaria. El individuo es apenas una gota frente al río de la historia. Un instante frente al tiempo. En una época en la que abundan los personalismos, Borges recuerda que la patria siempre es más grande que quienes, circunstancialmente, la habitan.
Pero enseguida el poema toma otro rumbo inesperado. No aparecen los próceres ni los monumentos ni las grandes gestas. La patria empieza a revelarse en escenas mínimas: "Patria, yo te he sentido en los ruinosos/ ocasos de los vastos arrabales...". Y más adelante encuentra la patria "en la mano que templa una guitarra" o "en el rendido amor de los jazmines".
Para el escritor, la patria no está en los discursos sino en los barrios, en los patios, en la lluvia, en los aromas, en los objetos, en lo que suele pasar inadvertido. Borges parece decirnos que un país también se construye con pequeñas memorias compartidas. Pero advierte que ni siquiera esas imágenes alcanzan para definirla. "Pero estas cosas/ son apenas tus modos y tus símbolos."
Evita convertir la patria en una colección de estampas costumbristas. Los paisajes, las tradiciones y los símbolos son importantes, pero no bastan: "Eres más que tu largo territorio/ y que los días de tu largo tiempo;/ eres más que la suma inconcebible/ de tus generaciones."
Borges está diciendo que la patria no se agota en un mapa ni en una cronología. Es una construcción cultural, histórica y espiritual que ninguna generación puede apropiarse completamente.
En Luna de enfrente, cuando tenía poco más de 20 años, escribió: "Hablan de patria. Mi patria es un latido de guitarra, unos retratos y una vieja espada."
Y aquí aparecen dos dimensiones que nunca abandonará. La tradición popular, por un lado, con esa guitarra que vuelve una y otra vez en su obra y la memoria familiar. Los retratos y la vieja espada remiten a sus antepasados, militares de las guerras de la Independencia y de las guerras civiles argentinas, cuya presencia atraviesa buena parte de sus cuentos y poemas.
Algunos críticos han señalado precisamente esa relación entre patria y memoria. La ensayista Beatriz Sarlo precisó que Borges construye una idea de nación desde los márgenes: los barrios, las historias familiares, las orillas de Buenos Aires, mucho más que desde los relatos oficiales del Estado. Su nacionalismo, si cabe llamarlo así, nunca fue doctrinario; fue, antes bien, una forma de pertenencia cultural.
Jaime Alazraki, otro de los grandes estudiosos de Borges, destacó cómo la memoria personal del escritor termina convirtiéndose en memoria colectiva. Sus antepasados no son solamente una genealogía privada; representan una manera de pensar la continuidad histórica de la Argentina.
En otra de sus odas patrióticas, Borges afirma: "Nadie es la patria." y termina con uno de los versos más citados de toda su obra poética: "Nadie es la patria, pero todos lo somos."
Esa es la mirada de Borges, ese es su mensaje. Por eso la poesía de Borges sigue dialogando con nuestra actualidad, con nuestro tiempo siempre convulsionado. Borges nos invita a pensar la identidad nacional sin consignas.
En tiempos en que la palabra patria suele aparecer envuelta en disputas políticas o ideológicas, Borges propone una mirada mucho más exigente y generosa. La patria no es un patrimonio, es una responsabilidad que se hereda y que debe ser honrada. Quizás por eso eligió este verso para llamarla: "Oh inseparable y misteriosa patria."